¿Por qué no se mueve?


Recuerdo una Navidad de hace mucho tiempo. Yo tenía once años y mi hermano Jerome tenía nueve. Santa Claus le había regalado un pequeño rifle de aire comprimido y salimos a jugar al jardín de nuestro vecino, el señor DeGraaf. Era un jardín muy grande, casi salvaje y con muchos árboles, y nosotros podíamos ir allí siempre que quisiéramos.
La mañana era fría pero la nieve que había caído días antes había desaparecido, así que mi hermano se tumbó en el suelo con su rifle y me pidió que colocara sobre una roca la lata vacía que habíamos encontrado en la cocina. Él se tomó su tiempo para apuntar, luego disparó y dio en el blanco. Se levantó de un salto y comenzó a dar gritos de alegría. Parecía que había ganado un campeonato profesional. Disparamos varias veces, por turnos, y Jerome se excitaba cada vez que hacía caer la lata. A mí no me gustaban las armas y tenía mala puntería, pero deseaba ver feliz a mi hermano.
Cuando yo regresaba de colocar de nuevo la lata apareció un pájaro volando sobre nuestras cabezas y se posó en una rama del árbol más cercano. Era uno de esos robles Garry muy altos que hay en Oak Harbor. Entonces vi a Jerome dirigir su rifle hacia el pájaro y, antes de que yo pudiera reaccionar, disparó. El animalito cayó sobre la hierba como una manzana madura. Mi hermano bajó el rifle y durante un instante se quedó parado, sin saber qué hacer, luego caminó lentamente hasta donde estaba el pájaro y se arrodilló frente a él. Yo llegué unos segundos más tarde y vi que era un bonito chickadee, una bolita de plumas con parte del cuerpo de color canela, el pecho y las mejillas blancas y la cabeza de color marrón oscuro. Jerome lo tocó con la punta del dedo dos veces y me miró asustado. Entonces preguntó: “¿Por qué no se mueve?”. Yo había visto la mancha roja que tenía debajo del pequeño pico negro y le dije a mi hermano que el pájaro estaba muerto. Él lo tocó una vez más y después intentó mover sus alas. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y dijo que él no había querido matarlo. Cogió su rifle por el cañón y se levantó rápidamente. Se acercó al roble y comenzó a golpearlo con el arma mientras gritaba: “¡Yo no quería matarlo, yo no quería matarlo, yo no quería matarlo!”. Mi hermano era pequeño pero fuerte, y el rifle se rompió por la mitad. Luego, con el cañón, excavó un pequeño agujero a los pies del árbol. Cuando terminó de hacerlo recogió con cuidado el chickadee y lo enterró.
Mi hermano caminaba con rapidez hacia nuestra casa y yo apenas podía seguirlo. Le pregunté por qué iba tan deprisa y no respondió. Cuando llegamos, él subió corriendo a su habitación y yo me quedé en la entrada, sin saber qué hacer. Mi madre salió de la cocina y preguntó si ocurría algo. Yo le dije que Jerome se había enfadado. Y era cierto. Estaba enfadado con él mismo.
Unos minutos después Jerome bajó las escaleras con un cesto de plástico en las manos. Había metido dentro todas sus armas de juguete. Salió de la casa y lo seguí. Le pregunté qué iba a hacer con todo aquello pero no respondió. Él llegó hasta donde estaba el cubo de la basura, lo abrió y vació el cesto.
Hace mucho tiempo que mi hermano Jerome murió y todavía recuerdo la cara que tenía cuando cerró el cubo. Aquel día dejó de ser un niño. Él aprendió la lección rápidamente, otros no la aprenderán nunca.

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