All Power to the People


Subo los escalones de piedra y entro en la biblioteca pública Douglass-Truth, en Central District. Giro a la derecha y camino lentamente hacia el acceso al otro edificio. Siento que es como hacer un viaje en el tiempo. De 1914, cuando se construyó la antigua biblioteca, a 2006, cuando se abrió la moderna ampliación.
Una blanca escalera que parece flotar en el aire desciende formando una curva hasta la sala principal, que está bajo el nivel de la calle. A través de una gran pared de cristal el sol de la tarde llena el espacio de luz. La sala es muy amplia y de color blanco, y es el hogar de la mayor colección de literatura afroamericana de la Costa Oeste.
Miro a mi alrededor y no veo lo que estoy buscando. Apenas hay público en la sala. Solo algunos jóvenes, leyendo libros o utilizando los ordenadores. Me acerco a la mesa de los empleados y pregunto dónde está la exposición. En silencio, un hombre señala la vitrina que está en la pared del fondo. Entonces me siento decepcionada. Es solo la vitrina. Yo esperaba algo más, una gran instalación.
Leo el título de la exposición en un pequeño cartel: “Todo el poder para el pueblo: recordando al Black Panther Party de Seattle”.
Hace cincuenta años se fundó el Black Panther Party en Oakland, en el estado de California. Ahora es el aniversario y por eso he venido. Me acerco a la vitrina y leo que la primera sección del partido que se estableció fuera de California fue la de Seattle. Eso ocurrió en la primavera de 1968, dos años después. Yo no lo sabía.
La vitrina es grande pero hay pocos objetos: fotografías, portadas del periódico del partido, carteles, algunos libros, y también una chaqueta negra de cuero y una boina negra. Era el uniforme de las Panteras Negras.
Pienso en el espectáculo de Beyoncé, el mes pasado. Cantó en el intermedio de la Super Bowl su última canción. Ella salió al campo del Levi’s Stadium con treinta bailarinas, y todas vestían ropas negras de cuero y boinas negras sobre sus peinados afro. Después de la actuación, algunas chicas levantaron sus brazos derechos con los puños apretados y mostraron a las cámaras un cartel pidiendo justicia para Mario Woods, el chico que mató la policía en San Francisco. Eso no gustó a muchas personas, y algunas condenaron la actitud de Beyoncé. Sobre todo, políticos y periodistas. Blancos.
Veo en algunas fotos a los hermanos Dixon, los fundadores del partido en Seattle. También está la famosa fotografía de la escalinata del Capitolio del estado, en Olympia: siete Panteras Negras con sus uniformes y los rifles apuntando al cielo. Es una imagen con mucha fuerza. En una esquina veo otra fotografía y entonces mi corazón da un salto. No es posible. No puede ser posible. Leo con nerviosismo el letrero que está debajo de la foto pero no hay nombres de personas, solo datos sobre el contexto. Vuelvo a mirar la foto atentamente. Es ella, pero no debería parecer tan joven.
Busco el teléfono en mi bolso y llamo a Geraldine, una de las mejores amigas de mi abuela Charlotte. Cubro mi boca con la mano para no molestar a la gente y le digo que estoy viendo a mi abuela en una foto de 1968. Ella está con tres miembros del Black Panther Party en un lugar que parece un cine o un salón de reuniones. Geraldine dice que es imposible y yo puedo imaginarla negando con la cabeza. Comenta que mi abuela odiaba la violencia, y en los primeros años las Panteras Negras tuvieron muchos enfrentamientos con la policía. Sobre todo en California. Yo le digo que hay algo extraño en la foto. Mi abuela tenía entonces más de treinta años, pero en la imagen parece más joven. Geraldine me dice: “Es su hermana. No hay otra explicación”. En ese momento recuerdo las fotografías que encontré el año pasado, cuando me ocupé de las pertenencias de mi abuela. En las fotos, ellas eran muy jóvenes y parecían gemelas, aunque mi abuela tenía cuatro o cinco años más. Pregunto a Geraldine si es posible que mi tía abuela fuera miembro del partido. Ella dice que en aquella época no conocía a mi abuela Charlotte, y que ella hablaba muy poco sobre su hermana. Me explica que en Central District mucha gente estaba en algún grupo de activistas, como estaba ella. O en varios. Luego me invita a ir a su casa, para tomar café y hablar sobre los viejos tiempos. Yo le prometo que iré la próxima semana.
Hago una foto de la fotografía de mi tía abuela con la cámara del teléfono, después compruebo en la pantalla que está enfocada. Un hombre aparece a mi lado y yo me sobresalto. No he oído sus pasos cuando ha llegado hasta la vitrina. Él acerca su rostro al cristal y observa con atención la vieja fotografía. El hombre tiene unos sesenta y cinco años, quizá más. Pero no parece un viejo. Tiene un cuerpo fuerte y atlético, el pelo oscuro, algunas canas en el bigote. Y viste una chaqueta negra con muchos bolsillos. Parece un vecino del barrio, y yo le pregunto si reconoce a alguna de las personas que están en la foto. Él asiente con la cabeza, muy cerca del cristal. Entonces le digo que la mujer era la hermana de mi abuela. Él gira su cabeza, me mira y dice en voz baja: “La recuerdo”. Aunque yo nunca la conocí me siento emocionada y le pregunto si puede hablarme sobre ella. Mi voz ha sonado demasiado alta y entonces él me recuerda que estoy en una biblioteca. Me pregunta si puedo esperar unos minutos fuera, en la puerta. Mi respuesta suena como un susurro: “Sssí”.
Mientras subo la escalera recuerdo que mi abuela Charlotte me contó que su hermana abandonó Seattle al final de la década de 1960. Ella se fue a California, para buscar un trabajo. Allí se casó y después se trasladó a Detroit con su marido. Recuerdo también cuando acompañé a mi abuela al entierro. Todo fue muy rápido. Volamos a Detroit, dormimos en un hotel, fuimos al cementerio por la mañana y regresamos por la tarde. No hubo charlas familiares. Pero no me pareció extraño. Mi abuela y su hermana no se vieron en casi cuarenta años. Hablaban por teléfono algunas veces, nada más. Yo sabía que no era una relación normal, pero no hacía muchas preguntas a mi abuela. Hoy sería diferente, porque necesito algunas respuestas. Llego al final de la escalera y entro en la antigua biblioteca. Continúo viajando en el tiempo.
Siete minutos después la puerta se abre y el hombre de la exposición sale del edificio. Camina hacia mí.
—Recuerdo a su tía abuela, aunque nunca hablé con ella —me dice, y eso no es lo que yo esperaba oír—. Antes ha dicho que “era” la hermana de su abuela. Supongo que eso significa que ella murió.
—Hace diez años. Cáncer.
—Lo lamento —dice con sinceridad—. ¿Qué quiere saber?
—¿Ella fue miembro de las Panteras Negras?
—No, estaba en otros grupos. La mayoría de la gente del partido eran chicos de quince a veinte años. Ella era mayor. Pero cuando hablaba todos la escuchaban con respeto. Era una líder. —Pienso en las dos hermanas. Eran muy diferentes. A mi abuela no le gustaba dar órdenes, ni tomar decisiones por los demás. El hombre continúa hablando—: Después de lo que pasó en la escuela Garfield ella desapareció. No volví a verla más. Alguien me dijo que la policía la estaba buscando, pero yo no sé si eso era cierto.
—¿Qué ocurrió en la escuela Garfield?
—La policía entró en la sede de las Panteras Negras y detuvo a uno de los hermanos Dixon y a otro hombre. Los agentes dijeron que habían robado una máquina de escribir. Fue en julio de 1968. El día siguiente, por la tarde, hubo un mitin en el exterior de la escuela y se reunieron muchas personas. Panteras Negras y miembros de otros grupos. También había más gente en los cruces, vigilando dentro de sus coches. La policía llegó y lanzó bombas de gas lacrimógeno. Entonces la gente respondió lanzando piedras. Después alguien lanzó una bomba incendiaria al escuadrón de la policía. La gente se dispersó. Se oyeron disparos. Una bala atravesó el techo de un coche patrulla. Durante la noche hubo enfrentamientos, detenciones y ataques con bombas incendiarias en varios lugares del barrio.
—¿Mi tía abuela lanzó alguna de aquellas bombas incendiarias? —le pregunto, preocupada.
—No —responde con seguridad.
—¿Disparó a alguien?
—No, yo supongo que no. Nunca la vi con un arma en sus manos.
—¿Hubo algún muerto aquella noche? —Temo la respuesta.
—Siete policías fueron heridos.
Quizá mi tía abuela no hizo nada serio, quizá la policía no la buscaba, quizá...
—Quizá ella se asustó y decidió irse de la ciudad por una temporada —le digo.
El hombre niega con la cabeza.
—Era una mujer valiente. Más valiente que muchos hombres. Yo no sé por qué se marchó.
Pienso en que mi abuela Charlotte lo sabía, pero ya no puedo preguntárselo. Ella también era una mujer valiente. Quizá las dos hermanas no eran tan diferentes.
Le doy las gracias al hombre por todo lo que me ha contado y levanto mi mano para despedirme. Cuando él va a irse levanta un poco su puño derecho y dice:
—Todo el poder para el pueblo.
Era el lema del Black Panther Party. Sin pensarlo, cierro mi mano y aprieto el puño. Pero él no lo ve. Se ha girado rápidamente y ahora se aleja por Yesler Way hacia la 23. Camina con pasos muy ágiles y silenciosos. Como una pantera.

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