Neverland

El apartamento de Wendy está en Capitol Hill. Yo se lo alquilé, cuando trabajaba en la agencia inmobiliaria.


Siempre que paso por su calle me detengo unos minutos delante del edificio. Es una calle con poco tráfico y mucho espacio para aparcar, pero no paro el motor ni salgo del coche. Solo miro las ventanas del apartamento. Compruebo si hay luces encendidas, si hay movimiento detrás de las cortinas, si hay alguna señal de vida. A veces imagino que Wendy está subiendo en el ascensor, o pienso que se ha detenido antes de llegar a casa para hablar con algún vecino. Entonces espero un poco más. Cuando estoy segura de que el apartamento está vacío acelero lentamente y me voy.
Wendy y yo nos hicimos amigas casi desde el principio. Yo entonces tenía veintinueve años y ella veintisiete. Acababa de llegar de Portland para trabajar en un departamento de la universidad y necesitaba rápidamente un lugar donde vivir. Yo se lo busqué. Unos días después de trasladarse al apartamento me llamó por teléfono para invitarme a comer. Quería agradecer mi trabajo y contarme lo feliz que se sentía en su nuevo hogar. Wendy era una desconocida para mí, pero yo sabía que no tenía amigos ni familia en Seattle y acepté su invitación. Además me gustaba su personalidad: dulce, inteligente, con mucha curiosidad por aprender cosas nuevas. También parecía vulnerable, con su cara pálida, el pelo rubio muy corto y un cuerpo delgado y frágil.
Durante los siguientes meses nos vimos muchas veces. Íbamos a los modernos cafés que hay cerca de su edificio o a las tiendas elegantes de Capitol Hill. Yo me sentía fuera de lugar pero era divertido. También íbamos a los cines del distrito universitario y en otras ocasiones ella conducía hasta Ravenna, mi barrio, y cenábamos en el Sunlight Cafe. Solas o con Jake y otros amigos.
Descubrí que Wendy era muy reservada respecto a algunas cosas. Casi nunca hablaba de los novios o las parejas que había tenido, y le costaba mucho hablar de su familia. Solo me dijo que no tenía hermanos y que sus padres eran médicos. Dirigían en Portland una pequeña clínica de su propiedad. Tenían dinero. Bastante dinero. Y un día Wendy me confesó que una parte del alquiler del apartamento la pagaban ellos. Decían que su hija tenía que vivir en un barrio “apropiado”.
Nunca he conocido a una persona como Wendy. Con esa necesidad tan evidente de cariño. Y con tantas barreras para aceptarlo de los demás. Quizá por eso ocurrió todo.
Wendy desapareció hace tres años, en 2012. Sus padres me telefonearon la noche que llegaron a Seattle, alertados por la policía. Wendy llevaba tres días seguidos sin ir al trabajo, no contestaba a las llamadas y alguien había encontrado su coche aquella misma tarde, en un aparcamiento de la universidad. Yo les dije que en los últimos meses casi no la había visto. Ella decía que estaba trabajando en un proyecto de investigación y que apenas tenía tiempo libre.
El día siguiente, a las ocho de la mañana, dos policías llamaron a la puerta de mi casa. Eran un sargento hispano y una agente con un apellido polaco difícil de recordar. Pertenecían al departamento de personas desaparecidas. Me interrogaron en el salón durante casi media hora. Yo les pregunté si habían pensado que podía ser un secuestro, pero ellos dijeron que nadie había contactado con los padres para pedir un rescate. Tampoco habían localizado a Wendy en los hospitales de la ciudad. Para ellos solo había dos opciones: desaparición voluntaria o “desaparición forzada”. Antes de irse, el sargento Vasquez me dio una tarjeta con sus números de teléfono.
Por la tarde, después del trabajo, me reuní con los padres de Wendy. Querían utilizar los medios de comunicación para buscar a su hija. Yo les dije que podían contar con mi ayuda y que mis amigos y yo podíamos colocar carteles con la foto de Wendy en la universidad y en Capitol Hill. Les pareció una buena idea.
El sargento Vasquez llamó a mi puerta por la mañana, muy temprano. Llegó solo. Me preguntó si conocía a Peter, un amigo de Wendy. Yo le respondí que no, y que no sabía quién podía ser. Entonces me dijo que habían investigado la cuenta de Wendy en Facebook. Durante los últimos tres meses se había comunicado casi todos los días con alguien llamado Peter. El sargento había leído algunas conversaciones y dijo que parecían charlas de enamorados. Debían seguir investigando.
Cuando el sargento se fue me vino la idea a la cabeza. Peter y Wendy. Como los personajes del libro que leíamos en la escuela. El libro de J. M. Barrie, “Peter Pan y Wendy”. Diferente a la versión que hizo Walt Disney. Porque el Peter Pan original es un personaje caprichoso, egoísta, y a veces cruel. Sentí temor por mi amiga. Estaba segura de que su amigo de Facebook no se llamaba Peter. Había elegido el nombre para conseguir su complicidad. ¿Cómo era aquella persona? ¿Wendy estaba con él? Pensé en otros casos de desapariciones. Casos que aparecían en los medios de comunicación. Casos que acababan mal o no acababan nunca. Me dejé llevar por la imaginación. Pero no pensé en que mi amiga se había encontrado con su nuevo novio y estaba feliz, pensé en un Peter Pan egoísta y cruel que se había llevado a Wendy a Neverland, con los otros Niños Perdidos. Un Neverland que no se parecía en absoluto al lugar del libro.
Varios días después llamé al sargento Vasquez. Me dijo que habían localizado a Peter. Era un hombre de cincuenta años que vivía en una pequeña ciudad de Montana, y no se llamaba Peter. La policía local lo había interrogado, había comprobado las respuestas y todo era correcto. No parecía ser el responsable de la desaparición, pero seguía siendo el único sospechoso.
Los padres de Wendy regresaron a Portland. Cada pocos días el sargento los llamaba por teléfono para informar sobre la búsqueda de su hija. Luego dejó de llamar.
Han pasado tres años. Cuando veo los árboles de la calle de Wendy todavía recuerdo la tarde que Jake y yo colocamos los carteles con su foto. Pensábamos que alguien telefonearía inmediatamente diciendo que la había visto. Eso nunca ocurrió. Antes de irme dirijo una última mirada al apartamento. Detrás de los ventanales solo veo oscuridad. Sé que todas sus cosas siguen dentro, como ella las dejó. Y también sé que sus padres continúan pagando el alquiler. Ellos esperan que algún día Wendy regrese de Neverland.


.