Todo cambia

En el ferry que va a Bainbridge Island me encuentro con Roberta. Pesa el doble que la última vez que la vi. Quizá algo menos. A su alrededor hay tres niños pequeños jugando sobre la cubierta. Nos abrazamos.
Desde hace seis años vive en Eagledale, al sur de nuestro puerto de destino. Me habla de sus hijos y del trabajo de su marido en una empresa de software de gestión. Ella no trabaja fuera de casa.
Quiere saber si me he casado, si tengo hijos. Le digo que no y ella cabecea y en su mirada veo algo parecido a la compasión. No reconozco a la amiga que tuve, aquella que estaba en el grupo feminista y participaba en acciones de protesta.
Me pregunta qué estoy haciendo ahora. Le digo que he vivido una temporada fuera, en Europa, y que trabajo con Jake en su oficina de abogado. Era el trabajo que tenía antes de irme. Ella no recuerda a Jake.
Suena la sirena del ferry y para Roberta es como una señal particular. Dice que en la cubierta no puede controlar a los niños y que van al interior a comprar barritas de chocolate en las máquinas. Me da un abrazo y se despide con una sonrisa. Mientras se aleja grita que estoy igual que siempre. No sé si es un elogio.
Voy hasta la popa para contemplar los rascacielos de Seattle. La ciudad parece la misma, pero ha cambiado. Todo cambia, todos cambiamos. No es necesariamente malo. Ni necesariamente bueno.


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