La calabaza


El cruce de la 35 Noreste con la 85 es el centro geográfico y comercial de Wedgwood, que es un barrio que está junto al mío, Ravenna. En ese cruce, donde hay un supermercado QFC, antes hubo otro de la cadena Tradewell. Era un edificio cuadrado de una sola planta, con la fachada delantera de cristal y un pequeño porche. No era un edificio bonito, pero tenía el estilo de la década de 1950 y una T gigante como reclamo para los clientes. Sus puertas se abrieron por primera vez en 1959, y se cerraron para siempre en 1988. Yo nunca lo conocí. Cuando se cerró yo tenía ocho años y no vivía en Seattle, vivía en Oak Harbor.
Hace unos pocos días me visitó una amiga de mi abuela Charlotte. Una de las mejores. Estuvimos hablando durante horas sobre mi abuela, sobre el barrio y sobre el pasado. Ella me contó algo que le ocurrió en aquel supermercado Tradewell en 1964. Esta es su historia.

Geraldine entró en el supermercado caminando con pasos rápidos y seguros. Necesitaba aquel trabajo de cajera, y sabía que podía conseguirlo. Lo más importante era no perder los estribos en ningún momento. Y también debía ser cortés, persuasiva, y firme en sus palabras. Entonces pensó que tenía que hacer demasiadas cosas y sus piernas temblaron, pero continuó hasta el fondo, donde estaban las oficinas.
Un amigo que vivía en Wedgwood le había conseguido la entrevista para aquel sábado por la mañana. Su amigo era blanco, ella no. Y eso el jefe de personal no lo sabía.
Cuando llamó a la puerta del despacho tenía la boca seca y el corazón le latía con fuerza. Miró hacia atrás y vio algunas caras conocidas entre los clientes que estaban llenando sus carros. Una de aquellas caras la miró con gesto de preocupación, luego esbozó una sonrisa y bajó la cabeza. Ella se giró hacia la puerta y pensó: “¡Allá vamos!”.
El jefe de personal era joven y amable y la invitó a sentarse frente a su mesa. Geraldine le dijo su nombre y por qué estaba allí. Entonces él cambió su actitud y su rostro se tensó. Le dijo que no podía hacer nada por ella porque no necesitaba más empleados. No era cierto, Geraldine lo sabía, y le preguntó muy educadamente si el problema era el color de su piel. El hombre negó con la cabeza. Luego explicó que Wedgwood era un barrio mayoritariamente blanco, y que la compañía Tradewell tenía normas sobre cuáles eran los empleados más apropiados para sus diferentes tiendas de comestibles. Lo importante era ofrecer el mejor servicio al cliente, y ellos no tenían una política de discriminación con los trabajadores. No era cierto. Geraldine se enfureció y quiso decirle que Tradewell solo había contratado a cuatro personas negras en los últimos dos años, en barrios que no eran “mayoritariamente blancos”, y que el problema sí era el color de la piel. Pero no dijo nada. Simplemente sonrió y esperó unos segundos. En aquel momento llamaron a la puerta y entró un joven empleado, muy nervioso. Entonces, a través de la puerta abierta, Geraldine pudo oír algunos gritos que sonaban en el exterior del edificio. El joven explicó rápidamente a su jefe que había una protesta frente al supermercado y ambos salieron. Geraldine no se movió. Continuó sentada en la silla y cruzó las manos sobre su bolso.
Algunos minutos después el jefe de personal regresó al despacho. Parecía enojado. Le dijo a Geraldine que “su gente” estaba protestando en la calle y que ella debía irse. Repitió que no podía hacer nada, que ya tenía suficientes empleados. La puerta continuaba abierta y en aquel momento se oyeron unas voces junto a las cajas. Un hombre negro, el mismo que había mirado a Geraldine con preocupación, dijo en voz alta que no iba a comprar nada en una tienda donde no contrataban a afroamericanos. Luego dejó su carro lleno de artículos junto a la cajera y salió corriendo. La chica gritó. Entonces, otras siete personas que estaban en las filas de las cajas, jóvenes negros y blancos, también dejaron sus carros y se marcharon rápidamente. Geraldine pudo ver desde su silla cómo salían del supermercado y cómo nadie los perseguía, porque los empleados no sabían qué debían hacer. Ella se sintió más tranquila.
El jefe de personal continuaba junto a la puerta, inmóvil como una estatua, y parecía que no comprendía lo que había ocurrido en los últimos segundos. Entonces, con una voz muy suave, Geraldine le dijo el número de supermercados Tradewell que había en Seattle y le preguntó si la cantidad era correcta. El hombre se giró hacia ella, respondió afirmativamente y dio unos pasos hacia su mesa. Geraldine le preguntó si sabía cuántas personas negras vivían en la ciudad. Él negó con la cabeza y ella se lo dijo. “¿Qué ocurrirá si solo la mitad deja de comprar en Tradewell, como ha dicho el primer hombre que ha salido corriendo?”, preguntó Geraldine.
El jefe de personal se sentó en su silla como si hubiera recibido un golpe en el estómago y dijo que iba a llamar a la policía para que arrestara a la gente del piquete. Pero era obvio que dudaba. La protesta era pacífica y nadie había cometido ningún delito. Entonces ella, con el mismo tono suave de voz, le explicó que A&P, que era la cadena rival de Tradewell, estaba contratando a empleados negros en cada una de sus quince tiendas. El hombre la miró con los ojos muy abiertos. Tenía el auricular del teléfono en la mano y parecía bloqueado. Ella añadió: “Los tiempos están cambiando”. Fue el golpe final.
Él comenzó a marcar un número de teléfono y le dijo a Geraldine que esperara fuera del despacho. Ella salió y cerró la puerta. Durante varios minutos estuvo observando a varios empleados mientras reunían los carros abandonados en una esquina. Los ocho carros estaban llenos de artículos envasados, no había en ellos ningún alimento fresco que pudiera estropearse. Pero eran muchos envases pequeños, y les iba a llevar mucho tiempo colocarlos de nuevo en las estanterías. Geraldine confió en que ellos no tuvieran que hacerlo después del horario de trabajo.
La puerta del despacho se abrió y salió el jefe de personal. Le dijo que podía volver el lunes, por la mañana. Ofreció a Geraldine un contrato de prueba y comentó que ella tenía talento para ser una excelente vendedora. Entonces ella sonrió y aceptó el empleo.
Mientras se dirigía hacia la salida se sintió muy satisfecha. Y feliz. Pensó que tenía que hacer algo para celebrarlo. Sus ojos recorrieron el supermercado y se detuvieron en uno de los mostradores donde había vegetales. Allí estaba. La más hermosa calabaza que había visto nunca.
Después de pagar salió al exterior y el sol iluminó su rostro. Llevaba la calabaza apoyada contra su vientre y la rodeaba con sus brazos. Entonces vio las pancartas. Vio las caras serias de los activistas. Y vio cómo aquellas caras cambiaban cuando ella les mostró una gran sonrisa y su hermoso trofeo de color naranja. Todos comprendieron lo que significaba y comenzaron a aplaudir y a acercarse a ella para besarla. Al otro lado del cruce, en pequeños grupos para huir con más rapidez si llegaba la policía, estaban los que habían salido corriendo del supermercado. También ellos aplaudían y lanzaban silbidos a Geraldine. Entonces ella pidió silencio y dijo en voz alta: “¡Vamos todos a mi casa! ¡Voy a preparar un delicioso pastel de calabaza!”.

No sé si aquella victoria fue tan fácil como en la historia que me contó la amiga de mi abuela. A menudo, con el paso del tiempo la memoria falla. O transforma nuestros recuerdos. Pero sí sé que el boicot de 1964 contra Tradewell fue un éxito, y la cadena contrató a diez personas negras después de las protestas en los supermercados de Wedgwood y Laurelhurst.
Antes de irse de mi casa Geraldine me dijo que algunas veces se reúne con aquel grupo de activistas. Los miembros que aún viven todavía recuerdan su pastel de calabaza.

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Fanáticos

Los agentes entran en la sala con el acusado y todas las miradas se dirigen hacia el “monstruo”.
Estoy en la Corte Superior del Condado de Snohomish, en Everett. He venido con Jake. Él no tiene relación con este caso, pero quiere ver de cerca a John DiMarco. Quiere escuchar sus palabras, saber cómo es.
Dentro de dos días comenzará el juicio contra su esposa. Hoy ella no está en la sala.
John y Linda DiMarco están acusados por varios delitos. Ellos llegaron hace dos años a la pequeña ciudad de Snohomish y se establecieron en una granja de las afueras. Las personas que los conocen dicen que son buenos vecinos y que van a la iglesia todos los domingos. También dicen que él fue profesor en una escuela cristiana de Tennessee.
Los DiMarco tienen tres hijos. Tres chicos de nueve, once y doce años. Ellos son las víctimas.
DiMarco responde al fiscal. Dice que ama a sus hijos y que siempre ha querido que sean buenos cristianos. Los ha educado para que sean hombres fuertes, capaces de “enfrentarse al mal en todas sus formas”. Él utiliza citas de la Biblia en sus respuestas.
Pero el fiscal explica los hechos: John y su esposa encerraban a los niños en armarios por la noche, no los alimentaban durante varios días, les daban descargas eléctricas.
Los niños nunca dijeron a nadie lo que ocurría en su hogar. Hasta que un día uno de los chicos se desmayó en la escuela y lo llevaron al hospital.
Escucho durante casi dos horas a John DiMarco y observo sus gestos. Parece una persona normal. Cuando termina la audiencia no pienso que es un monstruo. Tampoco un loco, ni un malvado. Es un fanático. Con ideas religiosas extremas. Como el hombre que hace diez días mató a tres personas en una clínica de planificación familiar de Colorado Springs. Como la pareja que hace cinco días asesinó a catorce personas en un centro para discapacitados de San Bernardino. Como otros en otros lugares. París, hace veinticuatro días.
Cuando salimos a la calle Jake no dice nada. Su rostro parece de piedra. Le digo que quiero ver el viejo edificio del juzgado. He leído que se construyó en 1911 y he visto fotos. No es como las construcciones históricas del noroeste, me recuerda a las misiones españolas que hay en California. Jake asiente con la cabeza y rodeamos el feo edificio gris en el que hemos estado.
Cuando bajamos unas escaleras Jake dice que DiMarco es un individuo de la misma especie que su padre. Luego continúa caminando en silencio.
El padre de Jake es un hombre respetado en la comunidad judía de Seattle. Pero siempre ha querido imponer su moral a los miembros de su familia. Hace mucho tiempo, cuando supo que Jake es gay, le dio palizas casi todos los días. Quería curar su “enfermedad”. Jake vivió aterrorizado durante muchos meses, aunque era un joven alto y fuerte de dieciséis años. Hasta que un día él convirtió su miedo en valor y se enfrentó a su padre. Recuerdo perfectamente la noche que me lo contó en el Sunlight Cafe, en 1997. Estaba eufórico y se sentía capaz de todo. Por eso se hizo abogado y por eso desde hace años protege a chicos como los hijos de John DiMarco.
Mientras contemplo la fachada delantera del antiguo palacio de Justicia pienso en que no podemos dejarnos vencer por el miedo. Porque entonces, cuando el terror domine nuestras vidas, habrán ganado los fanáticos.


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