Fanáticos

Los agentes entran en la sala con el acusado y todas las miradas se dirigen hacia el “monstruo”.
Estoy en la Corte Superior del Condado de Snohomish, en Everett. He venido con Jake. Él no tiene relación con este caso, pero quiere ver de cerca a John DiMarco. Quiere escuchar sus palabras, saber cómo es.
Dentro de dos días comenzará el juicio contra su esposa. Hoy ella no está en la sala.
John y Linda DiMarco están acusados por varios delitos. Ellos llegaron hace dos años a la pequeña ciudad de Snohomish y se establecieron en una granja de las afueras. Las personas que los conocen dicen que son buenos vecinos y que van a la iglesia todos los domingos. También dicen que él fue profesor en una escuela cristiana de Tennessee.
Los DiMarco tienen tres hijos. Tres chicos de nueve, once y doce años. Ellos son las víctimas.
DiMarco responde al fiscal. Dice que ama a sus hijos y que siempre ha querido que sean buenos cristianos. Los ha educado para que sean hombres fuertes, capaces de “enfrentarse al mal en todas sus formas”. Él utiliza citas de la Biblia en sus respuestas.
Pero el fiscal explica los hechos: John y su esposa encerraban a los niños en armarios por la noche, no los alimentaban durante varios días, les daban descargas eléctricas.
Los niños nunca dijeron a nadie lo que ocurría en su hogar. Hasta que un día uno de los chicos se desmayó en la escuela y lo llevaron al hospital.
Escucho durante casi dos horas a John DiMarco y observo sus gestos. Parece una persona normal. Cuando termina la audiencia no pienso que es un monstruo. Tampoco un loco, ni un malvado. Es un fanático. Con ideas religiosas extremas. Como el hombre que hace diez días mató a tres personas en una clínica de planificación familiar de Colorado Springs. Como la pareja que hace cinco días asesinó a catorce personas en un centro para discapacitados de San Bernardino. Como otros en otros lugares. París, hace veinticuatro días.
Cuando salimos a la calle Jake no dice nada. Su rostro parece de piedra. Le digo que quiero ver el viejo edificio del juzgado. He leído que se construyó en 1911 y he visto fotos. No es como las construcciones históricas del noroeste, me recuerda a las misiones españolas que hay en California. Jake asiente con la cabeza y rodeamos el feo edificio gris en el que hemos estado.
Cuando bajamos unas escaleras Jake dice que DiMarco es un individuo de la misma especie que su padre. Luego continúa caminando en silencio.
El padre de Jake es un hombre respetado en la comunidad judía de Seattle. Pero siempre ha querido imponer su moral a los miembros de su familia. Hace mucho tiempo, cuando supo que Jake es gay, le dio palizas casi todos los días. Quería curar su “enfermedad”. Jake vivió aterrorizado durante muchos meses, aunque era un joven alto y fuerte de dieciséis años. Hasta que un día él convirtió su miedo en valor y se enfrentó a su padre. Recuerdo perfectamente la noche que me lo contó en el Sunlight Cafe, en 1997. Estaba eufórico y se sentía capaz de todo. Por eso se hizo abogado y por eso desde hace años protege a chicos como los hijos de John DiMarco.
Mientras contemplo la fachada delantera del antiguo palacio de Justicia pienso en que no podemos dejarnos vencer por el miedo. Porque entonces, cuando el terror domine nuestras vidas, habrán ganado los fanáticos.


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