Platillos volantes en Dick’s

 
Roberta encendió un cigarrillo mientras pateaba el asfalto del aparcamiento con sus botas de leñador. Era el comienzo de febrero y hacía frío. Janet continuaba en el coche, buscando una emisora de radio, y yo intentaba subir la cremallera del anorak pero mis dedos no se movían sincronizadamente. Por la mañana me habían comunicado que había conseguido el trabajo en American Airlines y estaba feliz. Llevábamos más de cuatro horas celebrándolo. Roberta dijo: “Vamos, hermana, necesitamos repostar”.
Estábamos en el Dick’s Drive-In de Broadway, uno de los más antiguos Dick’s de Seattle. Abierto todos los días de la semana desde 1955. Hamburguesas, patatas fritas y batidos. El menú clásico.
Era un pequeño edificio rectangular de una sola planta, construido en ángulo recto con la calle y con zonas de aparcamiento a su alrededor. Sus tres paredes principales tenían una base de ladrillo sobre la que se apoyaban grandes paneles de cristal. El tejado, plano, se extendía hacia la acera como la visera de una gorra para proteger a los clientes mientras hacían sus pedidos.
Roberta y yo caminamos hacia la parte delantera. A través de las paredes de cristal podíamos ver a los empleados en el interior trabajando con sus veraniegas camisetas de color azul. Se movían de un lado a otro sin parar. Parecían peces tropicales nadando en un gran acuario.
Un coche blanco pasó muy cerca de nosotras y aparcó en el lugar más próximo al mostrador. Vimos cómo salían del automóvil tres jóvenes negros. El más guapo vestía ropa deportiva debajo de un grueso anorak oscuro y llevaba dos cadenas doradas alrededor del cuello y varios anillos en sus dedos. Eran de oro falso. Parecía el típico “chico rapero del gueto”, pero sus movimientos eran suaves y educados como los de un universitario. Yo pensé que su aspecto era tan falso como su oro. Él nos vio llegar y entonces nos dedicó una sonrisa deslumbrante. Roberta silbó. El chico le había gustado. Mucho.
Nos situamos al final de la fila, donde terminaban los tubos de luz fluorescente que había en el techo. Era noche de viernes, cerca de las once y media, y a esa hora ya había mucha gente hambrienta esperando para pedir sus hamburguesas. Delante de nosotras estaban los chicos del coche blanco. Los dos amigos del guapo rapero tenían los ojos brillantes y no paraban de reír. Parecían dos idiotas, pero luego pensé que probablemente habían fumado algo más que tabaco.
Una chica muy delgada pedía unos centavos a las personas que estaban en la fila. Se acercó a nosotras. Ella tenía una mirada triste y sujetaba sin fuerza la correa de un perrito blanco con manchas negras. El animal parecía más triste que su dueña. Yo le di un dólar, la chica sonrió y luego caminó lentamente hacia un árbol que había en la acera.
La fila se movió y avanzamos unos pasos. Entonces Roberta me guiñó un ojo, se aproximó al rapero y le habló cerca de la oreja. Yo no pude oír lo que dijo, pero no fue uno de sus habituales  comentarios salvajes porque el chico se giró y volvió a cegarnos con su sonrisa.
Y en aquel momento empezó todo. Alguien desde la acera gritó: “¡Un ovni, un ovni!”. Todos nos giramos y vimos a la chica del perrito señalando el oscuro cielo con un dedo tembloroso. En décimas de segundo la fila se deshizo y todos nos movimos hacia donde estaba ella. “¡Allí, allí!”, gritó alguien. “¡Es cierto, pero hay dos luces!”, exclamó una chica. El rapero le dijo a Roberta que eran dos platillos volantes volando a la misma velocidad. Para él no había ninguna duda. Ella le dijo que tenía una vista excelente mientras le miraba directamente a los labios.
Los amigos del rapero habían dejado de reír y miraban el cielo con asombro. Parecían más idiotas aún. Uno de ellos dijo que ahora había tres discos luminosos y el otro lo confirmó: “Sí, sí, son tres. Es increíble, hermano”. Una chica rubia que tenía un bolso de Donna Karan negó con la cabeza y aseguró que era solo una nave, no tres. “Es un ovni triangular”, dijo. Y para demostrar que ella era una experta añadió: “Los ovnis triangulares están de moda ahora”.
Un chico blanco con gafas se acercó a mí. Dijo que se llamaba Brian y que era estudiante de física. Me preguntó qué me parecía todo aquello. “Una locura”, le respondí. Él comentó que era una locura muy interesante y me sonrió. Parecía que iba a continuar la conversación, pero giró su cabeza y siguió observando el movimiento de las luces. Entonces pensé que todos estaban locos o borrachos. Yo también había bebido alcohol aquella noche, pero no tenía ninguna duda. En el cielo había un gran avión sobrevolando el lago Washington rumbo a Puget Sound. Probablemente era un avión de carga, civil o militar. Yo había crecido muy cerca de una base aérea y conocía bien los diferentes tipos de aviones. Me gustaban desde que era una niña y por eso quería trabajar en una compañía como American Airlines. Me pregunté por qué todos veían ovnis y nadie veía lo que era realmente.
Las luces fluorescentes del techo del Dick’s comenzaron a fallar. Se encendían y se apagaban rápidamente. Varias personas gritaron. Brian dijo en voz alta que los ovnis estaban alterando los campos electromagnéticos y que él era estudiante de física. “Un mal estudiante”, pensé yo. Entonces la chica triste miró a su perrito y le dijo: “Vamos a casa, Chippy. Están llegando los marcianos”.
En pocos segundos las luces del Dick’s se estabilizaron y el avión desapareció. Alguien dijo que el ovni había girado hacia arriba, y que se había elevado a mucha velocidad. Sin embargo, uno de los amigos del rapero afirmó que las tres luces se habían ido en diferentes direcciones. Mi opinión era más sencilla: el avión estaba oculto detrás de una nube.
Regresé al mostrador antes que los otros y no tuve que esperar. A través de la ventanilla pedí patatas fritas francesas y tres sodas. El chico que me atendió era muy rápido. Demasiado rápido. En sus manos la soda saltaba en los vasos y las patatas fritas salían volando del envase. Quizá sus campos electromagnéticos también estaban alterados.
Busqué con la mirada a Roberta y la vi hablando con el rapero. Le hice una seña para indicarle que regresaba al coche de Janet.
“Estoy seca. ¿Qué habéis estado haciendo?”, preguntó Janet mientras yo cerraba la puerta y me sentaba a su lado. “Ovnis”, le dije, y luego comencé a explicarle lo que había ocurrido. Dentro del coche hacía calor y los cristales estaban completamente cubiertos de vaho. No podíamos ver a las personas que estaban alrededor del restaurante, pero tampoco ellas podían vernos a nosotras. Janet abrió la botella de vodka que habíamos comprado en una tienda de licores y mezcló el alcohol con las sodas. Yo también estaba sedienta como mi amiga.
Roberta abrió la puerta de golpe y se lanzó al asiento trasero como ella se lanzaba a las piscinas. Estaba muy excitada. Empezó a contarle a Janet que habíamos visto ovnis. Yo le dije que Janet ya lo sabía y le di su vaso de soda con vodka. Ella bebió casi la mitad de un solo trago y luego cogió un puñado de patatas. Mientras comía nos contó que el rapero se llamaba Derek y que estudiaba en la universidad. Él le había dado su número de teléfono. Yo esperé que no fuera falso como su aspecto y su oro.
En la radio comenzó a sonar “Nowhere to Run”, de Martha and the Vandellas, y empezamos a cantar y a bailar como locas. Era una de nuestras coreografías. El año anterior las habíamos ensayado para una fiesta y conseguimos un gran éxito. Para nosotras fue una broma, pero tuvimos que repetir la actuación en algunas fiestas más. Cantábamos y bailábamos canciones de grupos de chicas de la época dorada del soul. Por eso algunas personas nos llamaban las Soul Sisters.
El locutor del programa anunció la siguiente canción: “Be My Baby”, del grupo The Ronettes. Janet gritó al mismo tiempo que señalaba la calle con el dedo: “¿La hacemos, chicas?”. Las tres salimos como huracanes y dejamos las puertas del coche abiertas. La música se oía perfectamente. Janet se situó en el centro, mirando hacia la salida del aparcamiento, Roberta a la derecha y yo a la izquierda. Ambas un paso detrás de Janet. Cuando ella empezó a cantar su voz llegó hasta la fila del Dick’s y varias personas se movieron para vernos. El rapero y sus amigos salieron del coche con sus vasos en las manos y nos miraron como si nosotras fuéramos las marcianas que habían llegado en los ovnis.
Lo hicimos bien y cuando terminó la canción la gente aulló y aplaudió. Fue otro éxito de las Soul Sisters.
Roberta seguía muy excitada y preguntó a Janet si las cosas que compramos para el pícnic de la semana anterior estaban en el coche. El pícnic en Golden Gardens, junto a la playa, había sido una idea loca de Janet. Siempre lo recordaremos como el Arctic Picnic. Por el frío y la nieve.
Janet abrió el maletero y Roberta empezó a buscar algo. Unos segundos después vimos que abría un paquete de platos de cartón blanco. Nos sonrió con satisfacción y se giró hacia donde estaban Derek y sus amigos. En la radio comenzó a sonar “Let’s Twist Again”, de Chubby Checker. Entonces Roberta lanzó un plato hacia los chicos del coche blanco y gritó: “¡Un platillo volante! ¡Invasión alienígena!”. Y continuó lanzando platos. Derek y los demás los recogían y los lanzaban contra nosotras. Algunos platos de Roberta llegaron hasta la fila del Dick’s y también desde allí comenzaron a lanzarlos. En pocos segundos, el aparcamiento se convirtió en el escenario de un campeonato de frisbee. Toda la gente se divertía y los platos volaban por todos lados. Golpeaban cuerpos y cabezas continuamente. Parecía un tiroteo sin víctimas.
Cuando todo se calmó, Roberta fue a hablar con Derek y Janet dijo que estaba hambrienta. Mientras ella iba a pedir algo al mostrador yo recogí los platos que estaban a mi alrededor y los tiré al cubo de la basura. Luego regresé al coche.
Pensé que estaba siendo una fantástica celebración. Y también pensé que mi vida iba a cambiar muy pronto. Empezaría a trabajar en American Airlines, conocería a mucha gente, otras ciudades, quizá otros países. Ocho días antes había cumplido veintiún años y no sabía qué iba a hacer en el futuro. Ahora sí lo sabía. Me marcharía de la casa de mi abuela Charlotte y alquilaría mi propia casa. Compraría un nuevo coche para ir al aeropuerto de SeaTac. Todo iba a cambiar. Y quizá ya no habría muchas noches como aquella.
Janet entró en el coche con más sodas y una hamburguesa Deluxe. Me dijo muy excitada que Roberta se había ido con Derek al final del callejón. Aullamos. Luego repartimos la hamburguesa doble y comimos tranquilamente.
Quince o veinte minutos después regresó Roberta. Se sentó lentamente en el asiento trasero y no dijo nada. Parecía muy relajada. Nosotras nos giramos hacia ella y le preguntamos con ansiedad qué había ocurrido con Derek. Ella nos miró como si estuviéramos muy lejos de allí, luego sonrió y dijo: “Todo ha sido muy extraterrestre”.

Han pasado quince años desde aquella noche en Dick’s y no sé por qué la recuerdo ahora. O quizá sí lo sé.
Me levanto del sofá y voy a la cocina. Pongo dos cubitos de hielo en un vaso ancho, derramo un poco de vodka encima y después media lata de tónica Canada Dry. Revuelvo los armarios hasta encontrar lo que estoy buscando. Regreso al salón y abro una de las ventanas que miran hacia la calle. Desde el exterior entra el frío, oscuro y húmedo. Entonces lanzo un plato de cartón con muchos colores a través de la ventana. Y luego otro. Y otro. Los tres platos se pierden en la noche.
Luego levanto mi vaso y brindo por las Soul Sisters.

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