Una niña llamada Nuseba

Es sábado por la tarde, unos pocos minutos después de las cuatro. Estoy esperando a Jake en Poquitos, un bar y restaurante mexicano que está en la esquina de Pike Street con la 10, en la zona sur de Capitol Hill. Nunca había entrado en este lugar. Los asientos, la base del mostrador, las puertas, los marcos de los ventanales, los pilares de ladrillo, los adornos metálicos y las lámparas son de color negro. No es así como yo imagino un auténtico bar mexicano.


Jake quiere que conozca a Russell y estoy nerviosa. Russell es el nuevo novio de Jake. O casi novio. Se conocieron hace un mes y creo que la relación está creciendo rápidamente. Ya no es como al principio.
Russell vive muy cerca de aquí y tiene una tienda de antigüedades en la zona. Antes era el negocio de su padre. No sé nada más porque Jake es muy reservado respecto a sus relaciones. Incluso conmigo. Pero lo conozco bien y sé que se siente inseguro y que necesita conocer mi opinión sobre su novio. Por eso estoy nerviosa.
Oigo la puerta que se abre y los veo entrar apresurados con sus ropas para la lluvia. Mi primera impresión es que Russell es joven y guapo. Más joven y más guapo que Jake, pero más bajo y con un cuerpo más delgado. Se acercan hasta mí con gestos de disculpa por el retraso y Jake me besa en la mejilla. Russell se presenta y tiende su mano. Sus ojos azules me miran sonriendo. Son unos ojos amigables y yo le estrecho la mano como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Él lo nota y relaja sus hombros. También está nervioso.
Ellos piden dos cafés al camarero y otro “cappuccino” para mí, luego nos sentamos en una mesa junto a los grandes ventanales. Veo el cielo gris y pesado sobre la ciudad y compruebo que apenas hay tráfico. Son las señales que anuncian la lluvia de Seattle, la familiar lluvia de Rain City.
El camarero deja los cafés sobre la mesa y bebemos para calentar nuestros cuerpos. Hay pocos clientes en el bar, así que podemos hablar con tranquilidad, sin oídos extraños pendientes de nuestra conversación.
Russell quiere saber si Nuseba es mi nombre real y comenta que no lo conocía. Yo le digo que es mi auténtico nombre y que aquí es muy raro. Pero es normal en varios países árabes, en dos o tres países del sur de África y también en India. Aunque creo que es un apellido, no un nombre. Le explico que en muchos de esos países escriben y dicen los apellidos antes que los nombres. Es su costumbre.
Russell pregunta entonces si es un apellido musulmán. Le respondo que es posible, pero no estoy segura. Y añado que en mi familia nunca ha habido musulmanes. Sin pensarlo, le digo que el origen de mi nombre es otro.
Russell me mira con expectación. Jake también. Porque él, mi ángel protector desde hace diecinueve años, tampoco lo sabe. Nunca me lo ha preguntado. Yo supongo que mi nombre es algo normal para él. Como siempre lo ha sido para mí.
No me gusta hablar de mis padres, no me gusta recordarlos más de lo necesario, pero les explico que ellos viajaron a Egipto en su luna de miel. Mi madre quería ver las pirámides, la Gran Esfinge y las antiguas ciudades que están junto al río Nilo: Luxor y Karnak. También las tumbas del Valle de los Reyes. Durante aquel viaje conocieron a una niña llamada Nuseba. Por eso me llamaron así.
Russell sonríe, satisfecho con la explicación, y Jake parece más interesado ahora. Durante un segundo pienso que son como dos niños, entusiasmados con un cuento infantil. Jake dice que tuvo que ocurrir algo importante con aquella niña. Si no fue así, mis padres no me habrían dado su nombre. Yo le digo a Jake que no lo sé. Nunca lo pregunté.
—Quizá tus padres se perdieron en El Cairo, o en otra ciudad, y la niña los guió hasta su hotel —dice Russell.
—Quizá alguien iba a robarles en la calle y la niña lo impidió —dice Jake.
—Quizá les gustó el nombre. Nada más. Muchas veces, la explicación más sencilla es la que está más cerca de la realidad —digo yo.
Pero mi opinión no les convence y parece que están pensando en nuevas hipótesis.
—Quizá tus padres fueron a una fiesta en la embajada de Estados Unidos y la niña era la hija de un jeque árabe. Una princesa —dice Russell y me guiña un ojo.
—Quizá tus padres la atropellaron con un coche de alquiler, la llevaron al hospital y los médicos consiguieron salvarla en el último minuto —dice Jake. Russell niega con la cabeza. No le parece una buena teoría.
—Quizá era el fantasma de la esclava de un faraón —digo yo. A Jake no le gusta que yo hable sobre fantasmas, pero a mí me gusta ver su cara cuando lo hago.
—Quizá era la hija del director del Museo de Antigüedades Egipcias y ella los llevó a ver las momias de gatos —dice Russell sonriendo.
—Quizá no era una niña, era una adolescente que ganaba algún dinero haciendo fotos a los turistas con su cámara Polaroid —digo yo. Y entonces deseo no haberlo dicho porque estoy recordando cuando mi abuela Charlotte me regaló mi primera cámara. Yo tenía diecisiete años y echaba de menos a mis padres continuamente.
—Quizá... —empieza a decir Russell pero se calla al ver la tristeza en mis ojos. Durante un instante su cuerpo oscila como un pequeño árbol cuando es golpeado. Yo supongo que Jake le ha pegado con la rodilla por debajo de la mesa. Jake, siempre tan protector.
—No quiero seguir recordando a mis padres —les digo.
Russell me dice que lo siente y en ese momento sé que Jake le ha hablado sobre mi pasado. No me importa, Russell parece una buena persona. Luego él se disculpa diciendo que la imaginación es una máquina poderosa. Cuando se pone en marcha no se puede parar.
Yo le digo que es cierto y termino mi café. Está casi frío. Durante unos segundos los tres permanecemos en silencio, incómodos. Y entonces tengo una idea.
Sonrío, miro sus rostros fijamente y comienzo a hablar con un tono misterioso.
—Imaginad que vosotros sois una pareja de Egipto que ha venido a Seattle en su luna de miel. Yo sé que en Egipto no es posible que las personas como vosotros puedan casarse, pero eso ahora no importa, algún día cambiará. Estáis en un café muy bonito, no como este frío y negro bar, y una niña llamada Nuseba se acerca hasta vuestra mesa. Ella os dice que puede llevaros a un lugar mágico, un palacio en el que hay muchos tesoros. Vosotros pensáis que la niña tiene mucha imaginación, pero no creéis que exista en la ciudad un lugar como ese. La niña coge vuestras manos y quiere llevaros a la calle. Como ella tiene unos ojos bonitos y es muy simpática salís del café.
Y en la esquina giramos a la derecha, corremos un poco bajo la lluvia, cruzamos al otro lado de la calle y entramos en la Elliott Bay Book Company, que es una de mis librerías favoritas. Está en un edificio de una sola planta construido en 1918, la primera tienda de camiones Ford que hubo en Seattle. El interior es muy grande, con el suelo de madera brillante, claraboyas en el techo y lámparas por todos lados. Es un lugar cálido y luminoso que para mí es mágico.
Y entonces les digo a Jake y a Russell que busquen bien en las estanterías. Porque pueden encontrar muchos tesoros.

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