Golden Gardens

Me enamoré en Golden Gardens, hace mucho tiempo. Yo tenía diecisiete y estaba llena de furia. Richard tenía dieciocho y era un chico sencillo que vivía en Ballard. Demasiado sencillo para soportar toda mi furia.
Golden Gardens es un parque público que está en la costa, al oeste de Ravenna, mi barrio. En el parque hay dos pequeñas playas desde las que puedes contemplar la bahía y Puget Sound, el estrecho por donde el mar llega hasta Seattle. En el otro lado, las montañas Olympic, con sus cimas nevadas elevándose sobre el horizonte de Bainbridge Island. Golden Gardens es un hermoso lugar para recordar. Aunque mis recuerdos no son siempre hermosos.
En primavera vengo a pasear algunas veces a las playas de Golden Gardens. También en otoño. En invierno hace bastante frío y no es una buena idea, aunque una vez estuve aquí con Janet y Roberta. Hicimos un pícnic y casi nos congelamos. Entonces éramos jóvenes y estábamos locas. O quizá solo éramos jóvenes.
Llegué a Seattle al final de 1996 para vivir con mi abuela Charlotte. Tenía dieciséis años. Yo había perdido a mi familia y mi mundo había desaparecido. Solo tenía el recuerdo de mi infancia en Oak Harbor y a mi abuela. En aquellos primeros meses yo quería borrar de mi mente los cuatro años que había vivido en California, en la base de Camp Pendleton. Pero era algo que no podía olvidar y estaba furiosa. Culpaba al ejército por no llegar a tiempo antes de que la casa se quemara, por no salvar a mi familia.
En los primeros días de febrero de 1997, una semana después de mi cumpleaños, conocí a Jake. Los dos íbamos a la Roosevelt High School. Es la escuela en la que trabajó mi abuela durante muchos años, en las oficinas y en la biblioteca. Aquella tarde yo tenía un ataque de furia y había comenzado una pelea contra dos chicos después de las clases. Jake apareció de pronto, empujó a uno de los chicos, cogió mi brazo y me llevó fuera de allí. Caminamos por el barrio durante media hora, en silencio. Me gustó que no hiciera preguntas. Luego le dije que estábamos lejos de la casa de mi abuela y regresamos hacia la escuela Roosevelt. Cuando llegamos a casa se despidió y dijo mi nombre. Él ya lo sabía. Yo le pregunté cuál era el suyo y dijo: “Jacob. Pero tú puedes llamarme Jake”. Desde entonces él se convirtió en mi ángel protector.
En aquella época Jake decía que yo era como un interruptor. Cuando estaba encendida rompía cosas, peleaba con la gente, la furia me dominaba y era una salvaje. Cuando estaba apagada no hablaba con nadie, me encerraba en mi habitación y lloraba. Algunos días no comía, y tampoco iba a la escuela. A veces era una chica normal.
Cuando comenzó el verano de 1997 Jake me preguntó si las chicas negras tomamos baños de sol. Yo le dije que sí, y que también nos bronceamos. Un poco. Entonces él dijo que el siguiente fin de semana iríamos a la playa. A Golden Gardens.
Me gustó el bosque que separa el barrio de Ballard de la costa, las playas escondidas a los pies del bosque, la antigua casa de baños de ladrillo rojo, construida en la década de 1930, el camino junto al mar hasta el embarcadero de Eddie Vine.
Cuando veníamos a la playa yo miraba a los chicos. Jake también. Las primeras veces que estuvimos aquí me sentía rara porque no había otros afroamericanos, y yo me preguntaba si en Seattle no tenían la costumbre de tomar el sol. Y un día llegó Richard. Su piel era más negra que la mía y era muy muy guapo. Él estaba con dos chicos blancos, pasaron junto a nosotros y entonces él me miró. Sus ojos brillaron como dos faros. Varios minutos después Jake se fue a nadar y Richard se sentó cerca de mí. Charlamos y luego me pidió mi número de teléfono.
Solo nos veíamos en Golden Gardens. Al principio yo no sabía cómo comportarme y hablaba poco. Pero un día me encendí. De otra manera. Estábamos en Meadow Point, donde se unen las dos playas. Yo cogí la mano de Richard y empecé a correr. Nos escondimos en un pequeño bosque que hay entre el pantano y las vías del ferrocarril. Yo temía que alguien pudiera vernos desde algún lado, pero luego lo olvidé. Me convertí en una salvaje.
Richard y yo estuvimos más veces en aquel bosque. Me gustaba sentir el calor de su piel, la fuerza de sus brazos, el peso de su cuerpo. Cuando pasaba el tren nosotros vibrábamos con el temblor de la tierra. Todo era maravilloso. Hasta que un día comprendí que yo no quería a Richard. Solo lo necesitaba para volver a sentir el amor de mi familia, para escapar del dolor. Y entonces regresó la furia.
Richard no comprendía nada y yo no podía hablar sobre lo que había ocurrido en Camp Pendleton. Las palabras no salían de mi boca. Un día él dijo que yo estaba loca y le golpeé en la cara. Fue el final.
Aquel verano Jake y yo no volvimos a Golden Gardens. Me apagué durante muchos días. Muchos.
Recuerdo un sábado por la tarde, en casa, con mi abuela Charlotte y su amiga Geraldine. Yo estaba tumbada en el sofá, con un libro en mis manos. Lo miraba pero no podía leer una sola página. Mi abuela fue a la cocina y entonces Geraldine se sentó junto a mí. Me dijo: “Debes dejar de sentirte culpable por seguir viva. Aquella noche tú no estabas en la casa, y no podías saber lo que iba a ocurrir”. Yo nunca se lo había dicho a nadie, pero era la verdad. Geraldine siempre ha sido muy inteligente. Luego me dijo: “En el incendio tu abuela perdió a su hijo y a su nieto, también a tu madre. Ella te necesita como tú la necesitas a ella”. Entonces tiré el libro y la abracé con toda mi fuerza.
En otoño de aquel año Jake me llevó a una marcha de protesta. Fue mi primera vez y solo recuerdo algunos fragmentos: yo gritando, empujones, yo gritando, el hocico de un caballo de la policía cerca de mi cara, yo gritando, un chico en el suelo con sangre en la cabeza, empujones, yo corriendo, Jake abrazándome en la acera y diciendo que me calmara, yo gritando, furiosa. Más tarde, sentados en una mesa del Sunlight Cafe, Jake me dijo: “Si quieres cambiar el mundo, antes deberás cambiarte a ti misma”. Nunca he olvidado esas palabras.
Hace tres años volví a ver a Richard en Golden Gardens. Yo regresaba al aparcamiento y él salía de su coche con una mujer y un niño de unos diez años. Nos miramos a los ojos y él no me reconoció. Me sentí feliz.
Continúo viniendo a Golden Gardens porque me recuerda que pude cambiar. No fue fácil, pero todos podemos.
 

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