Hollywoodland

“Esto es un laberinto”, dijo Jake. Y detuvo el coche en el arcén de tierra, a la sombra de un álamo de California.
Media hora subiendo y bajando aquellas estrechas carreteras con curvas para nada. Desde el comienzo de Beachwood Drive, abajo, en el valle, la ruta hasta Mount Lee parecía fácil. Solo había que subir. Pero después, dentro de Hollywoodland, todo cambiaba. Era otro mundo. Y lo fácil era perderse.
Jake me pidió el mapa de Los Angeles que habíamos comprado por la mañana, después de dejar el equipaje en el hotel. Miró a nuestro alrededor buscando una pista que indicara cuál era nuestra posición, luego desplegó el mapa. Yo bajé un poco la ventanilla y saqué la mano. Eran las tres de la tarde del 30 de julio, y fuera hacía un calor que ablandaba el asfalto. Pero dentro del coche que habíamos alquilado era peor, porque el aire acondicionado había dejado de funcionar cuando empezamos a subir la primera curva de Hollywoodland. Así que abrí la puerta y salí del auto.
Yo entonces era vendedora de casas, y nunca había visto nada parecido a lo que había en aquella zona residencial. Junto a las construcciones modernas había otras que recordaban un pasado de esplendor. Parecían decorados de películas: grandes mansiones que imitaban el estilo Tudor, cabañas normandas, haciendas españolas, castillos centroeuropeos. Pertenecían a otro tiempo, cuando los estudios de cine eran fábricas de sueños y las estrellas construían sus casas en el firmamento de Hollywoodland.
Jake salió del coche. Llevaba el mapa en la mano y dijo que iba a preguntar en la casa más próxima cómo podíamos salir de allí. Me pareció una idea inútil. Durante todo el recorrido no habíamos visto a nadie, tampoco vehículos, y las casas parecían vacías. Quizá fuera por el terremoto. El día anterior había temblado la tierra en Chino Hills, a treinta millas de Los Angeles, y toda la zona se había sacudido con fuerza. Al llegar a la ciudad habíamos visto a la gente inquieta y poco habladora, como si temieran algo terrible. Yo había supuesto que pensaban en el “Big One”, el gran terremoto que muchos creen que habrá algún día en la falla de San Andrés.
Seguí a Jake hasta la verja que separaba la propiedad de la carretera. Entre dos pilares de piedra había una puerta, y en uno de los pilares, un timbre de latón. No había nada moderno en el exterior de aquella casa, tampoco vi cámaras de vigilancia. Jake pulsó el timbre y esperamos. Nada. Medio minuto después oímos un chasquido y la puerta se abrió un poco. Yo la empujé lentamente y entramos.
Era una villa de estilo español, con fachadas blancas, ventanas enrejadas, tejas en la cubierta y una pequeña torre circular con un balcón de hierro. En la parte delantera había un jardín con algunos árboles frutales y macizos con flores blancas. Subimos los tres escalones que había hasta la puerta y llamamos.
Una mujer de unos setenta años, con el pelo blanco bien peinado y un vestido ligero de color vainilla apareció en el hueco de la puerta. Jake le dijo que nos habíamos perdido pero ella no le dejó continuar su explicación. Hizo un gesto con la mano hacia el interior y nos invitó a entrar. Mientras cerraba la puerta dijo que no quería que el calor se metiera en la casa.
Seguimos a la anciana por el amplio vestíbulo en penumbra. La temperatura allí era muy agradable y olía a flores frescas. Las baldosas del suelo eran grandes y rojizas, de estilo rústico, las paredes estaban pintadas de blanco y los techos eran muy altos, con las vigas de madera a la vista. Ella afirmó que no éramos angelinos y preguntó de dónde éramos. “De Seattle”, respondimos Jake y yo al mismo tiempo. Ella comentó que la había visitado en dos o tres ocasiones y que le parecía una auténtica ciudad, no como Hollywood.
Entramos en una habitación confortable que ella llamó “la biblioteca”. Había allí miles de libros en un mueble con puertas de cristal que ocupaba completamente una de las paredes. La mujer preguntó si queríamos té helado. Los dos respondimos afirmativamente y ella, antes de irse, nos rogó que nos sentáramos en los sofás.
Jake y yo nos mirábamos sin hablar, entusiasmados. Solo éramos unos turistas que buscaban el lugar más cercano a la cumbre de Mount Lee para hacer unas fotos, y ahora estábamos en una de las antiguas mansiones de Hollywoodland. La situación parecía irreal.
La anciana regresó con una bandeja en la que había una jarra con té y tres vasos anchos de cristal. Jake se levantó para ayudarla pero ella fue más rápida y colocó la bandeja sobre una mesa baja de madera oscura. Todos los muebles que yo había visto en la casa eran de aquella madera, y eran antiguos, buenos y pesados. Brillaban como si acabaran de limpiarlos.
Ella inició la conversación recordando a Jake que había dicho que nos habíamos perdido. Entonces él le explicó que buscábamos un lugar que estuviera cerca del letrero de Hollywood que había en lo alto de la colina. Queríamos hacer fotos.
La anciana dijo que debíamos subir por detrás de su casa y continuar por Deronda Drive hasta llegar al final de la calle. Allí había una buena vista del famoso letrero.
Jake agradeció la información, tomó un sorbo de té y le preguntó si ella había tenido alguna relación con el mundo del cine.
“Con diecisiete años actué en dos películas”, respondió. Y luego continuó: “Si no estoy equivocada sus títulos eran “Hogar, dulce hogar” y “Judith de Bethulia”. Hizo una pausa y añadió: “Poco después conocí a Lou. Entonces él trabajaba en el departamento de publicidad de Paramount Pictures. Fuimos novios durante un tiempo y luego nos casamos. Lou hizo que olvidara mi carrera de actriz. Él siempre decía que la industria del cine es un nido de víboras”.
Yo tenía la sensación de que en la casa solo estaba ella, y le pregunté si vivía allí con su marido. Ella negó con la cabeza y dijo que había muerto. Entonces le pregunté si vivía sola. Ella dijo que sí, pero que tenía amigos que la visitaban a menudo. Dije que yo no sería capaz de vivir sola en una casa tan grande y lejos de la ciudad. Ella aseguró que nunca iba a la ciudad.
Jake preguntó a la anciana si no había tenido miedo durante el terremoto. Ella lo miró como si no supiera de qué estaba hablando y dijo que llevaba muchos años viviendo allí y que estaba acostumbrada a los temblores de tierra. Jake comentó que el terremoto había sido bastante fuerte y le preguntó si había visto la noticia en televisión. Ella respondió que ya no veía la televisión ni leía los periódicos. Y luego dijo: “El mundo que yo conocí desapareció hace tiempo. El mundo de ahora no me interesa. Se ha vuelto loco demasiadas veces. Y cada vez es peor”.
Ella vio que no sabíamos qué decir y añadió: “Aquí mi vida es tranquila. Tengo mis libros, mis flores y mis recuerdos. No necesito más”.
Hice una seña a Jake y terminamos de beber nuestros tés. Le dije a la anciana que había sido muy amable con nosotros y que debíamos irnos. Seguro que tenía cosas que hacer y no queríamos robarle más tiempo. Ella dijo que tenía mucho tiempo libre y que algunas veces era aburrido. Nuestra visita había sido una sorpresa muy agradable.
Nos acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Yo le dije que tenía una casa preciosa y ella sonrió. “Pueden volver cuando quieran”, dijo.
Al salir nos golpeó el calor, parecía que la temperatura era más alta. Dentro del coche bajamos las ventanillas rápidamente y Jake puso el motor en marcha. El aire acondicionado seguía sin funcionar.
Jake giró el coche y subimos en la otra dirección. No había ningún vehículo en la carretera. Varias curvas más adelante llegamos a un cruce. No había ningún rótulo. Decidimos continuar subiendo y poco después casi nos equivocamos al tomar el desvío a Deronda Drive.
Unas cuantas curvas más y el letrero de Hollywood apareció ante nuestros ojos, en lo alto de Mount Lee. No estaba muy cerca. Pero la vista era bonita, como había dicho la anciana.
Salimos del coche y caminamos unos pasos para ver mejor el paisaje. Jake murmuró: “Judith de Bethulia”. Yo no sabía de qué estaba hablando y se lo pregunté. “Es algo que leí hace tiempo”, contestó. Pensé que era algo relacionado con su educación judía y busqué en el bolso la cámara fotográfica. Él sacó del bolsillo su viejo Motorola y dijo que iba a hacer una llamada. Se alejó un poco y yo me quedé allí haciendo fotos.
 

“He hablado con Theo”, dijo Jake cuando regresó. Theo Silverman era un amigo suyo, un amante del cine. “La vieja se ha burlado de nosotros”, afirmó. Yo le pedí que no la llamara “vieja” y  pregunté por qué decía aquello. “La mujer nos ha dicho que trabajó en dos películas cuando tenía diecisiete años: “Hogar, dulce hogar” y “Judith de Bethulia”. Esas películas son de Griffith”, explicó Jake. Y continuó: “Las dirigió en 1914. Eso quiere decir que la mujer tiene ahora... ¡ciento once años!”.
Le dije a Jake que la anciana se había equivocado. La memoria falla con la edad. O quizá estaba aburrida y había querido jugar un poco con nosotros. No había nada malo en ello. Jake parecía malhumorado y dijo que no le gustaban esos juegos.
Cuando regresamos al coche le pregunté adónde quería ir. La idea de subir a Mount Lee había sido mía, ahora debía elegir él. “Hace mucho calor. Podemos ir a beber algo a Sunset Boulevard”, respondió. Era un plan perfecto.
Varias curvas más abajo Jake frenó de pronto y el coche avanzó lentamente. Miró a su izquierda y dijo que aquella era la casa en la que habíamos estado antes. Yo miré a través del cristal. Parecía la casa de la anciana, pero no lo era. Le dije que era imposible que fuera la misma casa. Aquella no tenía flores en el jardín y parecía abandonada. Jake me miró durante un segundo y pisó el acelerador. El coche saltó hacia adelante. Le miré a los ojos y vi que estaba aterrorizado. Nunca antes lo había visto así. Le pregunté qué le sucedía y no respondió. Imaginé lo que estaba pasando en su cabeza, y decidí no hablar para que se tranquilizara.
Continuamos en silencio hasta que salimos de los límites de Hollywoodland. En aquel momento Jake dijo en voz baja que el aire acondicionado había empezado a funcionar. Era cierto. Y era extraño.

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American Dream


Pavani llega sonriendo a la puerta del restaurante indio. Es la primera vez que cena fuera de casa sin su marido desde que llegó a Estados Unidos, hace un mes. Nos abrazamos tímidamente y entramos en el local.
Pavani es una mujer guapa, con el pelo muy negro y largo. Habla inglés perfectamente con una voz cálida que me hace sentir bien. Nos acercamos a un mostrador de madera donde están los platos del bufet y ella me ayuda a elegir. No conozco mucho la comida india.
Ella fue a la oficina de Jake la semana pasada para pedir asesoramiento sobre leyes laborales. La especialidad de Jake son los maltratos a menores y frecuentemente trabajamos con los servicios sociales, pero Pavani llegó recomendada por un amigo de un amigo y Jake le dijo que la ayudaría. A Jake le gustan las mujeres guapas, aunque sea gay.
Mientras llenamos nuestros platos Pavani me agradece que haya venido hasta Bellevue. Yo le digo que solo he tenido que cruzar el puente. En realidad hay dos puentes entre Seattle y Bellevue. Las dos ciudades podrían ser una, pero están separadas por el lago Washington. A veces las personas también están separadas por otras clases de lagos. Yo pienso que siempre hay que buscar el puente.
Le pregunto a Pavani si se siente mejor. Ella afirma con la cabeza. Ayer Jake le dio una mala noticia, y ella salió llorando del despacho. Aún no tiene amigas en Bellevue y yo le propuse vernos hoy para charlar. Ella recuperó un poco su sonrisa y dijo que era una idea fantástica.
Después de sentarnos en una mesa que está junto a los ventanales miro a mi alrededor: paredes blancas, casi vacías, moqueta gris en el suelo y sillas con la pintura desgastada. Hay varias mesas ocupadas por personas solas o por parejas que comen en silencio. Es un restaurante triste.
Pavani me cuenta que se sintió muy feliz cuando le comunicaron a su marido que había sido seleccionado para el trabajo. La idea de abandonar Delhi y empezar una nueva vida en Estados Unidos le pareció una aventura estimulante, aunque ella tuviera que dejar su trabajo de profesora de matemáticas. Ahora no sabe si fue una buena idea.
Reconoce que no debe quejarse. La mayoría de las personas que vienen a Estados Unidos buscando un futuro mejor se encuentran con muchas dificultades. Ella no. Su marido es ingeniero informático y tiene un buen contrato en su empresa. Me dice que ahora tienen más dinero, un apartamento grande y bonito, y viven aquí, en Crossroads, que es un barrio seguro. Pero luego añade que en Delhi ella era más libre, más independiente. Allí tenía trabajo, familia, amigos, aquí está sola casi todo el tiempo. Eso le preocupa a su marido y ahora tiene con ella una actitud muy protectora.
Veo su ansiedad y le digo que aún es pronto, que acaba de llegar al país. En poco tiempo conocerá a gente y todo cambiará. Pavani me dice rápidamente que esta mañana ha conocido a una mujer en su edificio. También es india, de Bangalore. Ella le ha contado que llegó hace un año y casi no tiene amigas. Sabe que hay muchas mujeres en Bellevue como ella y Pavani, pero vive en un círculo cerrado. Sobre todo porque no habla bien inglés. Pavani me explica que esas mujeres tienen alrededor de treinta años, títulos universitarios, y tuvieron que dejar sus trabajos en India, China, Japón o Corea porque sus maridos consiguieron contratos en empresas tecnológicas como CenturyLink, Amazon y Microsoft. Y como ella, ninguna puede trabajar aquí. Sus visas no lo permiten.
Pavani se cubre la cara con las manos y pienso que va a llorar. Ayer Jake le dijo que debe pedir el permiso de trabajo lo más rápido posible, pero la valoración de su expediente y la aprobación llevarán mucho tiempo. Años, quizá más de diez.
Para tranquilizarla le digo que las leyes pueden cambiar, que están cambiando constantemente. Ella baja sus manos y continúa comiendo. Dice con tristeza que la comida se parece a la que ha comido siempre, pero que está hecha sin cariño. La miro y no sé qué decir.
Pasa un minuto que parece una hora y pienso en lo que Pavani puede hacer. Le pregunto si tiene aficiones, si le gusta hacer fotos. Ella responde que no tiene una afición concreta. Le explico que para mejorar su expediente tiene que conseguir el permiso de conducir, y que así podrá tener su propio coche. Pavani asiente con la cabeza. Le digo que puede participar como voluntaria en alguna organización local. De inmigrantes o no. También puede dar clases de inglés a otras mujeres de su país. O clases de matemáticas a sus hijos. Lo que no puede hacer es encerrarse en casa. Pavani se estira en su silla, levanta la cabeza y dice que no va a hacerlo. Parece que está convencida.
Cuando estamos terminando los postres se acerca un hombre hasta nuestra mesa. Pavani se sorprende al verlo. Ella hace las presentaciones. Es su marido.
Él me tiende la mano y yo se la estrecho, luego se sienta junto a su esposa. Me pregunta si he nacido en Estados Unidos. Sí. Quiere saber si estoy casada. No. Cuando veo su mirada de desaprobación entiendo por qué me ha resultado molesta la pregunta.
Pavani nos sugiere que tomemos un té chai antes de irnos. Su marido dice que no le apetece y mira su reloj. Lo gira alrededor de su muñeca. Vuelvo a ver la ansiedad en los ojos de Pavani y decido llamar a un camarero para pedir la cuenta.
Mientras busco en mi bolso la billetera el joven camarero regresa con la factura y la deja sobre la mesa. El marido de Pavani le entrega su American Express y entonces le explico que su esposa y yo habíamos acordado pagar la mitad cada una. Él no dice nada. Miro el importe de la cena, sumo la propina y le doy la mitad en billetes. Él sigue en silencio, y después de unos segundos que me resultan muy incómodos extiende el brazo y coge el dinero. No entiendo su comportamiento. Quizá no está acostumbrado a que las mujeres paguen en los restaurantes. Quizá es otra cosa.
Cuando salimos a la calle está anocheciendo. Me despido de los dos y le digo a Pavani que me llame cuando quiera. Podemos ir a una exposición, o al cine. Ella me da un fuerte abrazo y asegura que me llamará. No parece muy convencida.
Mientras la veo alejándose con su marido hacia el aparcamiento del centro comercial Crossroads Bellevue pienso en el resumen que ha hecho de su nueva vida: más dinero, mejor casa, más seguridad, menos libertad. Yo supongo que no es así como ella imaginaba el sueño americano.

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Tragedia

Point Wilson es una punta de tierra situada entre el estrecho de Juan de Fuca y Puget Sound, el estrecho que se introduce en el continente y que, entre islas de diferentes tamaños, llega hasta Seattle, Des Moines y Tacoma. El faro de Point Wilson se construyó en 1914. Desde ese año hasta 1926 el guardián del faro fue William J. Thomas. Él nunca pudo olvidar lo que sucedió la madrugada del 1 de abril de 1921.


Bill estaba preparando un café muy cargado en la sala de vigilancia del faro cuando oyó un estruendo en el exterior, procedente del mar. Había sonado fuerte, y metálico. Retiró rápidamente la cafetera del hornillo y miró el reloj de pared. Pasaban cuatro minutos de la medianoche. Se dirigió a los ventanales que miraban hacia Admiralty Inlet, la gran entrada a Puget Sound, y vio luces. Demasiadas luces. Entonces sacó los binoculares del estuche colgado de un clavo en la pared y corrió hacia la escalera de la torre. Mientras subía con toda la rapidez que le permitían sus piernas oyó tres veces seguidas la sirena de un barco. Era una señal de peligro. Al llegar arriba, donde estaba la luz del faro, pudo oír con claridad el sonido de una campana. Temió lo peor. Salió al balcón que coronaba la torre octogonal y miró hacia el norte. A tres cuartos de milla había dos barcos: uno grande, de pasajeros, y otro de carga, casi del mismo tamaño. El carguero había chocado de frente contra el centro del otro, por estribor, y su proa se había clavado en el casco como un hacha en la corteza de un árbol. Bill ajustó los binoculares y vio un corte vertical de unos tres metros de largo por el que entraba el agua. Era una herida mortal.
Mientras Bill bajaba tropezando por la escalera de caracol recordó que era viernes. A esa hora de la noche solo podía haber un barco de pasajeros entrando en Puget Sound: el S.S. Governor, de la compañía Pacific Coast Steamship. Era el vapor que hacía la ruta entre San Francisco y Seattle, y Bill tembló al pensar que aquel barco podía transportar a más de cuatrocientas personas, entre el pasaje y la tripulación.
Con el corazón en un puño llamó por teléfono a la Guardia Costera de Port Townsend. Les habló de la colisión y del S.S. Governor. Ellos pusieron en marcha las operaciones de rescate y le dijeron que el último barco que había zarpado del puerto era el S.S. West Hartland, un carguero que se dirigía hacia India. Tenía que ser el que había chocado contra el Governor.
Bill se puso su chaquetón y volvió a subir a la torre. No entendía qué había ocurrido. Aquella noche no había niebla, el mar estaba en calma y había un cuarto de luna. Bill no podía saber que el piloto del Governor había cometido un error. Había confundido las luces de circulación del West Hartland con las luces de tierra de Point Marrowstone y había mantenido el rumbo. Cuando vio al otro barco acercándose a toda máquina por estribor ya era demasiado tarde.
Bill salió de nuevo al balcón y una ráfaga de aire frío que venía del norte tensó los músculos de su cara. A través de los binoculares vio a mucha gente corriendo por la cubierta del Governor. Podía oír sus gritos de pánico y las órdenes de algunos miembros de la tripulación para que todos se reunieran junto a los botes salvavidas. También le pareció oír a un niño llamando a sus padres, al mismo tiempo que algunos pasajeros saltaban directamente a la proa del West Hartland. Bill estaba allí arriba, a más de quince metros sobre el nivel del mar, viéndolo todo como un espectador en la primera fila de un teatro, pero no podía hacer nada. Aunque fuera remando en su bote hasta el lugar de la colisión probablemente no llegaría a tiempo.
Tiempo era lo que necesitaba el Governor para seguir a flote. Bill pensó que el West Hartland debía permanecer clavado al barco de pasajeros, taponando la herida, hasta el último momento. Él no sabía que esa era la decisión que había tomado Alwen, el capitán del carguero. Desde el primer minuto había ordenado no parar las máquinas para evitar que el Governor se hundiera rápidamente.
Bill enfocó con sus binoculares el punto de impacto y pensó en las personas que viajaban en aquellos camarotes. Él no podía saber que la cabina de la familia Washburn se había partido por la mitad. En el lado de la puerta estaba la cama de los padres, Harry y Lucy. En el otro, las literas de las hijas, Sadie y Olene, de ocho y diez años. Las niñas habían quedado atrapadas y Harry estaba gravemente herido, así que Lucy había salido corriendo a buscar ayuda.
Bill vio que el Governor comenzaba a hundirse por la popa y en aquel momento la electricidad del barco se cortó. Los gritos en cubierta aumentaron y llegaron hasta él a través de la oscuridad. Ahora Bill solo podía ver lo que ocurría en los barcos a intervalos, cuando eran iluminados por el haz de luz del faro. Pronto encendieron varios focos en el West Hartland, y los dirigieron hacia el Governor y hacia el mar, donde ya estaba la mayor parte de los botes salvavidas.
En la cubierta del Governor todo era confusión. Muchos de los que quedaban a bordo se lanzaron a la proa del carguero, otros aún continuaban subiendo a los botes. Bill se estremeció. Quedaba poco tiempo para que el barco se hundiera definitivamente.
Bill vio a un pequeño grupo de pasajeros y tripulantes llegando al último bote salvavidas. La cubierta estaba despejada y pudo ver que llevaban a una persona en lo que parecía una camilla. Bill no podía saber que era Harry Washburn, y que a su lado iba su esposa Lucy. Tampoco podía saber que el rescate de las niñas era imposible y que aún continuaban atrapadas.
La sirena del West Hartland sonó una vez. Fue un pitido largo que a Bill le pareció eterno. Era la señal que indicaba que el tiempo se había acabado y que iban a iniciar la marcha atrás para separarse del Governor.
En aquel momento Bill vio a una mujer que se alejaba del bote salvavidas y que corría por la cubierta hacia una de las puertas de la nave. Oyó que la llamaban desde el bote, sin embargo la mujer no se detuvo y desapareció en el interior del barco. Bill no entendía qué estaba haciendo aquella mujer. Él no podía saber la razón de la desesperada carrera de Lucy, pero sí supo cuál sería su destino cuando vio descender el bote con los últimos supervivientes.
El carguero y las demás embarcaciones que había en el mar se alejaron del Governor para no hundirse con él. Bill vio luces llegando desde Puget Sound y enfocó sus binoculares. Eran un remolcador y un pequeño barco de la Guardia Costera. Varios minutos después, a la una y cuarto de la madrugada, el S.S. Governor levantó la proa hacia el negro cielo y se hundió para siempre en las profundidades de Admiralty Inlet.
De las doscientas noventa y seis personas que viajaban en el barco ocho perdieron la vida. Entre ellas, Lucy y sus hijas. Pero Bill no lo supo hasta bien entrada la mañana, cuando los detalles de la tragedia corrieron como la pólvora entre los habitantes de Port Townsend y llegaron hasta el faro de Point Wilson.

Lucy Minerva Washburn tenía treinta y cinco años cuando murió. Los mismos que tengo yo. Algunas veces me he preguntado qué habría hecho en su lugar. No tengo una respuesta.
Hay personas que afirman haber visto el fantasma de Lucy en la vieja casa del guardián del faro. Dicen que todavía está buscando a sus hijas. Pero esa es otra historia.

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