Tragedia

Point Wilson es una punta de tierra situada entre el estrecho de Juan de Fuca y Puget Sound, el estrecho que se introduce en el continente y que, entre islas de diferentes tamaños, llega hasta Seattle, Des Moines y Tacoma. El faro de Point Wilson se construyó en 1914. Desde ese año hasta 1926 el guardián del faro fue William J. Thomas. Él nunca pudo olvidar lo que sucedió la madrugada del 1 de abril de 1921.


Bill estaba preparando un café muy cargado en la sala de vigilancia del faro cuando oyó un estruendo en el exterior, procedente del mar. Había sonado fuerte, y metálico. Retiró rápidamente la cafetera del hornillo y miró el reloj de pared. Pasaban cuatro minutos de la medianoche. Se dirigió a los ventanales que miraban hacia Admiralty Inlet, la gran entrada a Puget Sound, y vio luces. Demasiadas luces. Entonces sacó los binoculares del estuche colgado de un clavo en la pared y corrió hacia la escalera de la torre. Mientras subía con toda la rapidez que le permitían sus piernas oyó tres veces seguidas la sirena de un barco. Era una señal de peligro. Al llegar arriba, donde estaba la luz del faro, pudo oír con claridad el sonido de una campana. Temió lo peor. Salió al balcón que coronaba la torre octogonal y miró hacia el norte. A tres cuartos de milla había dos barcos: uno grande, de pasajeros, y otro de carga, casi del mismo tamaño. El carguero había chocado de frente contra el centro del otro, por estribor, y su proa se había clavado en el casco como un hacha en la corteza de un árbol. Bill ajustó los binoculares y vio un corte vertical de unos tres metros de largo por el que entraba el agua. Era una herida mortal.
Mientras Bill bajaba tropezando por la escalera de caracol recordó que era viernes. A esa hora de la noche solo podía haber un barco de pasajeros entrando en Puget Sound: el S.S. Governor, de la compañía Pacific Coast Steamship. Era el vapor que hacía la ruta entre San Francisco y Seattle, y Bill tembló al pensar que aquel barco podía transportar a más de cuatrocientas personas, entre el pasaje y la tripulación.
Con el corazón en un puño llamó por teléfono a la Guardia Costera de Port Townsend. Les habló de la colisión y del S.S. Governor. Ellos pusieron en marcha las operaciones de rescate y le dijeron que el último barco que había zarpado del puerto era el S.S. West Hartland, un carguero que se dirigía hacia India. Tenía que ser el que había chocado contra el Governor.
Bill se puso su chaquetón y volvió a subir a la torre. No entendía qué había ocurrido. Aquella noche no había niebla, el mar estaba en calma y había un cuarto de luna. Bill no podía saber que el piloto del Governor había cometido un error. Había confundido las luces de circulación del West Hartland con las luces de tierra de Point Marrowstone y había mantenido el rumbo. Cuando vio al otro barco acercándose a toda máquina por estribor ya era demasiado tarde.
Bill salió de nuevo al balcón y una ráfaga de aire frío que venía del norte tensó los músculos de su cara. A través de los binoculares vio a mucha gente corriendo por la cubierta del Governor. Podía oír sus gritos de pánico y las órdenes de algunos miembros de la tripulación para que todos se reunieran junto a los botes salvavidas. También le pareció oír a un niño llamando a sus padres, al mismo tiempo que algunos pasajeros saltaban directamente a la proa del West Hartland. Bill estaba allí arriba, a más de quince metros sobre el nivel del mar, viéndolo todo como un espectador en la primera fila de un teatro, pero no podía hacer nada. Aunque fuera remando en su bote hasta el lugar de la colisión probablemente no llegaría a tiempo.
Tiempo era lo que necesitaba el Governor para seguir a flote. Bill pensó que el West Hartland debía permanecer clavado al barco de pasajeros, taponando la herida, hasta el último momento. Él no sabía que esa era la decisión que había tomado Alwen, el capitán del carguero. Desde el primer minuto había ordenado no parar las máquinas para evitar que el Governor se hundiera rápidamente.
Bill enfocó con sus binoculares el punto de impacto y pensó en las personas que viajaban en aquellos camarotes. Él no podía saber que la cabina de la familia Washburn se había partido por la mitad. En el lado de la puerta estaba la cama de los padres, Harry y Lucy. En el otro, las literas de las hijas, Sadie y Olene, de ocho y diez años. Las niñas habían quedado atrapadas y Harry estaba gravemente herido, así que Lucy había salido corriendo a buscar ayuda.
Bill vio que el Governor comenzaba a hundirse por la popa y en aquel momento la electricidad del barco se cortó. Los gritos en cubierta aumentaron y llegaron hasta él a través de la oscuridad. Ahora Bill solo podía ver lo que ocurría en los barcos a intervalos, cuando eran iluminados por el haz de luz del faro. Pronto encendieron varios focos en el West Hartland, y los dirigieron hacia el Governor y hacia el mar, donde ya estaba la mayor parte de los botes salvavidas.
En la cubierta del Governor todo era confusión. Muchos de los que quedaban a bordo se lanzaron a la proa del carguero, otros aún continuaban subiendo a los botes. Bill se estremeció. Quedaba poco tiempo para que el barco se hundiera definitivamente.
Bill vio a un pequeño grupo de pasajeros y tripulantes llegando al último bote salvavidas. La cubierta estaba despejada y pudo ver que llevaban a una persona en lo que parecía una camilla. Bill no podía saber que era Harry Washburn, y que a su lado iba su esposa Lucy. Tampoco podía saber que el rescate de las niñas era imposible y que aún continuaban atrapadas.
La sirena del West Hartland sonó una vez. Fue un pitido largo que a Bill le pareció eterno. Era la señal que indicaba que el tiempo se había acabado y que iban a iniciar la marcha atrás para separarse del Governor.
En aquel momento Bill vio a una mujer que se alejaba del bote salvavidas y que corría por la cubierta hacia una de las puertas de la nave. Oyó que la llamaban desde el bote, sin embargo la mujer no se detuvo y desapareció en el interior del barco. Bill no entendía qué estaba haciendo aquella mujer. Él no podía saber la razón de la desesperada carrera de Lucy, pero sí supo cuál sería su destino cuando vio descender el bote con los últimos supervivientes.
El carguero y las demás embarcaciones que había en el mar se alejaron del Governor para no hundirse con él. Bill vio luces llegando desde Puget Sound y enfocó sus binoculares. Eran un remolcador y un pequeño barco de la Guardia Costera. Varios minutos después, a la una y cuarto de la madrugada, el S.S. Governor levantó la proa hacia el negro cielo y se hundió para siempre en las profundidades de Admiralty Inlet.
De las doscientas noventa y seis personas que viajaban en el barco ocho perdieron la vida. Entre ellas, Lucy y sus hijas. Pero Bill no lo supo hasta bien entrada la mañana, cuando los detalles de la tragedia corrieron como la pólvora entre los habitantes de Port Townsend y llegaron hasta el faro de Point Wilson.

Lucy Minerva Washburn tenía treinta y cinco años cuando murió. Los mismos que tengo yo. Algunas veces me he preguntado qué habría hecho en su lugar. No tengo una respuesta.
Hay personas que afirman haber visto el fantasma de Lucy en la vieja casa del guardián del faro. Dicen que todavía está buscando a sus hijas. Pero esa es otra historia.

.