A letter to you, Janet

Querida Janet,
Sé que prometí escribirte y han pasado nueve meses desde la última vez. Lo siento muchísimo y espero que puedas perdonarme. Desde que murió mi abuela Charlotte mi vida ha dado demasiadas vueltas y aún no he recuperado el equilibrio. Pero lo estoy consiguiendo. Tú me conoces, y sabes que no soy tan fuerte como la gente cree. Tú siempre has sido la más fuerte de las dos.
Estoy en Seattle de nuevo. Mi relación con Oskar no fue bien y tuve que regresar. Sé que fue una locura dejarlo todo y viajar a España. Tú tenías razón, pero debía intentarlo. Nunca sabes dónde vas a encontrar la felicidad. Si eso es posible.
Envié el formulario para visitarte en Mission Creek pero no he recibido una respuesta. Jake hizo varias llamadas desde el despacho y alguien le dijo que habían restringido las visitas de amigos. Lo intentaré de nuevo. He visto algunas fotos del centro y parece una moderna granja en el medio del bosque. Pero una cárcel es siempre una cárcel.
Vi a Karim en una exposición en el NAAM. Solo estuve con él unos pocos minutos. Tu marido me dijo que estás bien, que no tienes problemas en Mission Creek y que probablemente te darán la libertad condicional antes de fin de año. Resiste un poco más y todo volverá a ser como antes.
¿Sabías que nuestro Catfish Corner ya no existe? Karim me lo dijo y yo tuve que ir a verlo con mis propios ojos. Ahora los Jackson han abierto uno nuevo en Rainier Valley. Cada día tengo la sensación de que todo cambia demasiado rápido. ¿Recuerdas la última vez que fuimos al Crocodile Cafe? Lo habían cambiado y ahora no es como cuando íbamos a los conciertos. Aquel día nos sentimos muy tristes. Y también tontas, por sentirnos así. Quizá lo que ocurre es que empezamos a ser dos viejas.
Me encontré con Roberta en el ferry a Bainbridge Island. Ella es la que más ha cambiado. Si hubieras estado allí no la habrías reconocido. Obesa, con tres hijos pequeños y pensando en comida. Pero parecía feliz y satisfecha. Y eso es lo que importa.
La semana pasada fui con Jake al edificio del juzgado. ¿Sabes a quién vi en una sala? A “tu fiscal”. Él me miró de la cabeza a los pies y luego sonrió. ¿Puedes creerlo? Él no sabía quién era yo, pero yo sabía perfectamente quién era él. Lo miré con desprecio y él se quedó allí de pie con cara de estúpido.
Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Ese jodido fiscal intentando convencer al jurado de que eras una terrorista. Moviendo en el aire los papeles de tu expediente. Leyendo con voz grave algunos detalles. Era verdad que la policía te había detenido varias veces en protestas políticas. Pero siempre pacíficas. Hasta el último noviembre y la marcha contra lo que ocurrió en Ferguson, cuando el jurado decidió no acusar al policía que mató a Michael Brown.
Eso es la justicia. Como en tu propio caso. Tú encerrada en Mission Creek y el policía que te agredió continúa en las calles, haciendo su trabajo. Él fue quien empezó todo, cuando te tocó el culo de aquella manera. Si quería levantarnos del suelo había otras formas de hacerlo.
El problema fue el paraguas. Aquel horrible paraguas con enormes garzas amarillas sobre el fondo de color rosa. El fiscal dijo que la gente de Seattle no utiliza paraguas, que muchas personas los odian, y que era muy sospechoso que tú llevaras uno en una marcha de protesta. Cuando te preguntó por qué lo llevabas tú le dijiste: “Llovió por la mañana. Y los paraguas no están prohibidos. Todavía”. Aquella respuesta convenció al jurado.
Pero los hechos eran los hechos. Aún recuerdo el sonido que hizo el paraguas cuando se rompió en la cabeza del policía. ¿Fue con el tercer golpe o con el cuarto? Tú fuiste muy rápida y él no consiguió sacar a tiempo el espray de pimienta. ¿Por qué aquel agente no llevaba el casco? ¿Quién se lo quitó? Imagino que no fuiste tú. ¿O sí?
Lo mejor del juicio fue cuando tú dijiste que el policía no se comportó como un servidor de la ley sino como un panadero. Nadie entendió nada. Entonces el juez preguntó por qué y tú, muy seria, respondiste: “Porque no me tocó el culo. Lo amasó como si fuera un panadero profesional”. Risas, aplausos, y el juez pidiendo silencio a todo el mundo, incluidos los miembros del jurado. Lo peor fue que tuviste que anular tu denuncia contra el agente para conseguir una reducción de condena.
Al principio de esta carta he escrito que eres la más fuerte. Y es la verdad, no lo olvides. Así que no dejes que nada te destruya.
Con cariño,
Nuseba

P.S. Ayer fui a Bella Umbrella y compré un paraguas para ti. Es muy bonito, y espero que nunca tengas que romperlo en la cabeza de otro policía.


.

Neverland

El apartamento de Wendy está en Capitol Hill. Yo se lo alquilé, cuando trabajaba en la agencia inmobiliaria.


Siempre que paso por su calle me detengo unos minutos delante del edificio. Es una calle con poco tráfico y mucho espacio para aparcar, pero no paro el motor ni salgo del coche. Solo miro las ventanas del apartamento. Compruebo si hay luces encendidas, si hay movimiento detrás de las cortinas, si hay alguna señal de vida. A veces imagino que Wendy está subiendo en el ascensor, o pienso que se ha detenido antes de llegar a casa para hablar con algún vecino. Entonces espero un poco más. Cuando estoy segura de que el apartamento está vacío acelero lentamente y me voy.
Wendy y yo nos hicimos amigas casi desde el principio. Yo entonces tenía veintinueve años y ella veintisiete. Acababa de llegar de Portland para trabajar en un departamento de la universidad y necesitaba rápidamente un lugar donde vivir. Yo se lo busqué. Unos días después de trasladarse al apartamento me llamó por teléfono para invitarme a comer. Quería agradecer mi trabajo y contarme lo feliz que se sentía en su nuevo hogar. Wendy era una desconocida para mí, pero yo sabía que no tenía amigos ni familia en Seattle y acepté su invitación. Además me gustaba su personalidad: dulce, inteligente, con mucha curiosidad por aprender cosas nuevas. También parecía vulnerable, con su cara pálida, el pelo rubio muy corto y un cuerpo delgado y frágil.
Durante los siguientes meses nos vimos muchas veces. Íbamos a los modernos cafés que hay cerca de su edificio o a las tiendas elegantes de Capitol Hill. Yo me sentía fuera de lugar pero era divertido. También íbamos a los cines del distrito universitario y en otras ocasiones ella conducía hasta Ravenna, mi barrio, y cenábamos en el Sunlight Cafe. Solas o con Jake y otros amigos.
Descubrí que Wendy era muy reservada respecto a algunas cosas. Casi nunca hablaba de los novios o las parejas que había tenido, y le costaba mucho hablar de su familia. Solo me dijo que no tenía hermanos y que sus padres eran médicos. Dirigían en Portland una pequeña clínica de su propiedad. Tenían dinero. Bastante dinero. Y un día Wendy me confesó que una parte del alquiler del apartamento la pagaban ellos. Decían que su hija tenía que vivir en un barrio “apropiado”.
Nunca he conocido a una persona como Wendy. Con esa necesidad tan evidente de cariño. Y con tantas barreras para aceptarlo de los demás. Quizá por eso ocurrió todo.
Wendy desapareció hace tres años, en 2012. Sus padres me telefonearon la noche que llegaron a Seattle, alertados por la policía. Wendy llevaba tres días seguidos sin ir al trabajo, no contestaba a las llamadas y alguien había encontrado su coche aquella misma tarde, en un aparcamiento de la universidad. Yo les dije que en los últimos meses casi no la había visto. Ella decía que estaba trabajando en un proyecto de investigación y que apenas tenía tiempo libre.
El día siguiente, a las ocho de la mañana, dos policías llamaron a la puerta de mi casa. Eran un sargento hispano y una agente con un apellido polaco difícil de recordar. Pertenecían al departamento de personas desaparecidas. Me interrogaron en el salón durante casi media hora. Yo les pregunté si habían pensado que podía ser un secuestro, pero ellos dijeron que nadie había contactado con los padres para pedir un rescate. Tampoco habían localizado a Wendy en los hospitales de la ciudad. Para ellos solo había dos opciones: desaparición voluntaria o “desaparición forzada”. Antes de irse, el sargento Vasquez me dio una tarjeta con sus números de teléfono.
Por la tarde, después del trabajo, me reuní con los padres de Wendy. Querían utilizar los medios de comunicación para buscar a su hija. Yo les dije que podían contar con mi ayuda y que mis amigos y yo podíamos colocar carteles con la foto de Wendy en la universidad y en Capitol Hill. Les pareció una buena idea.
El sargento Vasquez llamó a mi puerta por la mañana, muy temprano. Llegó solo. Me preguntó si conocía a Peter, un amigo de Wendy. Yo le respondí que no, y que no sabía quién podía ser. Entonces me dijo que habían investigado la cuenta de Wendy en Facebook. Durante los últimos tres meses se había comunicado casi todos los días con alguien llamado Peter. El sargento había leído algunas conversaciones y dijo que parecían charlas de enamorados. Debían seguir investigando.
Cuando el sargento se fue me vino la idea a la cabeza. Peter y Wendy. Como los personajes del libro que leíamos en la escuela. El libro de J. M. Barrie, “Peter Pan y Wendy”. Diferente a la versión que hizo Walt Disney. Porque el Peter Pan original es un personaje caprichoso, egoísta, y a veces cruel. Sentí temor por mi amiga. Estaba segura de que su amigo de Facebook no se llamaba Peter. Había elegido el nombre para conseguir su complicidad. ¿Cómo era aquella persona? ¿Wendy estaba con él? Pensé en otros casos de desapariciones. Casos que aparecían en los medios de comunicación. Casos que acababan mal o no acababan nunca. Me dejé llevar por la imaginación. Pero no pensé en que mi amiga se había encontrado con su nuevo novio y estaba feliz, pensé en un Peter Pan egoísta y cruel que se había llevado a Wendy a Neverland, con los otros Niños Perdidos. Un Neverland que no se parecía en absoluto al lugar del libro.
Varios días después llamé al sargento Vasquez. Me dijo que habían localizado a Peter. Era un hombre de cincuenta años que vivía en una pequeña ciudad de Montana, y no se llamaba Peter. La policía local lo había interrogado, había comprobado las respuestas y todo era correcto. No parecía ser el responsable de la desaparición, pero seguía siendo el único sospechoso.
Los padres de Wendy regresaron a Portland. Cada pocos días el sargento los llamaba por teléfono para informar sobre la búsqueda de su hija. Luego dejó de llamar.
Han pasado tres años. Cuando veo los árboles de la calle de Wendy todavía recuerdo la tarde que Jake y yo colocamos los carteles con su foto. Pensábamos que alguien telefonearía inmediatamente diciendo que la había visto. Eso nunca ocurrió. Antes de irme dirijo una última mirada al apartamento. Detrás de los ventanales solo veo oscuridad. Sé que todas sus cosas siguen dentro, como ella las dejó. Y también sé que sus padres continúan pagando el alquiler. Ellos esperan que algún día Wendy regrese de Neverland.


.

Africatown

Salgo de mi coche y camino hasta la esquina. Estoy en el cruce de Martin Luther King Jr. Way con Cherry Street. En la acera de enfrente, un trozo de mi pasado.
Hace unos minutos yo estaba en la apertura de una exposición de fotografía. En el Northwest African American Museum, al sur de Central District. Cuando me he despedido de mis amigos se ha acercado Karim Williams. Tan guapo como siempre. Me ha dicho que han abierto el nuevo Catfish Corner en Rainier Valley. Yo no sabía que el auténtico estaba cerrado. Desde agosto del año pasado. Ha sido como un golpe en el estómago.
Lo veo cerrado en la acera de enfrente y siento que desaparece una parte de mi vida. Una más. Siempre había estado ahí. El glorioso Catfish Corner de la familia Jackson, maestros del pescado frito y la comida sureña. Porque los abuelos, Rosie y Woody, llegaron desde Texas y Louisiana. Catfish Corner, un negocio de negros donde toda la gente era bienvenida. En el corazón geográfico de Central District. Para muchas personas, el corazón vivo de Africatown.
Hay tantas historias que sucedieron en el Catfish Corner. Como aquella vez que llegamos diez o doce a comer bagre con salsa tártara picante después de la marcha contra George W. Bush. O cuando vinimos a celebrar que habíamos parado el derribo de la escuela infantil de la avenida 18. O aquel cumpleaños de Janet, cuando cantó “I Say a Little Prayer” y todos los clientes cantaron con ella, como en aquella película. O cuando Karim me besó en el aparcamiento y yo lloré porque seguía queriendo a Bobby y él estaba muerto.
No debo mirar atrás. No es bueno para mí. Prefiero recordar cuando Karim nos habló por primera vez de Africatown. Un sueño, un proyecto para el futuro de Central District.
Central District es el barrio históricamente negro de Seattle. Nunca he vivido aquí, pero es mi segundo hogar en la ciudad. En las décadas de 1960 y 1970 era el barrio de las luchas por los derechos civiles, de los activistas del Black Panther Party. También era el barrio de Jimi Hendrix, la leyenda del rock. En la década de 1980 llegaron los traficantes de drogas y las bandas y comenzó un período de decadencia. Luego el barrio se recuperó. En los últimos años el CD, Central District, ha cambiado. La recesión económica y el aumento de los impuestos a las viviendas y los locales han hecho que blancos y asiáticos de otros barrios se hayan movido al CD. Y aquí, los negros con ingresos bajos y pensiones reducidas ya no pueden pagar los alquileres y se están marchando al sur. Al barrio de Rainier Valley, como hicieron los Jackson del Catfish Corner.
Si todo sigue como ahora, dentro de diez años la población negra del CD será inferior al diez por ciento. Por eso es necesario un movimiento como el que representa Africatown.
El objetivo es crear un barrio cultural como Chinatown en el corazón del CD. Un barrio con tiendas, negocios, galerías de arte, centros culturales y servicios de apoyo a la comunidad. Un barrio con identidad propia pero abierto a todo el mundo. También a los turistas.
Cruzo a la acera de enfrente y me acerco a la puerta cerrada del Catfish Corner. Esa puerta tan familiar que antes fue marrón y al final naranja. Intento abrirla por última vez. No es posible. Veo los cristales de las ventanas tapados desde dentro con papel de embalaje. Acerco mi cara a uno de los cristales para mirar por una abertura. Todo está oscuro.
Doy unos pasos hacia atrás y miro la pared de ladrillo que está junto a la fachada del Catfish Corner. Ahí está el gran mural que un artista pintó hace tiempo. Yo espero que nunca lo derriben con el resto del edificio. Porque es el mural de Martin Luther King. Él tenía un sueño, y estoy segura de que si hoy estuviera vivo defendería el sueño de Africatown.
Debemos creer en los sueños. Es el modo de cambiar las cosas.


.