Enemigos

Aquel día todo empezó a cambiar. Akiko Kato salió de la escuela triste y asustada. Algunas compañeras de su clase la habían señalado con el dedo y le habían dicho cosas terribles. Ella no entendía por qué ahora era su enemiga.
Su familia y sus amigos la llamaban Aki. Tenía dieciséis años, estaba en el último año de la escuela secundaria y quería ir a la universidad. Era diciembre de 1941. Ella sabía que el mundo estaba en guerra, pero pensaba que todo continuaría como siempre. Su padre, Harutoshi, le había dicho que estudiara mucho y que no se preocupara, porque nada les iba a suceder.
Pero sucedió.
La policía empezó a registrar las casas de su barrio. Los agentes buscaban espías y equipos de radio. Luego se impuso el toque de queda. Nadie podía estar en la calle por la noche.
En febrero del siguiente año el gobierno aprobó la Orden Ejecutiva 9066. Toda la costa en la que vivía Akiko se convirtió en zona militar, y el ejército podía evacuar a cualquier persona en cualquier momento.
En el barrio empezaron los rumores. Algunos vecinos decían que iban a enviarlos muy lejos de la ciudad. Otros estaban histéricos y veían espías y enemigos por todos lados. Hubo enfrentamientos, insultos y algunas peleas.
En marzo de 1942 comenzaron las evacuaciones en una de las islas. En abril la orden llegó a la ciudad. La policía clavó los anuncios en vallas, paredes y postes de teléfono. Los padres de Aki tuvieron que comprar varias maletas de madera para llevar el equipaje. Solo podían llevar sábanas, artículos de aseo, platos, cubiertos y ropa.
Los soldados les ordenaron que subieran a los autobuses y los llevaron al campo de concentración. Allí había muchos barracones de madera construidos sobre tierra húmeda. Les dieron heno y unas grandes bolsas de tela para que hicieran sus colchones. Las letrinas eran agujeros en el suelo y las duchas eran comunes. También había dos torres de vigilancia y vallas de alambre de púas. Si alguien intentaba huir, los soldados disparaban.
Allí estuvieron algunos meses y luego trasladaron a toda la gente a otro campo más lejano. Estaba en un lugar desolado. En verano los barracones eran como hornos, en invierno eran como neveras.
Aki pensaba que el campo era como un zoológico. Y un día dejó de preguntarse cuándo ella y su familia saldrían de allí.

Eunice tira de mi brazo, dice que el partido ha terminado y yo regreso del pasado. Estamos en la cancha de baloncesto de la Garfield High School, en Central District. Miro hacia abajo y veo que las chicas de los dos equipos están recogiendo sus cosas. Unas están alegres por la victoria, otras llevan la derrota en sus caras. No he visto el final del partido, pero sé el resultado.
Le digo a la niña que se ponga el anorak y luego cubro sus rizos negros con una bonita boina de color rojo. Es su color favorito. Le pregunto si tiene hambre y ella afirma varias veces con la cabeza. “¿Te gustaría cenar espaguetis con gambas?”, le pregunto. Ella sonríe y vuelve a mover la cabeza arriba y abajo. Desde que su madre no está, Eunice habla muy poco. Y está triste y abatida. Como las chicas del equipo de Garfield.
Mi amiga Janet, la madre de Eunice, continúa encerrada en Mission Creek. Las condiciones de su condena por agredir a un policía en una marcha de protesta cambiaron cuando participó en una pelea dentro de la cárcel. Si ella tiene un buen comportamiento le darán la libertad condicional dentro de tres meses, en junio. Demasiado tiempo para la niña. Demasiado tiempo para todos.
“He comprado un postre que te va a gustar mucho”, le digo mientras bajamos hacia las puertas. Ella quiere saber qué es y yo le respondo: “Es una sorpresa”. La niña abre mucho los ojos y pregunta: “¿Lo sabe papá?”. Yo niego con la cabeza y ella dice que entonces también será una sorpresa para él. Desde que Janet no está, las cenas en casa no son como antes. Nada es como era antes.
 

Eunice coge mi mano y salimos de la escuela en la que se graduó su madre. Es la escuela en la que estudiaba Akiko cuando ella y su familia tuvieron que abandonar Seattle. Los soldados los llevaron a Camp Harmony, en Puyallup. Y después al campo de concentración de Minidoka, en el estado de Idaho.
Siete mil habitantes de Seattle de ascendencia japonesa fueron encerrados en los campos. Ciento diez mil de los tres estados de la Costa Oeste. Para mucha gente eran enemigos. No tenían derechos. La Orden Ejecutiva 9066 se los quitó. Más de dos tercios de los prisioneros eran ciudadanos de los Estados Unidos. Y más de la mitad eran niños.
La mayoría estuvo en los campos hasta que la guerra acabó, tres años después. Algunas personas fueron liberadas antes, otras más tarde. Muchas no regresaron a sus ciudades. Las que regresaron descubrieron que sus casas habían sido asaltadas, y sus pertenencias robadas. Algunas casas tenían nuevos inquilinos. Nada era como antes.
Aki pudo salir de Minidoka con el apoyo de una organización cuáquera. Y consiguió su sueño: ir a la universidad. En 1948 se graduó en la Friends University de Wichita, Kansas. Después se casó con Junelow Kurose, el mejor amigo de su hermano.
En 1950 regresó a Seattle y se convirtió en activista por la paz y la igualdad racial. Durante muchos años fue profesora en escuelas públicas de la ciudad. En 1992 recibió el Premio de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Cruzamos la calle que está junto a la escuela Garfield y caminamos hacia la casa de los padres de Eunice. Está anocheciendo. La niña ve a Karim cortando el césped y entra corriendo en el jardín. Le grita: “¡Papá, tenemos un postre sorpresa!”.
Yo sé que algún día Janet contará a su hija la historia de Aki Kurose. Como me la contó a mí. Para que Eunice nunca señale a alguien con el dedo y le diga que es su enemigo.

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