No sin ti


A veces pienso que las tragedias me persiguen. O que yo soy la causa de todas ellas.
Durante la última semana apenas he salido del hospital Virginia Mason. Hace ocho días, por la noche, Jake salió de un bar de la zona sur de Capitol Hill. Mientras caminaba hacia su coche dos hombres lo golpearon en la cabeza y lo llevaron hasta un callejón. Allí le dieron una terrible paliza.
Cuando los policías me interrogaron querían saber si Jake es gay. Yo supuse que lo preguntaban por la zona donde lo encontraron. Les dije que sí. Entonces uno de ellos dijo que probablemente eso había sido el motivo del ataque. Yo no quería creerlo, pero ellos me dijeron que Jake tenía dinero y tarjetas de crédito en su cartera, un buen reloj, su teléfono. No le robaron nada. Eso me convenció.
Esa primera noche, más tarde, cuando interrogué a los médicos, me dijeron que el estado de Jake era muy grave. Entonces mis piernas temblaron y mi corazón comenzó a saltar dentro de mi pecho. Pensé en lo peor.
Durante la última semana apenas he salido de esta habitación, apenas he dormido. Casi todo el tiempo he estado sentada junto a la cama de Jake. Miraba su cara desfigurada y cubierta de vendas y cogía su mano. Le hablaba. Le contaba nuestros viajes, nuestros secretos compartidos desde que teníamos diecisiete años. También le decía que pensara en Danny, en Abdul, en Rachel, los últimos niños maltratados de los que nos estamos ocupando. “Tenemos mucho trabajo en la oficina”, le decía.
Jake siempre ha estado a mi lado, siempre me ha protegido. Cuidó de mí cuando llegué a Seattle después de la muerte de mi familia, cuando murió mi novio Bobby, cuando se fue para siempre mi abuela Charlotte. Cuando yo estaba muy triste él secaba mis lágrimas y me hacía sonreír.
Mi abuela me dijo muchas veces: “No dejes que nada te destruya, calabacita”. Nunca lo he olvidado, pero durante la última semana he sentido mucho miedo. Miraba a Jake y pensaba que si él moría eso me destruiría. Porque yo no podría seguir viviendo sin él.
Ha sido una semana horrible. Pero Jake es un hombre fuerte y se está recuperando, aunque tiene algunas costillas rotas y su cabeza está llena de heridas. Hoy va a salir del hospital y ahora está en el cuarto de baño, lavándose y afeitándose. Él piensa que la paliza fue una venganza, no un ataque homofóbico. Me dijo que los hombres que lo golpearon no hablaron con él y que sabían hacer su trabajo. Él cree que alguien les pagó por hacerlo. Probablemente algún padre maltratador que está en la cárcel o que ha perdido la custodia de su hijo.
Jake sale del cuarto de baño con un rostro extraño, como si estuviera asustado. Se acerca lentamente hacia mí y dice:
—He recordado que tuve un sueño. Esta noche, o la anterior. En el sueño tú estabas en una habitación de hospital. Yo te miraba y te hablaba, pero tú no abrías los ojos. Entonces pensaba que ibas a morir. Y en ese momento sentía que yo no podría seguir viviendo sin ti.
Miro sus ojos fijamente mientras mi corazón salta dentro de mi pecho. Luego lo abrazo con toda mi fuerza y escondo mi cara en su hombro, para que no vea mis lágrimas.
Unos minutos después salimos del hospital Virginia Mason por la puerta de Seneca Street. Mientras caminamos hacia donde está mi coche Jake se apoya en mí. Está mareado y yo noto que sus piernas tiemblan. Es como aquella tarde, cuando teníamos diecisiete años. A Jake le dolía todo el cuerpo porque la noche anterior su padre le había dado una paliza. Una más. Salimos del Sunlight Cafe y él se apoyó en mí. Entonces dijo: “Somos almas gemelas, Nuseba: el chico judío apaleado y la chica negra desgraciada”.
Seguimos siendo la pareja perfecta.

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Celebración

Alrededor de la mesa del pícnic están el hermano de Janet, viejos amigos del barrio, activistas de Black Lives Matter y algunos niños de la escuela de Eunice con sus padres, amigos también.
Mi amiga Janet salió de la cárcel de Mission Creek hace algunos días. Ella ha estado dieciocho meses encerrada por agredir a un policía en la marcha de protesta contra lo que ocurrió en Ferguson. Pero Janet no es violenta. El policía le manoseó el culo y ella le golpeó en la cabeza con un paraguas. Varias veces. Yo lo vi y testifiqué en el juicio, pero mi amiga fue declarada culpable.
Su marido Karim y yo hemos organizado un pícnic de bienvenida. Una celebración para que Janet olvide rápidamente su vida en la cárcel y vuelva a ver a sus amigos. Va a ser una sorpresa, porque ella no sabe nada.
Saco el teléfono de mi bolso y me alejo del grupo. Camino unos pasos sobre el mar de hierba que nos separa del NAAM, el Northwest African American Museum, y llamo a Karim. El sol de junio se derrite sobre el parque Jimi Hendrix.
Karim me dice que él y su familia están entrando en el coche. Yo le explico que todo está listo y que han llegado todos los invitados. Excepto Jake. Es extraño, porque él siempre es puntual.
Unos pocos minutos después Karim, Janet y su preciosa hija Eunice entran andando en el parque por uno de los caminos laterales. Es el camino que está más cerca de los árboles bajo los que nosotros estamos. Puedo ver el rostro de Janet, sus ojos muy abiertos, la sonrisa en su boca. Luego ella se cubre la cara con las manos y pienso que va a llorar. Pero no lo hace. En Mission Creek mi amiga se ha hecho más fuerte. Más que antes. Yo le he preguntado varias veces sobre lo que ha vivido en la cárcel pero ella aún no quiere hablar. Solo me dijo que todos los días echaba de menos a su hija y a su marido.
Gritos de bienvenida, algunos aplausos, alguien silba. Todos rodean a Janet y la abrazan. Eunice corre hacia mí y rodea mi cuello con sus manos. Yo la levanto en mis brazos. La niña me pregunta si continuaré yendo a su casa a cenar, ahora que su madre ha regresado. Yo le digo que iré siempre que ella quiera, y llevaré el helado que tanto le gusta. Eunice me besa con fuerza en la mejilla. Luego la dejo en el suelo y la niña corre hacia donde están sus amigos de la escuela. Entonces se acerca Karim. Él me da las gracias por preparar el pícnic. Yo le digo que debe dar las gracias a todos, porque todos han colaborado trayendo bebidas, hielo y comida hecha en casa. Karim mira hacia donde está Janet con sus amigos y sonríe. Él ahora está feliz.
Yo miro hacia el mar de hierba y veo a alguien que se acerca desde el aparcamiento que está junto al museo. Camina lentamente. Es una mujer. Con el pelo negro y rizado. Obesa. El calor está agotando sus fuerzas y sus pasos son ahora más lentos. Veo su rostro.
—¡Es Roberta! —le digo a Karim. Él gira su cabeza y entonces la ve.
—La llamé por teléfono —explica—. Pensé que ella no vendría pero aquí está.
—Gracias, Karim —le digo mientras acaricio su hombro.
Hace mucho tiempo Janet, Roberta y yo éramos inseparables. Luego la vida nos separó. Porque todo cambia, todos cambiamos.
Janet ve a Roberta en el medio del parque y corre hacia ella. Yo la sigo. Camino con rapidez y entonces recuerdo que cuando teníamos veinte años Roberta era la más rápida, la más delgada, la más dura, la más feminista. Ahora es una persona diferente.
Janet y Roberta se abrazan con fuerza sobre el mar de hierba. Yo llego con los brazos extendidos pero antes de que abrace a Roberta ella me mira y dice:
—No puedo más. —Y se deja caer.
Me siento junto a mi vieja amiga y la beso en la mejilla. Janet también se sienta sobre la hierba y las tres nos miramos. Roberta baja la cabeza. Cuando la levanta vemos que las lágrimas saltan desde sus ojos como un torrente. Ella llora en silencio.
—Amo a mi marido, pero no lo soporto —dice entonces Roberta—. Amo a mis hijos, pero no los soporto. —Ella se limpia las lágrimas con el brazo y añade—: No me soporto a mí misma, esa es la verdad.
En ese momento suena mi teléfono. Lo saco del bolsillo de la falda y miro la pantalla.
—Es Jake —les digo—. Debo contestar la llamada.
Me levanto del suelo y me alejo algunos metros. Jake me dice que no puede venir. Está deprimido. Me explica que ayer rompió su relación con Russell y dice que hoy no quiere salir a la calle. Conozco bien a Jake y sé que está sufriendo, pero le digo que debe pensar en Janet, en todo lo que ella ha sufrido durante los últimos dieciocho meses. Janet necesita estar con sus amigos, necesita que él esté aquí también. Durante unos segundos Jake permanece callado y luego dice que sí, que él vendrá al pícnic.
Hoy debería ser un día alegre, pero se ha convertido en un día triste. Mientras me acerco a mis amigas pienso en una idea estúpida.
—¿Recordáis cuando éramos las Soul Sisters? —les pregunto. Ellas me miran y no saben qué decir—. ¿Por qué no volvemos a ensayar nuestras coreografías? Durante la semana.
—Ya no tenemos veinte años, Nuseba —dice Janet.
Roberta abre sus brazos, me mira y pregunta:
—¿No has visto este cuerpo monstruoso? Yo no puedo bailar. Me agotaría en un minuto.
—Por eso vamos a hacerlo —dice entonces Janet—. Debes hacer ejercicio, Roberta. Y necesitas tiempo para ti misma, no solo para tu familia. Vendrás a Seattle todas las semanas.
Roberta nos mira como si ella no creyera que nuestra propuesta es real. Janet y yo la miramos fijamente y esperamos su respuesta.
—De acuerdo. Vosotras ganáis.
Entonces Janet grita:
—¡Tiembla, Seattle, las Soul Sisters están de nuevo en la ciudad!
Las tres nos abrazamos con fuerza. Después Roberta señala a Janet con el dedo índice, como si tuviera un arma en la mano.
—Conozco esa mirada, Janet. Si empiezas a cantar ahora te mato —dice, y luego sonríe.
Es la Roberta de siempre. Ella, como Janet, también ha regresado. Yo no sé qué ocurrirá mañana, pero hoy es un día de doble celebración.


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Buscando a Rebecca

Camino entre tumbas buscando un monumento de piedra. Sé que es como una columna o como un pequeño obelisco. Aquí hay muchos. Estoy en el cementerio Lake View, en lo alto de Capitol Hill. Es el primer gran cementerio de Seattle, construido en 1872 por los fundadores de la ciudad. No hay nadie a mi alrededor y el silencio es inquietante, pero la mañana es hermosa y el sol brilla en las copas de los árboles.
Me detengo unos segundos y miro el mapa que me han dado en la oficina de la entrada. Calculo mi posición, compruebo que no me he perdido y entonces sigo hacia adelante por el sendero. Continúo buscando a Rebecca.
Yo no soy historiadora, pero me gusta sumergirme en el pasado, conocer las vidas de otras personas que vivieron en Seattle antes que yo. Algunas hicieron cosas importantes. Otras, cosas horribles. Casi todas han sido olvidadas y no están en los libros de historia. Sobre todo, las mujeres.
Hace algunos días leí sobre la familia Grose en uno de los libros que heredé de mi abuela Charlotte. Entonces recordé que alguien, quizá mi amiga Janet, me habló sobre los Grose hace muchos años. Yo también los había olvidado.
William Grose fue un pionero, uno de los primeros habitantes de la ciudad. Él llegó a Seattle alrededor de 1860. Tenía entonces unos veinticuatro años. Él comenzó trabajando de cocinero en un pequeño restaurante en los muelles y llegó a ser un rico propietario y hombre de negocios. También fue una persona respetada y con influencia en la comunidad. Sin él y su familia el barrio históricamente negro de Seattle, Central District, habría sido diferente.
En el libro leí que poco tiempo después de la llegada de William su familia se reunió con él. Eran Sarah, su esposa, y sus hijos Rebecca y George. ¿Cuándo llegaron ellos exactamente? ¿Desde dónde? ¿Qué pensaron cuando vieron Seattle por primera vez? En 1860 la ciudad era un pueblo fronterizo con ciento ochenta y dos habitantes que crecía mirando a la bahía de Elliott y al mar que entraba por Puget Sound. Cada día llegaban marineros, colonos, leñadores, mineros, buscadores de oro... Muchos se marchaban, pero otros se quedaban. Como los Grose.
Yo recuerdo la primera vez que vi realmente la ciudad. Nací en Seattle, pero viví mi infancia en Oak Harbor, una pequeña ciudad que está al norte, en Whidbey Island. Cuando yo tenía tres o cuatro años vine con mis padres y mi hermano a visitar a mi abuela Charlotte. Subimos a la Space Needle y desde lo alto de la torre pude ver Seattle como nunca la había visto. Me pareció una ciudad sin fin.
Para Rebecca fue diferente, la ciudad estaba naciendo. ¿Cuántos años tenía ella cuando llegó? ¿Cómo fue su vida después? Yo tenía mucha curiosidad y comencé a buscar en la red información sobre ella y su familia. Al principio encontré muchos datos sobre su padre, pero ninguno sobre los demás. Hasta que descubrí el censo federal de 1880. William, Rebecca y George nacieron en Washington, D.C., y Sarah, la madre, en algún lugar del estado de Massachusetts. En el registro estaba escrito que Rebecca nació en 1864, pero la fecha de nacimiento de su padre estaba equivocada. Yo tenía dudas. Y 1864 no era “poco tiempo después” de 1860, cuando William llegó a Seattle.
Continué buscando y encontré la noticia sobre la muerte de su hermano en el archivo digital del periódico The Seattle Republican. También estaba su fotografía. George H. Grose murió en 1904 y fue un ciudadano muy activo en la comunidad. Pero en el periódico no estaba su edad. Entonces recordé una base de datos para buscar tumbas y lo busqué en el cementerio Lake View. Allí estaba George. Murió cuando tenía treinta y cuatro años, y está enterrado con su primera esposa, Lovina. Después busqué a sus padres. También están en Lake View, enterrados en la misma tumba. Finalmente, y muy nerviosa, busqué a Rebecca. Ella no apareció en los resultados de la búsqueda. Entonces pensé que, probablemente, Rebecca se casó, y que yo debía encontrar información sobre su matrimonio y el apellido de su marido. Después comprobé en la base de datos todas las fechas de nacimiento de los miembros de su familia. Vi las fotografías de las lápidas de sus tumbas. Las fechas no eran las mismas que en el censo federal de 1880, y yo supuse que Rebecca nació después de 1864.
Durante los siguientes días leí con atención todos los documentos que había encontrado sobre su padre. Yo esperaba encontrar alguna pista. Leí que varios historiadores afirman que en 1876 William Grose abrió su propio restaurante muy cerca de la actual Pioneer Square. Lo llamó Our House. Pero también leí lo que escribió Robert Moran, otro pionero como Grose. Él llegó en un barco de vapor al muelle de Yesler el 17 de noviembre de 1875. Olió la comida del Our House y entró en el local. Pero solo tenía diez centavos. Grose le dio el desayuno y le dijo que le daría la comida a crédito hasta que consiguiera un trabajo. También le dijo dónde podía buscarlo. Moran escribió que, en el restaurante, Grose cocinaba y Sarah lavaba los platos. Ese dato significaba que en 1875 ella ya estaba en Seattle. Su hijo George nació en 1870 en Washington, D.C., yo sabía que Rebecca nació antes, y todo eso significaba que entre 1870 y 1875 Sarah y sus hijos habían viajado desde la capital del país, en la Costa Este, hasta Seattle, en la Costa Oeste. Era un viaje de semanas. Y los niños eran pequeños. ¿Cómo lo hicieron? ¿Viajaron en una caravana de colonos? Después pensé en otras opciones, y me pregunté si Sarah viajaba desde Seattle a la capital cuando estaba embarazada o si William viajaba a la capital para visitar a sus padres y a Sarah. Si fue así, al menos él viajó dos veces: Rebecca y George.
Grose añadió una barbería a su restaurante algunos años después. Y en 1883 construyó un hotel de tres pisos, el segundo hotel más grande de la ciudad. También lo llamó Our House. En aquellos años vivían en Seattle más de cuatro mil personas, y William Grose era un hombre bien conocido, amable y generoso. Era amigo de trabajadores y también de ricos propietarios. Un año antes, en 1882, él compró a Henry Yesler doce acres de tierra al sur de Madison Este. Le pagó mil dólares en oro, una pequeña fortuna. Allí construyó el rancho de los Grose.
Uno de los documentos que yo había encontrado sobre William era el manuscrito de Hazel Dixon. Ella lo escribió en 1937. Lo había leído días antes, rápidamente, y volví a leer la introducción. Encontré esta frase: “Hazel fue la esposa de William Dixon, el nieto de William Grose”. ¡Era la pista que yo estaba buscando! William tenía que ser un hijo de Rebecca, y ella se casó con un hombre apellidado Dixon.
Busqué a Rebecca Dixon en la red y solo encontré que fue miembro de un círculo social femenino. Nada más. En aquel momento de la noche yo estaba cansada y tenía demasiados datos en mi cabeza. Olvidé que podía buscar a Rebecca en la base de datos de tumbas.
Por la mañana, en la oficina, hablé con Jake sobre mi pequeña investigación. Él es abogado y me dijo que yo podía buscar documentos legales sobre personas en los archivos digitales del estado de Washington. Lo hice varias horas después, en casa.
Después de la cena encendí mi ordenador y busqué el registro del matrimonio de Rebecca. Ningún resultado. Entonces recordé que mucha gente llamaba Gross a su padre, no Grose. Pensé que era posible que en aquellos viejos documentos quizá fuera ese el apellido. Así que lo cambié y busqué a Rebecca Gross. ¡Allí estaba! Me sentí muy feliz.
Leí que Rebecca se casó el 11 de junio de 1883 con Robert L. Dixon. Ella tenía quince años, casi dieciséis. Y Robert tenía unos treinta y ocho. En aquella época él era casi un viejo y yo pensé que Rebecca no se casó enamorada.
Comencé a buscar información sobre su marido y descubrí que él llegó a Seattle desde Virginia en 1865 y abrió una barbería. Fue amigo de William Grose y, más tarde, socio de su hijo George en un negocio creado para buscar oro en Alaska. También encontré una noticia de 1903 en el periódico The Seattle Republican que me emocionó. Era sobre una fiesta en la casa de George Grose y su segunda esposa, Aurora Jones. Entre los invitados estaban Robert Dixon y “la señorita Carrie Dixon”. ¡Carrie tenía que ser la hija de Rebecca! Me pregunté dónde estaba su madre ese día.
Esa noche, más tarde, busqué el registro del fallecimiento de Rebecca. Lo encontré, y después de leerlo me sentí muy triste. Entonces apagué el ordenador y me fui a la cama.
En 1889 Rebecca fue una de las fundadoras de aquel círculo social de Seattle. Estaba formado por mujeres de clase media que tenían reuniones semanalmente y organizaban eventos musicales, literarios y de entretenimiento para su comunidad.
Y entonces ocurrió un hecho que cambió la historia de la ciudad: el Gran Incendio de Seattle. Sucedió el 6 de junio de 1889. Comenzó en un taller de carpintería, en la esquina de First Avenue con Madison, y luego las llamas se extendieron hacia el sur por las calles principales, por los muelles. La ciudad ardió durante más de doce horas, hasta la madrugada, y el fuego destruyó veinticinco manzanas. En Seattle vivían entonces más de treinta y tres mil personas. Todas salvaron sus vidas, excepto un chico.
Mientras veía algunas fotografías de la ciudad destruida recordé que Hazel Dixon escribió sobre el incendio. Volví a leer su manuscrito. Ella escribió que una mujer, la señora Oxindine, estaba viendo el fuego con la madre de Carrie y de Will. Era Rebecca. Ellas vieron que el viento cambió y saltaron chispas que provocaron más incendios. Algunos edificios estallaban envueltos en llamas. Ellas sabían que el negocio de Robert estaba en el camino del fuego, así que fueron hacia allí. En el camino vieron a muchas personas que arrastraban sus pertenencias, y otras lanzaban la ropa y las sábanas por las ventanas.
Robert Dixon perdió su negocio. Y William Grose perdió su hotel, el Our House. Los dos tuvieron que comenzar de nuevo.
En la mañana del 7 de junio de 1889, pocas horas después del incendio, el alcalde Robert Moran comenzó a dirigir la reconstrucción de la ciudad. Era el mismo Robert Moran que llegó a Seattle con diez centavos en el bolsillo, entró en el restaurante de William Grose y le pidió un desayuno. Catorce años antes.
Pero Rebecca no pudo ver el renacimiento de Seattle. Siete meses después, en enero de 1890, Rebecca murió. Ella tenía veintidós años. En el registro de su fallecimiento leí la causa de su muerte: aborto espontáneo. Nadie pudo detener la hemorragia.
En el manuscrito de Hazel Dixon también descubrí que Rebecca tuvo otro hijo, Alfred. Él fue el primero. Me pareció increíble cuánta información había encontrado en el manuscrito. Pero estaba oculta, porque Hazel no escribió el nombre de Rebecca en ningún lado. Era algo extraño.
Después del incendio los padres de Rebecca se fueron a vivir al rancho de Madison Este. Y él comenzó a vender parcelas de sus tierras a afroamericanos de clase media, propietarios de pequeños negocios, que querían construir allí las casas para sus familias. Junto al hogar de los Grose fue creciendo el segundo núcleo de población negra de la ciudad. El primero estaba al sur, alrededor de Jackson Street, y era de clase trabajadora. Entre los dos núcleos creció el actual Central District, y se forjó la comunidad afroamericana de Seattle.
“No ha sido fácil encontrarte, Rebecca”, pienso cuando me detengo frente a la pequeña columna de piedra. Luego miro con atención su nombre grabado y las fechas que enmarcaron su vida. Son las fechas que yo sabía. Entonces veo la lápida de su tumba en el suelo, entre la hierba. Ella está con Robert. Su marido vivió treinta y un años más.
Hace algunos días Rebecca era una desconocida para mí. Ahora no lo es. Pienso en todo lo que sé sobre ella, y en todo lo que nunca llegaré a saber. Luego coloco un pequeño ramo de flores blancas a los pies del monumento y miro hacia el cielo. La mañana es hermosa, y el sol brilla en las copas de los árboles.
 

Rebecca Grose Dixon fue la primera niña negra que vivió en Seattle. Y yo supongo que también fue la única, durante algún tiempo. Ella tuvo tres hijos, murió cuando era una joven y después fue olvidada por la historia.
Alguien debería contarlo. Alguien debería escribirlo.

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Golden Gardens

Me enamoré en Golden Gardens, hace mucho tiempo. Yo tenía diecisiete y estaba llena de furia. Richard tenía dieciocho y era un chico sencillo que vivía en Ballard. Demasiado sencillo para soportar toda mi furia.
Golden Gardens es un parque público que está en la costa, al oeste de Ravenna, mi barrio. En el parque hay dos pequeñas playas desde las que puedes contemplar la bahía y Puget Sound, el estrecho por donde el mar llega hasta Seattle. En el otro lado, las montañas Olympic, con sus cimas nevadas elevándose sobre el horizonte de Bainbridge Island. Golden Gardens es un hermoso lugar para recordar. Aunque mis recuerdos no son siempre hermosos.
En primavera vengo a pasear algunas veces a las playas de Golden Gardens. También en otoño. En invierno hace bastante frío y no es una buena idea, aunque una vez estuve aquí con Janet y Roberta. Hicimos un pícnic y casi nos congelamos. Entonces éramos jóvenes y estábamos locas. O quizá solo éramos jóvenes.
Llegué a Seattle al final de 1996 para vivir con mi abuela Charlotte. Tenía dieciséis años. Yo había perdido a mi familia y mi mundo había desaparecido. Solo tenía el recuerdo de mi infancia en Oak Harbor y a mi abuela. En aquellos primeros meses yo quería borrar de mi mente los cuatro años que había vivido en California, en la base de Camp Pendleton. Pero era algo que no podía olvidar y estaba furiosa. Culpaba al ejército por no llegar a tiempo antes de que la casa se quemara, por no salvar a mi familia.
En los primeros días de febrero de 1997, una semana después de mi cumpleaños, conocí a Jake. Los dos íbamos a la Roosevelt High School. Es la escuela en la que trabajó mi abuela durante muchos años, en las oficinas y en la biblioteca. Aquella tarde yo tenía un ataque de furia y había comenzado una pelea contra dos chicos después de las clases. Jake apareció de pronto, empujó a uno de los chicos, cogió mi brazo y me llevó fuera de allí. Caminamos por el barrio durante media hora, en silencio. Me gustó que no hiciera preguntas. Luego le dije que estábamos lejos de la casa de mi abuela y regresamos hacia la escuela Roosevelt. Cuando llegamos a casa se despidió y dijo mi nombre. Él ya lo sabía. Yo le pregunté cuál era el suyo y dijo: “Jacob. Pero tú puedes llamarme Jake”. Desde entonces él se convirtió en mi ángel protector.
En aquella época Jake decía que yo era como un interruptor. Cuando estaba encendida rompía cosas, peleaba con la gente, la furia me dominaba y era una salvaje. Cuando estaba apagada no hablaba con nadie, me encerraba en mi habitación y lloraba. Algunos días no comía, y tampoco iba a la escuela. A veces era una chica normal.
Cuando comenzó el verano de 1997 Jake me preguntó si las chicas negras tomamos baños de sol. Yo le dije que sí, y que también nos bronceamos. Un poco. Entonces él dijo que el siguiente fin de semana iríamos a la playa. A Golden Gardens.
Me gustó el bosque que separa el barrio de Ballard de la costa, las playas escondidas a los pies del bosque, la antigua casa de baños de ladrillo rojo, construida en la década de 1930, el camino junto al mar hasta el embarcadero de Eddie Vine.
Cuando veníamos a la playa yo miraba a los chicos. Jake también. Las primeras veces que estuvimos aquí me sentía rara porque no había otros afroamericanos, y yo me preguntaba si en Seattle no tenían la costumbre de tomar el sol. Y un día llegó Richard. Su piel era más negra que la mía y era muy muy guapo. Él estaba con dos chicos blancos, pasaron junto a nosotros y entonces él me miró. Sus ojos brillaron como dos faros. Varios minutos después Jake se fue a nadar y Richard se sentó cerca de mí. Charlamos y luego me pidió mi número de teléfono.
Solo nos veíamos en Golden Gardens. Al principio yo no sabía cómo comportarme y hablaba poco. Pero un día me encendí. De otra manera. Estábamos en Meadow Point, donde se unen las dos playas. Yo cogí la mano de Richard y empecé a correr. Nos escondimos en un pequeño bosque que hay entre el pantano y las vías del ferrocarril. Yo temía que alguien pudiera vernos desde algún lado, pero luego lo olvidé. Me convertí en una salvaje.
Richard y yo estuvimos más veces en aquel bosque. Me gustaba sentir el calor de su piel, la fuerza de sus brazos, el peso de su cuerpo. Cuando pasaba el tren nosotros vibrábamos con el temblor de la tierra. Todo era maravilloso. Hasta que un día comprendí que yo no quería a Richard. Solo lo necesitaba para volver a sentir el amor de mi familia, para escapar del dolor. Y entonces regresó la furia.
Richard no comprendía nada y yo no podía hablar sobre lo que había ocurrido en Camp Pendleton. Las palabras no salían de mi boca. Un día él dijo que yo estaba loca y le golpeé en la cara. Fue el final.
Aquel verano Jake y yo no volvimos a Golden Gardens. Me apagué durante muchos días. Muchos.
Recuerdo un sábado por la tarde, en casa, con mi abuela Charlotte y su amiga Geraldine. Yo estaba tumbada en el sofá, con un libro en mis manos. Lo miraba pero no podía leer una sola página. Mi abuela fue a la cocina y entonces Geraldine se sentó junto a mí. Me dijo: “Debes dejar de sentirte culpable por seguir viva. Aquella noche tú no estabas en la casa, y no podías saber lo que iba a ocurrir”. Yo nunca se lo había dicho a nadie, pero era la verdad. Geraldine siempre ha sido muy inteligente. Luego me dijo: “En el incendio tu abuela perdió a su hijo y a su nieto, también a tu madre. Ella te necesita como tú la necesitas a ella”. Entonces tiré el libro y la abracé con toda mi fuerza.
En otoño de aquel año Jake me llevó a una marcha de protesta. Fue mi primera vez y solo recuerdo algunos fragmentos: yo gritando, empujones, yo gritando, el hocico de un caballo de la policía cerca de mi cara, yo gritando, un chico en el suelo con sangre en la cabeza, empujones, yo corriendo, Jake abrazándome en la acera y diciendo que me calmara, yo gritando, furiosa. Más tarde, sentados en una mesa del Sunlight Cafe, Jake me dijo: “Si quieres cambiar el mundo, antes deberás cambiarte a ti misma”. Nunca he olvidado esas palabras.
Hace tres años volví a ver a Richard en Golden Gardens. Yo regresaba al aparcamiento y él salía de su coche con una mujer y un niño de unos diez años. Nos miramos a los ojos y él no me reconoció. Me sentí feliz.
Continúo viniendo a Golden Gardens porque me recuerda que pude cambiar. No fue fácil, pero todos podemos.
 

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Tradición


Para Jake y para mí venir al Grand Illusion Cinema es una tradición.
Caminamos junto al muro bajo pintado con dibujos psicodélicos y llegamos a la verja de la entrada. Desde la calle no parece un cine, parece una casa familiar. Una casa extravagante y un poco “hippie”. Mientras subimos los escalones de cemento le digo a Russell que la primera vez que vine aquí era mi cumpleaños. Yo cumplía dieciocho y Jake me invitó. Fue su regalo. Desde entonces venimos siempre que tenemos algo que celebrar. O, simplemente, cuando queremos ver una buena película.
Esta vez también es una invitación de Jake. Quiere celebrar que él y Russell son novios desde hace tres meses. Yo le dije que era mejor que los dos fueran a cenar marisco a un restaurante, pero él insistió en que yo debía venir al cine con ellos. No dije que no.
Mientras Jake compra las entradas Russell comenta que no viene al Grand Illusion desde que estudiaba en la universidad. En aquellos años venía todas las semanas. A veces varios días por semana. Luego dice que todo está como él recordaba, aunque ahora el vestíbulo le parece más pequeño. Yo le explico que el café cambió hace unos meses. Quitaron los sofás y las mesas que había antes, los encargados son diferentes y la especialidad del local es la comida venezolana. Ya no es el Star Life on the Oasis, ahora se llama Arepa. A mí me gustaba mucho el Star Life. Era muy tranquilo, como un auténtico oasis.
Saludo al chico que está detrás del pequeño mostrador donde venden las entradas y le pido palomitas para los tres. Él sonríe y comienza a echar maíz en la máquina. Todas las personas que trabajan aquí son muy amables. Y son voluntarios, no tienen un sueldo. Porque el Grand Illusion no es un negocio, es la locura fantástica de un puñado de amantes del cine.
Dos chicos y una chica salen charlando del café y bajan los cinco escalones que hay hasta el vestíbulo. Es posible que sean estudiantes universitarios, aquí vienen muchos. Los tres pasan junto a nosotros y entran en la sala de proyección. Russell está en lo cierto cuando dice que el vestíbulo es pequeño. Pero siempre lo ha sido. En realidad es un pasillo con ventanales que une la antigua casa de madera donde está el café, que es como una granja, con el edificio donde está el cine, que es como una gran caja de zapatos. Hace tiempo Jake me dijo que antes fue el consultorio de un dentista. Yo no sé si eso es cierto, pero la puerta de la sala es como la puerta exterior de una casa. La parte superior tiene forma de arco y alrededor hay bloques de cristal grueso que dejan pasar la luz del interior. Es extraño ver una puerta como esa en el vestíbulo de un cine, pero es bonita. Y tiene cerradura. El Grand Illusion está lleno de sorpresas.
Cuando entramos en la sala veo que apenas hay gente: los tres jóvenes del café, un hombre y una mujer con sus manos entrelazadas y un hombre solo que lee un libro. Entonces pienso: “Quizá la película no es buena, o quizá no es un buen día para ver cine francés”. Espero estar equivocada.
Jake señala una fila vacía a la izquierda del pasillo y nos dirigimos hacia ella. En el Grand Illusion hay unas setenta butacas, y parecen antiguas. Probablemente estuvieron antes en un cine que cerró sus puertas hace muchas décadas. La tela de los asientos es gruesa y con flores negras sobre un fondo rojo, como la tela de los sofás que gustan a las abuelas. Todo tiene un estilo antiguo, y eso me encanta. El problema son las paredes del edificio. Son delgadas y a veces se oye el rumor de los coches atravesando University Way. Nada es perfecto.
A las nueve en punto las lámparas de la sala se apagan, la luz del proyector fluye sobre nuestras cabezas y en la pantalla comienza la película. Leo el primer rótulo: “Normandía, 1956”.
Cuando faltan menos de veinte minutos para que la película termine el proyector se apaga. No suele ocurrir. Unos pocos segundos después las luces se encienden y Jake mira hacia la cabina donde están los equipos de proyección. Dice que espera que la lámpara del proyector no haya decidido suicidarse. Russell comenta que esas lámparas tardan unos segundos en fundirse, no se apagan de pronto.
Alguien sale de la cabina y desaparece tras la puerta del vestíbulo. Luego regresa con el chico que estaba en el mostrador. El problema parece serio. Dos o tres minutos después el chico de las entradas nos dice que pronto continuará la proyección y se disculpa.
Mientras esperamos yo hago un resumen mental de la película. No es muy positivo. Los paisajes son hermosos y están bien fotografiados, pero hay demasiadas imágenes descriptivas, los personajes hablan poco y realmente no sucede nada. No sé hacia dónde va la historia. Yo intuyo que al final va a ocurrir algo dramático, aunque no imagino qué será.
El chico vuelve a salir de la cabina, baja por el pasillo de la sala y se sitúa junto a la pantalla. Dice que lo siente mucho, se disculpa de nuevo y explica que ellos necesitan un poco de tiempo para reparar el proyector. Podemos esperar en la sala o en el café, como nosotros queramos, y si alguien decide irse le devolverán el dinero de la entrada. Yo noto que el chico está nervioso y que es una situación embarazosa para él. Antes de regresar a la cabina se disculpa una vez más.
“¿Queréis un café?”, pregunto a Jake y a Russell. Los dos asienten con la cabeza y entonces nos levantamos de las butacas. Somos los únicos, los demás continúan en sus asientos.
El vestíbulo del cine está vacío y la puerta pintada de rojo que da al exterior está abierta. Al pasar junto a ella el aire frío de la noche me envuelve. Necesito ese café. Subimos los cinco escalones y entramos en el Arepa. También está vacío. Elegimos la mesa que está al lado de la antigua chimenea de la casa. Hace tiempo que no la veo encendida, pero es mi lugar favorito. Nos sentamos y en ese momento una camarera muy joven aparece detrás del mostrador y nos pregunta qué queremos tomar. Café para Jake y para mí, té para Russell.
A través de la puerta abierta del local puedo ver el vestíbulo del cine. Descubro que los otros espectadores están saliendo de la sala. Los tres jóvenes caminan hacia nosotros, mientras que la pareja y el hombre solitario conversan con el chico de las entradas. Yo supongo que van a marcharse.
El café está delicioso y lo bebo lentamente. Jake y Russell hablan sobre la reserva del hotel para el fin de semana. Quieren ir a Port Townsend, pero aún no tienen habitación. Parece que Jake le dijo a Russell que telefoneara al hotel pero él pensó que era Jake quien iba a llamar. Durante un instante pienso en sacar mi teléfono del bolso y hacer una llamada al lugar donde Jake y yo nos alojamos siempre, pero luego rechazo la idea. Es su viaje, ellos tienen que decidir dónde quieren dormir.
Los tres jóvenes están sentados junto a nosotros y parece que están disgustados. Uno de los chicos dice que van a llegar tarde a una fiesta. Él quiere irse. La chica les dice que ellos pueden marcharse si quieren y luego añade que ella va a quedarse a ver la película. El otro chico acerca su rostro al de la joven y le habla con dulzura, como si fuera su novio. Le dice que pueden venir otro día y ver la película completa. Ella niega con la cabeza y asegura que mañana cambia el programa del cine. Yo sé que es cierto.
“No sé por qué quieres ver el final”, le dice a la joven el chico que quiere irse. Y añade: “Es una película aburrida. Hasta ahora no ha sucedido nada y el final será lo mismo”. Ella no está de acuerdo: “Si no la ves completa no puedes juzgarla. El final es lo que da sentido a todo. Cuando la historia acaba puedes comprenderla, pero no antes”. El chico no parece muy convencido. Su amigo le pide que espere cinco minutos, entonces él asiente con la cabeza y bebe un trago de su botella de agua.
Cinco minutos después nada ha cambiado. Seguimos esperando y nuestras tazas están vacías. Jake está hablando sobre un fin de semana que fuimos a Port Townsend y dormimos en el albergue de Fort Worden. Rápidamente, le tapo la boca con mi mano. Porque sé que él dirá que compartimos la habitación y que yo roncaba como un alce. Es algo que me ocurre a veces, cuando tengo un maldito resfriado.
“Me voy a la fiesta de Mark. ¿Venís conmigo?”, pregunta el chico a sus compañeros. La chica no dice nada. Su novio, o casi novio, le dice que es mejor ir ahora a la fiesta en el coche. Si se quedan tendrán que buscar un taxi más tarde. Ella le pide que vaya a la cabina y que pregunte cuánto tiempo más tendrán que esperar. Yo también quiero saberlo. Cuando el chico regresa dice: “Dos minutos o veinte. Ellos no saben cuánto tiempo necesitarán”. Miro discretamente a la chica. Ella está enfadada y dice: “Vosotros ganáis. Pero la próxima vez vengo sola”. En ese momento Russell gira su silla hacia ella y le pregunta: “¿Quieres que te cuente el final de la película?”. Yo no esperaba algo como eso y miro a Russell con interés. La chica piensa su respuesta y dice: “Sí”. Russell mira a los chicos, les dice que será rápido y comienza a contar la película desde el momento exacto en que el proyector se apagó. Su precisión me sorprende.
Varios minutos después los jóvenes miran a Russell como si estuvieran hipnotizados. Jake y yo también. Russell no solo explica lo que hacen los personajes, también recita los diálogos con diferentes voces y describe los encuadres y los movimientos de la cámara. Es un auténtico espectáculo. La historia ha dado un giro sorprendente y cuando Russell cuenta el final los chicos sonríen con satisfacción y la chica aplaude. Yo casi hago lo mismo.
Los jóvenes dan las gracias a Russell, se despiden de nosotros y salen del café. Entonces Jake mira a su novio de una manera que conozco muy bien. Algo no le ha gustado.
—¿Por qué no dijiste que habías visto la película? —pregunta Jake. Russell sonríe y levanta los hombros, como si no conociera la respuesta.
—No quería estropear tu celebración —dice después.
—No es “mi” celebración —dice Jake, enojado—, es “nuestra” celebración.
—Sí, eso quería decir —se excusa Russell.
—Pero no es lo que has dicho.
Jake mira fijamente a los ojos de su novio. Él baja un instante la cabeza.
—Voy a pagar los cafés, ¿queréis algo más? —pregunto para desviar el rumbo de la conversación. Ellos niegan con la cabeza. Entonces me levanto de la silla y camino hasta el mostrador. Cuando regreso veo al chico de las entradas en la puerta. Dice que la proyección va a continuar y luego desaparece.
—¡Vamos, chicos! —les digo.
—¿Realmente quieres ver el final de la película? —me pregunta Russell, incómodo. Luego añade—: Lo he contado hace unos minutos.
—Es un final fantástico —le digo—. Por supuesto que quiero verlo.
—Y yo también —dice Jake al mismo tiempo que se levanta de la silla.
Siempre que entro en un cine vacío tengo la sensación de que me pertenece. Es mi cine y van a proyectar la película solo para mí. Esta vez es lo mismo. Me siento en una fila diferente y Jake llega después con Russell. Espero que ellos no hayan continuado su discusión. De nuevo, el proyector se enciende y las luces se apagan. Al fin podemos ver la película.
Cuando termina siento una gran decepción. Y estoy desconcertada.
—Tú no habías visto la película —le digo a Russell. Él niega con la cabeza—. ¿Por qué nos has mentido? —le pregunto. Jake también espera la respuesta.
—No os he mentido, he inventado un nuevo final.
—¿Por qué? —pregunta Jake.
—La chica iba a estar enfadada toda la noche —afirma Russell—. Ella no iba a disfrutar en la fiesta y quizá sus amigos tampoco.
—¿Por qué no lo has dicho antes? Hemos discutido por nada —dice Jake.
—Todos estabais entusiasmados con mi versión de la película y yo no quería estropear ese momento. Después todo se ha complicado.
—Tú lo has complicado —dice Jake, y nos levantamos de las butacas.
Cuando salimos al vestíbulo vacío le digo a Russell:
—Antes ha sido fabuloso. Mientras nos contabas la película yo podía imaginarla perfectamente. Y tu nuevo final era emocionante, no como el que hemos visto.
—Gracias, Nuseba —dice él sonriendo.
—Russell se graduó en administración de negocios para satisfacer los deseos de su padre —comenta Jake, más tranquilo—, pero después estudió en el Seattle Film Institute. Durante casi diez años trabajó en producciones de cine independiente y también escribió algunos guiones para series de televisión.
Entonces lo entiendo. Russell es un profesional. Por eso nos ha hipnotizado a todos antes.
—Pero ahora tienes una tienda de antigüedades —le digo a Russell mientras salimos al exterior—. ¿Por qué abandonaste las películas y los guiones?
—La tienda es de mi familia. Hace dos años mi padre enfermó y yo tuve que dirigir el negocio. Él ahora está retirado, por su enfermedad.
—¿No has pensado en vender la tienda? ¿O en contratar a empleados? —le pregunto. Y añado—: Tu lugar está en el mundo del cine.
Russell sonríe un poco y antes de que responda oímos al chico de las entradas. Nos desea buenas noches. Nos despedimos de él y luego el joven cierra la puerta del Grand Illusion. Nosotros permanecemos en la plataforma de madera que hay antes de la escalera, iluminados por las luces del cine.
—Mi bisabuelo abrió la tienda en la década de 1930, durante la Gran Depresión —explica Russell—. Entonces el local estaba cerca de Pioneer Square y él comenzó vendiendo los muebles de su propia casa. Algunos los había mandado traer desde Europa. Años más tarde mi abuelo se encargó de la tienda, y después fue el turno de mi padre. El hijo mayor siempre ha dirigido el negocio. Es la tradición familiar.
Empiezo a comprender la situación de Russell. Y me parece triste que haya abandonado su profesión.
—Tienes talento, Russell —le digo—. Y tu pasión son las películas, no las antigüedades. ¿Por qué no buscas a alguien que se ocupe de la tienda?
—No va a hacerlo —dice Jake y su voz suena como un golpe.
Russell baja la cabeza y mete sus manos en los bolsillos del pantalón. Coloca un pie en el primer peldaño de la escalera. Quiere irse.
—No lo entendéis. Hay cosas que yo no puedo cambiar —dice mirando hacia el suelo.
—No quieres cambiarlas —dice Jake—. Esa es la verdad.
Russell no dice nada. Creo que él se siente atrapado y no sabe cómo salir de su situación. Entonces pienso en que es el novio de Jake. Quiero preguntarle algo, pero no sé cómo hacerlo.
—Tú no tienes hijos. ¿Qué ocurrirá con la tienda en el futuro?
Russell levanta la cabeza y me mira. Yo intuyo que tiene una respuesta.
—Todo está previsto. Algún día el hijo mayor de mi hermano se ocupará del negocio.
Russell se gira y comienza a bajar la escalera. Entonces miro a Jake y él me devuelve una mirada llena de cansancio. Acaricio su hombro y luego él sigue a Russell. Miro sus espaldas mientras bajan a la calle. Pienso en que Jake y yo llevamos dieciocho años viniendo al Grand Illusion. En cumpleaños, en celebraciones, cuando hay películas interesantes. Para nosotros es una tradición. Para Russell la tradición es algo muy diferente.

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