Celebración

Alrededor de la mesa del pícnic están el hermano de Janet, viejos amigos del barrio, activistas de Black Lives Matter y algunos niños de la escuela de Eunice con sus padres, amigos también.
Mi amiga Janet salió de la cárcel de Mission Creek hace algunos días. Ella ha estado dieciocho meses encerrada por agredir a un policía en la marcha de protesta contra lo que ocurrió en Ferguson. Pero Janet no es violenta. El policía le manoseó el culo y ella le golpeó en la cabeza con un paraguas. Varias veces. Yo lo vi y testifiqué en el juicio, pero mi amiga fue declarada culpable.
Su marido Karim y yo hemos organizado un pícnic de bienvenida. Una celebración para que Janet olvide rápidamente su vida en la cárcel y vuelva a ver a sus amigos. Va a ser una sorpresa, porque ella no sabe nada.
Saco el teléfono de mi bolso y me alejo del grupo. Camino unos pasos sobre el mar de hierba que nos separa del NAAM, el Northwest African American Museum, y llamo a Karim. El sol de junio se derrite sobre el parque Jimi Hendrix.
Karim me dice que él y su familia están entrando en el coche. Yo le explico que todo está listo y que han llegado todos los invitados. Excepto Jake. Es extraño, porque él siempre es puntual.
Unos pocos minutos después Karim, Janet y su preciosa hija Eunice entran andando en el parque por uno de los caminos laterales. Es el camino que está más cerca de los árboles bajo los que nosotros estamos. Puedo ver el rostro de Janet, sus ojos muy abiertos, la sonrisa en su boca. Luego ella se cubre la cara con las manos y pienso que va a llorar. Pero no lo hace. En Mission Creek mi amiga se ha hecho más fuerte. Más que antes. Yo le he preguntado varias veces sobre lo que ha vivido en la cárcel pero ella aún no quiere hablar. Solo me dijo que todos los días echaba de menos a su hija y a su marido.
Gritos de bienvenida, algunos aplausos, alguien silba. Todos rodean a Janet y la abrazan. Eunice corre hacia mí y rodea mi cuello con sus manos. Yo la levanto en mis brazos. La niña me pregunta si continuaré yendo a su casa a cenar, ahora que su madre ha regresado. Yo le digo que iré siempre que ella quiera, y llevaré el helado que tanto le gusta. Eunice me besa con fuerza en la mejilla. Luego la dejo en el suelo y la niña corre hacia donde están sus amigos de la escuela. Entonces se acerca Karim. Él me da las gracias por preparar el pícnic. Yo le digo que debe dar las gracias a todos, porque todos han colaborado trayendo bebidas, hielo y comida hecha en casa. Karim mira hacia donde está Janet con sus amigos y sonríe. Él ahora está feliz.
Yo miro hacia el mar de hierba y veo a alguien que se acerca desde el aparcamiento que está junto al museo. Camina lentamente. Es una mujer. Con el pelo negro y rizado. Obesa. El calor está agotando sus fuerzas y sus pasos son ahora más lentos. Veo su rostro.
—¡Es Roberta! —le digo a Karim. Él gira su cabeza y entonces la ve.
—La llamé por teléfono —explica—. Pensé que ella no vendría pero aquí está.
—Gracias, Karim —le digo mientras acaricio su hombro.
Hace mucho tiempo Janet, Roberta y yo éramos inseparables. Luego la vida nos separó. Porque todo cambia, todos cambiamos.
Janet ve a Roberta en el medio del parque y corre hacia ella. Yo la sigo. Camino con rapidez y entonces recuerdo que cuando teníamos veinte años Roberta era la más rápida, la más delgada, la más dura, la más feminista. Ahora es una persona diferente.
Janet y Roberta se abrazan con fuerza sobre el mar de hierba. Yo llego con los brazos extendidos pero antes de que abrace a Roberta ella me mira y dice:
—No puedo más. —Y se deja caer.
Me siento junto a mi vieja amiga y la beso en la mejilla. Janet también se sienta sobre la hierba y las tres nos miramos. Roberta baja la cabeza. Cuando la levanta vemos que las lágrimas saltan desde sus ojos como un torrente. Ella llora en silencio.
—Amo a mi marido, pero no lo soporto —dice entonces Roberta—. Amo a mis hijos, pero no los soporto. —Ella se limpia las lágrimas con el brazo y añade—: No me soporto a mí misma, esa es la verdad.
En ese momento suena mi teléfono. Lo saco del bolsillo de la falda y miro la pantalla.
—Es Jake —les digo—. Debo contestar la llamada.
Me levanto del suelo y me alejo algunos metros. Jake me dice que no puede venir. Está deprimido. Me explica que ayer rompió su relación con Russell y dice que hoy no quiere salir a la calle. Conozco bien a Jake y sé que está sufriendo, pero le digo que debe pensar en Janet, en todo lo que ella ha sufrido durante los últimos dieciocho meses. Janet necesita estar con sus amigos, necesita que él esté aquí también. Durante unos segundos Jake permanece callado y luego dice que sí, que él vendrá al pícnic.
Hoy debería ser un día alegre, pero se ha convertido en un día triste. Mientras me acerco a mis amigas pienso en una idea estúpida.
—¿Recordáis cuando éramos las Soul Sisters? —les pregunto. Ellas me miran y no saben qué decir—. ¿Por qué no volvemos a ensayar nuestras coreografías? Durante la semana.
—Ya no tenemos veinte años, Nuseba —dice Janet.
Roberta abre sus brazos, me mira y pregunta:
—¿No has visto este cuerpo monstruoso? Yo no puedo bailar. Me agotaría en un minuto.
—Por eso vamos a hacerlo —dice entonces Janet—. Debes hacer ejercicio, Roberta. Y necesitas tiempo para ti misma, no solo para tu familia. Vendrás a Seattle todas las semanas.
Roberta nos mira como si ella no creyera que nuestra propuesta es real. Janet y yo la miramos fijamente y esperamos su respuesta.
—De acuerdo. Vosotras ganáis.
Entonces Janet grita:
—¡Tiembla, Seattle, las Soul Sisters están de nuevo en la ciudad!
Las tres nos abrazamos con fuerza. Después Roberta señala a Janet con el dedo índice, como si tuviera un arma en la mano.
—Conozco esa mirada, Janet. Si empiezas a cantar ahora te mato —dice, y luego sonríe.
Es la Roberta de siempre. Ella, como Janet, también ha regresado. Yo no sé qué ocurrirá mañana, pero hoy es un día de doble celebración.


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