Decisiones

El jueves después del trabajo decidí parar en Third Place Books. Es una librería que está muy cerca de casa, en un edificio alargado de una sola planta en la esquina con la 20 Noreste.
Cuando giré el volante para entrar en el pequeño aparcamiento que hay frente a la puerta pensé en las veces que había hecho el mismo recorrido. Sobre todo en las veces que había ido allí con la idea de buscar el libro perfecto para mi abuela antes de ir a visitarla.
Mi abuela Charlotte murió hace un año, el 15 de noviembre. Todavía me resulta extraño entrar en su casa y no encontrarla en la cocina, o en el salón, o bajando las escaleras para recibirme. Ahora su casa es mi casa desde hace un año, y no he conseguido llenar el vacío que ella dejó. Quizá nunca lo consiga.
Mi abuela fue una gran lectora y yo casi siempre tuve éxito con mi regalo de Third Place Books. Aunque no hay libros perfectos. Siempre le estaré agradecida por transmitirme su pasión por la literatura. Por eso y por muchas cosas más.


No tenía prisa, nadie estaba esperándome en otro lugar, así que entré en la librería y paseé con tranquilidad entre las mesas de novedades. Muchos libros grandes, con muchas páginas y feas portadas. Muchos libros de misterio, con títulos estremecedores que parecían el mismo título. No veía el libro perfecto. Me acerqué a la mesa que está junto a la sección de literatura infantil y entonces vi la pequeña torre de libros en una esquina. Reconocí el título porque en los últimos meses habían hablado sobre él en prensa y televisión. Leí la cubierta posterior y me pareció interesante. Sobre todo por la autora. Durante varias décadas no había publicado nada, y ahora, cuando nadie se acordaba de ella, había escrito una nueva novela. Cogí el volumen que estaba en lo alto de la torre y me dirigí hacia el mostrador principal.
Frente a mí había una fila de tres personas esperando para pagar. En la caja no estaba Emily, y el chico nuevo era bastante lento. La mujer que estaba delante de mí giró su cabeza y me miró. Era una mujer de unos sesenta años, con el pelo gris, y parecía enfadada. Miró el libro que yo sostenía en mis manos y sonrió. Entonces me mostró el suyo y vi que era el mismo que yo había elegido. La mujer asintió con la cabeza para expresar que aprobaba mi elección y me hizo sentir como una niña a la que felicitan por hacer lo correcto. No me gustó su gesto y no me gustó sentirme así. Desvié la mirada hacia el chico de la caja y entonces descubrí algo extraño: las otras dos personas que esperaban para pagar también habían elegido el mismo libro que yo. Aquella casualidad no me pareció normal. Era como si alguien estuviera dirigiendo nuestros actos en aquel momento. Yo sabía que no era así, pero quería alejarme de la mujer y decidí marcharme de la fila y volver a colocar el libro donde lo había encontrado.
Me dirigí a la sección de libros usados, oculta tras varios bloques de estanterías. Estuve casi diez minutos mirando los títulos hasta que vi uno que me pareció muy atractivo. Era “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry. Automáticamente pensé en Mount Rainier. Es la montaña más alta del estado de Washington. Y es un volcán. En algunas fotografías panorámicas de Seattle y sus alrededores parece que la ciudad está debajo de Mount Rainier. Bajo el volcán.
Pagué por el libro al chico de la caja y después fui hasta el fondo de la librería, donde hay un café restaurante que visito a menudo. Pedí un “cappuccino” y regresé a la entrada. En la terraza que hay en el exterior no había nadie. Me senté en una de las mesas con mi café y mi nuevo libro, pensando en disfrutar aquel momento del atardecer.
Saqué el libro de la bolsa de papel y lo miré con curiosidad. Tenía las tapas de cartón duro, y estaba muy bien conservado. Pensé que había pertenecido a una persona que amaba los libros. Lo abrí y entonces me encontré con lo más inesperado. En la primera página en blanco estaba el nombre de mi abuela Charlotte. Reconocí su escritura y las cruces que utilizaba para recordar su opinión sobre el libro. Había tres cruces. Para ella significaba “muy bueno”. Deslicé los dedos sobre su nombre y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Si no hubiera decidido marcharme de la fila no habría encontrado aquel libro. El libro perfecto. Entonces recordé algo que mi abuela me dijo muchas veces: “Toma siempre tus propias decisiones, no dejes que otros decidan por ti. Es tu libertad lo que está en juego”.
Me abracé al libro y durante unos instantes contemplé cómo se escapaban las últimas luces del día. No me sentía triste, todo lo contrario. Pensé que era muy afortunada. Porque mi abuela seguía recordándome las cosas importantes de la vida.

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