Buscando a Rebecca

Camino entre tumbas buscando un monumento de piedra. Sé que es como una columna o como un pequeño obelisco. Aquí hay muchos. Estoy en el cementerio Lake View, en lo alto de Capitol Hill. Es el primer gran cementerio de Seattle, construido en 1872 por los fundadores de la ciudad. No hay nadie a mi alrededor y el silencio es inquietante, pero la mañana es hermosa y el sol brilla en las copas de los árboles.
Me detengo unos segundos y miro el mapa que me han dado en la oficina de la entrada. Calculo mi posición, compruebo que no me he perdido y entonces sigo hacia adelante por el sendero. Continúo buscando a Rebecca.
Yo no soy historiadora, pero me gusta sumergirme en el pasado, conocer las vidas de otras personas que vivieron en Seattle antes que yo. Algunas hicieron cosas importantes. Otras, cosas horribles. Casi todas han sido olvidadas y no están en los libros de historia. Sobre todo, las mujeres.
Hace algunos días leí sobre la familia Grose en uno de los libros que heredé de mi abuela Charlotte. Entonces recordé que alguien, quizá mi amiga Janet, me habló sobre los Grose hace muchos años. Yo también los había olvidado.
William Grose fue un pionero, uno de los primeros habitantes de la ciudad. Él llegó a Seattle alrededor de 1860. Tenía entonces unos veinticuatro años. Él comenzó trabajando de cocinero en un pequeño restaurante en los muelles y llegó a ser un rico propietario y hombre de negocios. También fue una persona respetada y con influencia en la comunidad. Sin él y su familia el barrio históricamente negro de Seattle, Central District, habría sido diferente.
En el libro leí que poco tiempo después de la llegada de William su familia se reunió con él. Eran Sarah, su esposa, y sus hijos Rebecca y George. ¿Cuándo llegaron ellos exactamente? ¿Desde dónde? ¿Qué pensaron cuando vieron Seattle por primera vez? En 1860 la ciudad era un pueblo fronterizo con ciento ochenta y dos habitantes que crecía mirando a la bahía de Elliott y al mar que entraba por Puget Sound. Cada día llegaban marineros, colonos, leñadores, mineros, buscadores de oro... Muchos se marchaban, pero otros se quedaban. Como los Grose.
Yo recuerdo la primera vez que vi realmente la ciudad. Nací en Seattle, pero viví mi infancia en Oak Harbor, una pequeña ciudad que está al norte, en Whidbey Island. Cuando yo tenía tres o cuatro años vine con mis padres y mi hermano a visitar a mi abuela Charlotte. Subimos a la Space Needle y desde lo alto de la torre pude ver Seattle como nunca la había visto. Me pareció una ciudad sin fin.
Para Rebecca fue diferente, la ciudad estaba naciendo. ¿Cuántos años tenía ella cuando llegó? ¿Cómo fue su vida después? Yo tenía mucha curiosidad y comencé a buscar en la red información sobre ella y su familia. Al principio encontré muchos datos sobre su padre, pero ninguno sobre los demás. Hasta que descubrí el censo federal de 1880. William, Rebecca y George nacieron en Washington, D.C., y Sarah, la madre, en algún lugar del estado de Massachusetts. En el registro estaba escrito que Rebecca nació en 1864, pero la fecha de nacimiento de su padre estaba equivocada. Yo tenía dudas. Y 1864 no era “poco tiempo después” de 1860, cuando William llegó a Seattle.
Continué buscando y encontré la noticia sobre la muerte de su hermano en el archivo digital del periódico The Seattle Republican. También estaba su fotografía. George H. Grose murió en 1904 y fue un ciudadano muy activo en la comunidad. Pero en el periódico no estaba su edad. Entonces recordé una base de datos para buscar tumbas y lo busqué en el cementerio Lake View. Allí estaba George. Murió cuando tenía treinta y cuatro años, y está enterrado con su primera esposa, Lovina. Después busqué a sus padres. También están en Lake View, enterrados en la misma tumba. Finalmente, y muy nerviosa, busqué a Rebecca. Ella no apareció en los resultados de la búsqueda. Entonces pensé que, probablemente, Rebecca se casó, y que yo debía encontrar información sobre su matrimonio y el apellido de su marido. Después comprobé en la base de datos todas las fechas de nacimiento de los miembros de su familia. Vi las fotografías de las lápidas de sus tumbas. Las fechas no eran las mismas que en el censo federal de 1880, y yo supuse que Rebecca nació después de 1864.
Durante los siguientes días leí con atención todos los documentos que había encontrado sobre su padre. Yo esperaba encontrar alguna pista. Leí que varios historiadores afirman que en 1876 William Grose abrió su propio restaurante muy cerca de la actual Pioneer Square. Lo llamó Our House. Pero también leí lo que escribió Robert Moran, otro pionero como Grose. Él llegó en un barco de vapor al muelle de Yesler el 17 de noviembre de 1875. Olió la comida del Our House y entró en el local. Pero solo tenía diez centavos. Grose le dio el desayuno y le dijo que le daría la comida a crédito hasta que consiguiera un trabajo. También le dijo dónde podía buscarlo. Moran escribió que, en el restaurante, Grose cocinaba y Sarah lavaba los platos. Ese dato significaba que en 1875 ella ya estaba en Seattle. Su hijo George nació en 1870 en Washington, D.C., yo sabía que Rebecca nació antes, y todo eso significaba que entre 1870 y 1875 Sarah y sus hijos habían viajado desde la capital del país, en la Costa Este, hasta Seattle, en la Costa Oeste. Era un viaje de semanas. Y los niños eran pequeños. ¿Cómo lo hicieron? ¿Viajaron en una caravana de colonos? Después pensé en otras opciones, y me pregunté si Sarah viajaba desde Seattle a la capital cuando estaba embarazada o si William viajaba a la capital para visitar a sus padres y a Sarah. Si fue así, al menos él viajó dos veces: Rebecca y George.
Grose añadió una barbería a su restaurante algunos años después. Y en 1883 construyó un hotel de tres pisos, el segundo hotel más grande de la ciudad. También lo llamó Our House. En aquellos años vivían en Seattle más de cuatro mil personas, y William Grose era un hombre bien conocido, amable y generoso. Era amigo de trabajadores y también de ricos propietarios. Un año antes, en 1882, él compró a Henry Yesler doce acres de tierra al sur de Madison Este. Le pagó mil dólares en oro, una pequeña fortuna. Allí construyó el rancho de los Grose.
Uno de los documentos que yo había encontrado sobre William era el manuscrito de Hazel Dixon. Ella lo escribió en 1937. Lo había leído días antes, rápidamente, y volví a leer la introducción. Encontré esta frase: “Hazel fue la esposa de William Dixon, el nieto de William Grose”. ¡Era la pista que yo estaba buscando! William tenía que ser un hijo de Rebecca, y ella se casó con un hombre apellidado Dixon.
Busqué a Rebecca Dixon en la red y solo encontré que fue miembro de un círculo social femenino. Nada más. En aquel momento de la noche yo estaba cansada y tenía demasiados datos en mi cabeza. Olvidé que podía buscar a Rebecca en la base de datos de tumbas.
Por la mañana, en la oficina, hablé con Jake sobre mi pequeña investigación. Él es abogado y me dijo que yo podía buscar documentos legales sobre personas en los archivos digitales del estado de Washington. Lo hice varias horas después, en casa.
Después de la cena encendí mi ordenador y busqué el registro del matrimonio de Rebecca. Ningún resultado. Entonces recordé que mucha gente llamaba Gross a su padre, no Grose. Pensé que era posible que en aquellos viejos documentos quizá fuera ese el apellido. Así que lo cambié y busqué a Rebecca Gross. ¡Allí estaba! Me sentí muy feliz.
Leí que Rebecca se casó el 11 de junio de 1883 con Robert L. Dixon. Ella tenía quince años, casi dieciséis. Y Robert tenía unos treinta y ocho. En aquella época él era casi un viejo y yo pensé que Rebecca no se casó enamorada.
Comencé a buscar información sobre su marido y descubrí que él llegó a Seattle desde Virginia en 1865 y abrió una barbería. Fue amigo de William Grose y, más tarde, socio de su hijo George en un negocio creado para buscar oro en Alaska. También encontré una noticia de 1903 en el periódico The Seattle Republican que me emocionó. Era sobre una fiesta en la casa de George Grose y su segunda esposa, Aurora Jones. Entre los invitados estaban Robert Dixon y “la señorita Carrie Dixon”. ¡Carrie tenía que ser la hija de Rebecca! Me pregunté dónde estaba su madre ese día.
Esa noche, más tarde, busqué el registro del fallecimiento de Rebecca. Lo encontré, y después de leerlo me sentí muy triste. Entonces apagué el ordenador y me fui a la cama.
En 1889 Rebecca fue una de las fundadoras de aquel círculo social de Seattle. Estaba formado por mujeres de clase media que tenían reuniones semanalmente y organizaban eventos musicales, literarios y de entretenimiento para su comunidad.
Y entonces ocurrió un hecho que cambió la historia de la ciudad: el Gran Incendio de Seattle. Sucedió el 6 de junio de 1889. Comenzó en un taller de carpintería, en la esquina de First Avenue con Madison, y luego las llamas se extendieron hacia el sur por las calles principales, por los muelles. La ciudad ardió durante más de doce horas, hasta la madrugada, y el fuego destruyó veinticinco manzanas. En Seattle vivían entonces más de treinta y tres mil personas. Todas salvaron sus vidas, excepto un chico.
Mientras veía algunas fotografías de la ciudad destruida recordé que Hazel Dixon escribió sobre el incendio. Volví a leer su manuscrito. Ella escribió que una mujer, la señora Oxindine, estaba viendo el fuego con la madre de Carrie y de Will. Era Rebecca. Ellas vieron que el viento cambió y saltaron chispas que provocaron más incendios. Algunos edificios estallaban envueltos en llamas. Ellas sabían que el negocio de Robert estaba en el camino del fuego, así que fueron hacia allí. En el camino vieron a muchas personas que arrastraban sus pertenencias, y otras lanzaban la ropa y las sábanas por las ventanas.
Robert Dixon perdió su negocio. Y William Grose perdió su hotel, el Our House. Los dos tuvieron que comenzar de nuevo.
En la mañana del 7 de junio de 1889, pocas horas después del incendio, el alcalde Robert Moran comenzó a dirigir la reconstrucción de la ciudad. Era el mismo Robert Moran que llegó a Seattle con diez centavos en el bolsillo, entró en el restaurante de William Grose y le pidió un desayuno. Catorce años antes.
Pero Rebecca no pudo ver el renacimiento de Seattle. Siete meses después, en enero de 1890, Rebecca murió. Ella tenía veintidós años. En el registro de su fallecimiento leí la causa de su muerte: aborto espontáneo. Nadie pudo detener la hemorragia.
En el manuscrito de Hazel Dixon también descubrí que Rebecca tuvo otro hijo, Alfred. Él fue el primero. Me pareció increíble cuánta información había encontrado en el manuscrito. Pero estaba oculta, porque Hazel no escribió el nombre de Rebecca en ningún lado. Era algo extraño.
Después del incendio los padres de Rebecca se fueron a vivir al rancho de Madison Este. Y él comenzó a vender parcelas de sus tierras a afroamericanos de clase media, propietarios de pequeños negocios, que querían construir allí las casas para sus familias. Junto al hogar de los Grose fue creciendo el segundo núcleo de población negra de la ciudad. El primero estaba al sur, alrededor de Jackson Street, y era de clase trabajadora. Entre los dos núcleos creció el actual Central District, y se forjó la comunidad afroamericana de Seattle.
“No ha sido fácil encontrarte, Rebecca”, pienso cuando me detengo frente a la pequeña columna de piedra. Luego miro con atención su nombre grabado y las fechas que enmarcaron su vida. Son las fechas que yo sabía. Entonces veo la lápida de su tumba en el suelo, entre la hierba. Ella está con Robert. Su marido vivió treinta y un años más.
Hace algunos días Rebecca era una desconocida para mí. Ahora no lo es. Pienso en todo lo que sé sobre ella, y en todo lo que nunca llegaré a saber. Luego coloco un pequeño ramo de flores blancas a los pies del monumento y miro hacia el cielo. La mañana es hermosa, y el sol brilla en las copas de los árboles.
 

Rebecca Grose Dixon fue la primera niña negra que vivió en Seattle. Y yo supongo que también fue la única, durante algún tiempo. Ella tuvo tres hijos, murió cuando era una joven y después fue olvidada por la historia.
Alguien debería contarlo. Alguien debería escribirlo.

.