No sin ti


A veces pienso que las tragedias me persiguen. O que yo soy la causa de todas ellas.
Durante la última semana apenas he salido del hospital Virginia Mason. Hace ocho días, por la noche, Jake salió de un bar de la zona sur de Capitol Hill. Mientras caminaba hacia su coche dos hombres lo golpearon en la cabeza y lo llevaron hasta un callejón. Allí le dieron una terrible paliza.
Cuando los policías me interrogaron querían saber si Jake es gay. Yo supuse que lo preguntaban por la zona donde lo encontraron. Les dije que sí. Entonces uno de ellos dijo que probablemente eso había sido el motivo del ataque. Yo no quería creerlo, pero ellos me dijeron que Jake tenía dinero y tarjetas de crédito en su cartera, un buen reloj, su teléfono. No le robaron nada. Eso me convenció.
Esa primera noche, más tarde, cuando interrogué a los médicos, me dijeron que el estado de Jake era muy grave. Entonces mis piernas temblaron y mi corazón comenzó a saltar dentro de mi pecho. Pensé en lo peor.
Durante la última semana apenas he salido de esta habitación, apenas he dormido. Casi todo el tiempo he estado sentada junto a la cama de Jake. Miraba su cara desfigurada y cubierta de vendas y cogía su mano. Le hablaba. Le contaba nuestros viajes, nuestros secretos compartidos desde que teníamos diecisiete años. También le decía que pensara en Danny, en Abdul, en Rachel, los últimos niños maltratados de los que nos estamos ocupando. “Tenemos mucho trabajo en la oficina”, le decía.
Jake siempre ha estado a mi lado, siempre me ha protegido. Cuidó de mí cuando llegué a Seattle después de la muerte de mi familia, cuando murió mi novio Bobby, cuando se fue para siempre mi abuela Charlotte. Cuando yo estaba muy triste él secaba mis lágrimas y me hacía sonreír.
Mi abuela me dijo muchas veces: “No dejes que nada te destruya, calabacita”. Nunca lo he olvidado, pero durante la última semana he sentido mucho miedo. Miraba a Jake y pensaba que si él moría eso me destruiría. Porque yo no podría seguir viviendo sin él.
Ha sido una semana horrible. Pero Jake es un hombre fuerte y se está recuperando, aunque tiene algunas costillas rotas y su cabeza está llena de heridas. Hoy va a salir del hospital y ahora está en el cuarto de baño, lavándose y afeitándose. Él piensa que la paliza fue una venganza, no un ataque homofóbico. Me dijo que los hombres que lo golpearon no hablaron con él y que sabían hacer su trabajo. Él cree que alguien les pagó por hacerlo. Probablemente algún padre maltratador que está en la cárcel o que ha perdido la custodia de su hijo.
Jake sale del cuarto de baño con un rostro extraño, como si estuviera asustado. Se acerca lentamente hacia mí y dice:
—He recordado que tuve un sueño. Esta noche, o la anterior. En el sueño tú estabas en una habitación de hospital. Yo te miraba y te hablaba, pero tú no abrías los ojos. Entonces pensaba que ibas a morir. Y en ese momento sentía que yo no podría seguir viviendo sin ti.
Miro sus ojos fijamente mientras mi corazón salta dentro de mi pecho. Luego lo abrazo con toda mi fuerza y escondo mi cara en su hombro, para que no vea mis lágrimas.
Unos minutos después salimos del hospital Virginia Mason por la puerta de Seneca Street. Mientras caminamos hacia donde está mi coche Jake se apoya en mí. Está mareado y yo noto que sus piernas tiemblan. Es como aquella tarde, cuando teníamos diecisiete años. A Jake le dolía todo el cuerpo porque la noche anterior su padre le había dado una paliza. Una más. Salimos del Sunlight Cafe y él se apoyó en mí. Entonces dijo: “Somos almas gemelas, Nuseba: el chico judío apaleado y la chica negra desgraciada”.
Seguimos siendo la pareja perfecta.

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