Cuando todo va mal

“¿Es este el lugar?”, pregunta Karim. Le digo que sí. “¿Por qué es tan importante?”, pregunta después. Yo apago el motor del coche y le respondo: “Ahora vas a saberlo”.
Salimos del vehículo y cruzamos la calle. Es una calle estrecha y tranquila, casi sin tráfico. A nuestro alrededor solo hay pequeñas casas con jardines bien cuidados, y árboles que han perdido sus hojas. Frente a nosotros, un antiguo edificio de ladrillo rojo construido en 1925. Con tres plantas, un gran tejado y bonitos ventanales blancos en las fachadas laterales. Primero fue una sinagoga, después una clínica infantil comunitaria, más tarde un centro de servicios sociales y, actualmente, una escuela.
Mientras nos acercamos Karim comenta que aquí estaba la clínica donde venía con sus padres cuando él era un niño. También recuerda un día que Eunice enfermó. Era solo un bebé y él estaba muy nervioso y la trajo aquí, en lugar de llevarla al edificio donde trasladaron la clínica, dos manzanas más abajo. (Eunice es la hija de Karim y de mi amiga Janet. Tiene ocho años y es preciosa, como su madre). Le digo a Karim que yo también he venido algunas veces. Pero no le explico la razón.
Karim se está derrumbando. Esta semana Janet debía abandonar la cárcel de Mission Creek pero ha tenido una pelea con otras reclusas y ahora está en una celda de aislamiento. Van a revisar su condena por agredir a un policía y no sabemos cuánto tiempo deberá seguir en prisión. Janet no es una persona violenta. Fue el policía quien agredió a mi amiga, yo lo vi. Pero esta nueva pelea será un obstáculo para que consiga pronto la libertad. Karim no sabe cómo va a explicárselo a su hija, porque últimamente la niña piensa que él ha castigado a su mamá.
La empresa de Karim no va bien. Pronto necesitará un nuevo préstamo y sin el salario de Janet será difícil pagarlo. Y eso no es todo. Él ha luchado en el barrio para que Africatown sea una realidad, una zona cultural, turística y con servicios comunitarios dentro del CD, Central District. Pero ahora el sueño se está desvaneciendo para él. Piensa que nunca será posible, y que los afroamericanos se marcharán como se fueron los judíos hace mucho tiempo y después los residentes de origen japonés. Karim me ha confesado que quiere irse a un barrio donde los alquileres son más baratos. A Rainier Valley, donde se han ido algunos amigos suyos. Él cree que será una forma de empezar de nuevo. Yo creo que será una forma de huir. Por eso le he traído hasta aquí.
Señalo el antiguo nombre del edificio, en relieve sobre el letrero de piedra que hay en la parte superior de la fachada, y le pido que lo lea en voz alta. Karim lee: “Odessa Brown Neighborhood Health Center”. Entonces le pregunto si sabe quién fue Odessa Brown. Él responde que fue una activista que luchó por los derechos civiles, durante los años sesenta. Le pregunto si sabe algo más sobre ella. Él niega con la cabeza. Los hombres siempre olvidan los logros de las mujeres, pero no es el momento adecuado para recordárselo y le digo que voy a contarle la historia de Odessa Brown.
Ordeno en mi cabeza los datos que conozco y le explico que ella nació en un pueblo de Arkansas en 1920. Durante la Gran Depresión se trasladó a Chicago. No sé si fue allí sola o con su familia. Estudió en una escuela de belleza y consiguió el título y la licencia de esteticista. En Chicago tuvo problemas de salud y cuando fue al hospital la rechazaron. Ella les dijo que no querían curarla porque era negra y pobre, pero eso cambiaría algún día y todos serían atendidos con dignidad. En 1963 llegó a Seattle con sus cuatro hijos. Ella era una madre soltera. Buscó casa y trabajo aquí, en el CD. Era la época de las grandes luchas por los derechos civiles y en 1965 ella se convirtió en organizadora comunitaria. Al mismo tiempo trabajaba de esteticista. Comenzó a hablar a la gente sobre la necesidad de atención médica en el barrio, una atención de calidad para todos. Especialmente para los niños. Ella quería crear una clínica infantil, era su sueño. Buscó fondos en muchos lugares, públicos y privados. Después de mucho tiempo y mucho esfuerzo, un organismo del gobierno federal aceptó financiar el proyecto.   
Karim observa el edificio donde estaba la clínica. Dice que Odessa Brown fue una mujer valiente que luchó por algo que entonces parecía imposible y lo consiguió. Añade que ella es un modelo para todos nosotros.
Karim aún no sabe el final de la historia. Se lo cuento: “Odessa tenía leucemia y murió en octubre de 1969. Pocas personas sabían que estaba enferma. La clínica se abrió en 1970”.
Noto la sacudida en el cuerpo de Karim. Veo en sus ojos que se ha emocionado. Le digo que hace mucho frío en la calle y regresamos al coche.
Karim cierra la puerta suavemente y permanece callado. Nos conocemos desde que éramos jóvenes. Él sabe que ha habido demasiadas tragedias en mi vida y me ha visto deprimida muchas veces. Yo nunca lo había visto como estaba hace unos minutos, antes de venir aquí. Enciendo el motor y la calefacción comienza a lanzar aire caliente a nuestro alrededor. Le pregunto si ahora sabe por qué este lugar es tan importante. Él mira la fachada de la antigua clínica y asiente en silencio. Entonces le digo: “Cuando todo va mal, cuando siento que me falta la fuerza necesaria para continuar, pienso en Odessa Brown. Ella nunca se rindió”.

.

¿Por qué no se mueve?


Recuerdo una Navidad de hace mucho tiempo. Yo tenía once años y mi hermano Jerome tenía nueve. Santa Claus le había regalado un pequeño rifle de aire comprimido y salimos a jugar al jardín de nuestro vecino, el señor DeGraaf. Era un jardín muy grande, casi salvaje y con muchos árboles, y nosotros podíamos ir allí siempre que quisiéramos.
La mañana era fría pero la nieve que había caído días antes había desaparecido, así que mi hermano se tumbó en el suelo con su rifle y me pidió que colocara sobre una roca la lata vacía que habíamos encontrado en la cocina. Él se tomó su tiempo para apuntar, luego disparó y dio en el blanco. Se levantó de un salto y comenzó a dar gritos de alegría. Parecía que había ganado un campeonato profesional. Disparamos varias veces, por turnos, y Jerome se excitaba cada vez que hacía caer la lata. A mí no me gustaban las armas y tenía mala puntería, pero deseaba ver feliz a mi hermano.
Cuando yo regresaba de colocar de nuevo la lata apareció un pájaro volando sobre nuestras cabezas y se posó en una rama del árbol más cercano. Era uno de esos robles Garry muy altos que hay en Oak Harbor. Entonces vi a Jerome dirigir su rifle hacia el pájaro y, antes de que yo pudiera reaccionar, disparó. El animalito cayó sobre la hierba como una manzana madura. Mi hermano bajó el rifle y durante un instante se quedó parado, sin saber qué hacer, luego caminó lentamente hasta donde estaba el pájaro y se arrodilló frente a él. Yo llegué unos segundos más tarde y vi que era un bonito chickadee, una bolita de plumas con parte del cuerpo de color canela, el pecho y las mejillas blancas y la cabeza de color marrón oscuro. Jerome lo tocó con la punta del dedo dos veces y me miró asustado. Entonces preguntó: “¿Por qué no se mueve?”. Yo había visto la mancha roja que tenía debajo del pequeño pico negro y le dije a mi hermano que el pájaro estaba muerto. Él lo tocó una vez más y después intentó mover sus alas. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y dijo que él no había querido matarlo. Cogió su rifle por el cañón y se levantó rápidamente. Se acercó al roble y comenzó a golpearlo con el arma mientras gritaba: “¡Yo no quería matarlo, yo no quería matarlo, yo no quería matarlo!”. Mi hermano era pequeño pero fuerte, y el rifle se rompió por la mitad. Luego, con el cañón, excavó un pequeño agujero a los pies del árbol. Cuando terminó de hacerlo recogió con cuidado el chickadee y lo enterró.
Mi hermano caminaba con rapidez hacia nuestra casa y yo apenas podía seguirlo. Le pregunté por qué iba tan deprisa y no respondió. Cuando llegamos, él subió corriendo a su habitación y yo me quedé en la entrada, sin saber qué hacer. Mi madre salió de la cocina y preguntó si ocurría algo. Yo le dije que Jerome se había enfadado. Y era cierto. Estaba enfadado con él mismo.
Unos minutos después Jerome bajó las escaleras con un cesto de plástico en las manos. Había metido dentro todas sus armas de juguete. Salió de la casa y lo seguí. Le pregunté qué iba a hacer con todo aquello pero no respondió. Él llegó hasta donde estaba el cubo de la basura, lo abrió y vació el cesto.
Hace mucho tiempo que mi hermano Jerome murió y todavía recuerdo la cara que tenía cuando cerró el cubo. Aquel día dejó de ser un niño. Él aprendió la lección rápidamente, otros no la aprenderán nunca.

.