American Dream


Pavani llega sonriendo a la puerta del restaurante indio. Es la primera vez que cena fuera de casa sin su marido desde que llegó a Estados Unidos, hace un mes. Nos abrazamos tímidamente y entramos en el local.
Pavani es una mujer guapa, con el pelo muy negro y largo. Habla inglés perfectamente con una voz cálida que me hace sentir bien. Nos acercamos a un mostrador de madera donde están los platos del bufet y ella me ayuda a elegir. No conozco mucho la comida india.
Ella fue a la oficina de Jake la semana pasada para pedir asesoramiento sobre leyes laborales. La especialidad de Jake son los maltratos a menores y frecuentemente trabajamos con los servicios sociales, pero Pavani llegó recomendada por un amigo de un amigo y Jake le dijo que la ayudaría. A Jake le gustan las mujeres guapas, aunque sea gay.
Mientras llenamos nuestros platos Pavani me agradece que haya venido hasta Bellevue. Yo le digo que solo he tenido que cruzar el puente. En realidad hay dos puentes entre Seattle y Bellevue. Las dos ciudades podrían ser una, pero están separadas por el lago Washington. A veces las personas también están separadas por otras clases de lagos. Yo pienso que siempre hay que buscar el puente.
Le pregunto a Pavani si se siente mejor. Ella afirma con la cabeza. Ayer Jake le dio una mala noticia, y ella salió llorando del despacho. Aún no tiene amigas en Bellevue y yo le propuse vernos hoy para charlar. Ella recuperó un poco su sonrisa y dijo que era una idea fantástica.
Después de sentarnos en una mesa que está junto a los ventanales miro a mi alrededor: paredes blancas, casi vacías, moqueta gris en el suelo y sillas con la pintura desgastada. Hay varias mesas ocupadas por personas solas o por parejas que comen en silencio. Es un restaurante triste.
Pavani me cuenta que se sintió muy feliz cuando le comunicaron a su marido que había sido seleccionado para el trabajo. La idea de abandonar Delhi y empezar una nueva vida en Estados Unidos le pareció una aventura estimulante, aunque ella tuviera que dejar su trabajo de profesora de matemáticas. Ahora no sabe si fue una buena idea.
Reconoce que no debe quejarse. La mayoría de las personas que vienen a Estados Unidos buscando un futuro mejor se encuentran con muchas dificultades. Ella no. Su marido es ingeniero informático y tiene un buen contrato en su empresa. Me dice que ahora tienen más dinero, un apartamento grande y bonito, y viven aquí, en Crossroads, que es un barrio seguro. Pero luego añade que en Delhi ella era más libre, más independiente. Allí tenía trabajo, familia, amigos, aquí está sola casi todo el tiempo. Eso le preocupa a su marido y ahora tiene con ella una actitud muy protectora.
Veo su ansiedad y le digo que aún es pronto, que acaba de llegar al país. En poco tiempo conocerá a gente y todo cambiará. Pavani me dice rápidamente que esta mañana ha conocido a una mujer en su edificio. También es india, de Bangalore. Ella le ha contado que llegó hace un año y casi no tiene amigas. Sabe que hay muchas mujeres en Bellevue como ella y Pavani, pero vive en un círculo cerrado. Sobre todo porque no habla bien inglés. Pavani me explica que esas mujeres tienen alrededor de treinta años, títulos universitarios, y tuvieron que dejar sus trabajos en India, China, Japón o Corea porque sus maridos consiguieron contratos en empresas tecnológicas como CenturyLink, Amazon y Microsoft. Y como ella, ninguna puede trabajar aquí. Sus visas no lo permiten.
Pavani se cubre la cara con las manos y pienso que va a llorar. Ayer Jake le dijo que debe pedir el permiso de trabajo lo más rápido posible, pero la valoración de su expediente y la aprobación llevarán mucho tiempo. Años, quizá más de diez.
Para tranquilizarla le digo que las leyes pueden cambiar, que están cambiando constantemente. Ella baja sus manos y continúa comiendo. Dice con tristeza que la comida se parece a la que ha comido siempre, pero que está hecha sin cariño. La miro y no sé qué decir.
Pasa un minuto que parece una hora y pienso en lo que Pavani puede hacer. Le pregunto si tiene aficiones, si le gusta hacer fotos. Ella responde que no tiene una afición concreta. Le explico que para mejorar su expediente tiene que conseguir el permiso de conducir, y que así podrá tener su propio coche. Pavani asiente con la cabeza. Le digo que puede participar como voluntaria en alguna organización local. De inmigrantes o no. También puede dar clases de inglés a otras mujeres de su país. O clases de matemáticas a sus hijos. Lo que no puede hacer es encerrarse en casa. Pavani se estira en su silla, levanta la cabeza y dice que no va a hacerlo. Parece que está convencida.
Cuando estamos terminando los postres se acerca un hombre hasta nuestra mesa. Pavani se sorprende al verlo. Ella hace las presentaciones. Es su marido.
Él me tiende la mano y yo se la estrecho, luego se sienta junto a su esposa. Me pregunta si he nacido en Estados Unidos. Sí. Quiere saber si estoy casada. No. Cuando veo su mirada de desaprobación entiendo por qué me ha resultado molesta la pregunta.
Pavani nos sugiere que tomemos un té chai antes de irnos. Su marido dice que no le apetece y mira su reloj. Lo gira alrededor de su muñeca. Vuelvo a ver la ansiedad en los ojos de Pavani y decido llamar a un camarero para pedir la cuenta.
Mientras busco en mi bolso la billetera el joven camarero regresa con la factura y la deja sobre la mesa. El marido de Pavani le entrega su American Express y entonces le explico que su esposa y yo habíamos acordado pagar la mitad cada una. Él no dice nada. Miro el importe de la cena, sumo la propina y le doy la mitad en billetes. Él sigue en silencio, y después de unos segundos que me resultan muy incómodos extiende el brazo y coge el dinero. No entiendo su comportamiento. Quizá no está acostumbrado a que las mujeres paguen en los restaurantes. Quizá es otra cosa.
Cuando salimos a la calle está anocheciendo. Me despido de los dos y le digo a Pavani que me llame cuando quiera. Podemos ir a una exposición, o al cine. Ella me da un fuerte abrazo y asegura que me llamará. No parece muy convencida.
Mientras la veo alejándose con su marido hacia el aparcamiento del centro comercial Crossroads Bellevue pienso en el resumen que ha hecho de su nueva vida: más dinero, mejor casa, más seguridad, menos libertad. Yo supongo que no es así como ella imaginaba el sueño americano.

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