Personajes

Alguien lanzó un cubito de hielo a la cabeza disecada del alce y la camarera siguió trabajando detrás del mostrador, como si nada hubiera ocurrido. Un hombre a nuestro lado dijo que era la costumbre local. Nos pareció extraño.
Jake y yo estábamos en una de las mesas redondas del bar, y yo miraba hacia la puerta de entrada. Esperaba ver entrar al doctor Fleischman, o a Maggie, o a Chris, o a Marilyn o, mejor, a Ed, el chico más guapo de Cicely. Pero era imposible que eso sucediera. Cicely, Alaska, solo existía en el mundo de la ficción, y nosotros estábamos en Roslyn, Washington. Era el pequeño pueblo donde se rodó la serie de televisión “Northern Exposure” (“Doctor en Alaska”, “La última frontera”).
Jake llevaba años diciendo que teníamos que hacer aquel viaje. Así que habíamos salido de Seattle después del almuerzo y, después de conducir durante una hora y media, estábamos sentados en el Brick, la taberna más antigua del estado de Washington. Todo estaba como en la serie de televisión. Para nosotros era como volver al tiempo en que fuimos adolescentes. Yo no tenía tantos recuerdos como Jake, porque fue su serie favorita, pero hay imágenes que nunca se olvidan. Como la del alce caminando por la calle principal.
Un chico nos pidió permiso para sentarse en nuestra mesa. Mientras bebía su jarra de cerveza nos contó que al día siguiente se iba al Klondike en su camioneta. Lo habían contratado para buscar oro. Yo le dije que era una distancia muy larga y que atravesar todo Canadá hasta llegar casi a la frontera con Alaska le iba a llevar muchos días. Le pregunté por qué no iba en avión. El chico negó con la cabeza y afirmó que el Klondike estaba muy cerca. Luego se levantó y nos deseó buena suerte. En ese momento, un cubito de hielo voló por el aire y chocó contra una de las orejas del alce. Sí parecía una costumbre local. Un hombre calvo se acercó al chico y hablaron sobre una avioneta. El hombre quería vendérsela para que fuera al Klondike. Se alejaron hacia el mostrador y no pudimos oír más. Pero sí podíamos oír a los cuatro hombres que jugaban al póquer en la mesa de al lado. Estaban apostando miles de dólares. Jake y yo nos miramos sorprendidos. Aquello era una fortuna.
La puerta del Brick se abrió y entró una mujer rubia vestida con una gabardina con grandes solapas, como aquella que utilizaba Bogart en sus viejas películas. La mujer se acercó al mostrador de forma misteriosa. Más bien sospechosa. Pidió una bebida y la tomó de un trago. Luego hizo una seña a la camarera y, en lugar de pagar, le entregó un sobre amarillo que sacó de la gabardina. En ese momento entró en el bar un niño corriendo. Lanzó unos folletos al aire y gritó: “¡El circo ha llegado a la ciudad!”. Luego siguió corriendo hasta desaparecer por una puerta que había al fondo. Cuando volvimos a mirar hacia el mostrador la rubia también había desaparecido. Jake me preguntó si yo había visto un circo mientras recorríamos el pueblo. Le respondí que no. Él dijo que no entendía nada y se levantó para pedir más bebidas.
Cuando regresó tenía una sonrisa en los labios. Se sentó muy cerca de mí y me dijo que la camarera le había contado que ella estaba trabajando allí temporalmente, hasta que Holling y Shelly volvieran de las vacaciones. Me preguntó si yo sabía lo que eso significaba. No lo sabía. Jake me explicó que Holling y Shelly eran la pareja que regentaba el Brick en la serie de televisión. También me dijo que muchos habitantes de Roslyn participaron en la serie como extras o en pequeños papeles. Su teoría era que ahora, años después, interpretaban sus propios episodios, inventados por ellos mismos. A mí todo aquello me parecía demasiado fantástico.
El hombre calvo se acercó a nuestra mesa y nos preguntó si podía sentarse. Jake dijo que sí. El hombre quería vendernos una avioneta Cessna, casi nueva. Jake le dijo que estaba interesado, que yo era una princesa etíope, que quería casarse conmigo y que por ese motivo quería regalarme la avioneta. El hombre negó con la cabeza y dijo que no era el regalo adecuado para una princesa, que lo mejor era un castillo escocés. Él tenía uno en venta, casi nuevo. Cuando lo dijo yo no sabía qué pensar. O estaba loco o Jake tenía razón. Continuamos hablando con él durante varios minutos, y la conversación fue totalmente absurda y maravillosa.
El Brick comenzó a llenarse de gente. Un cubito de hielo rebotó en el cuello del alce y cayó sobre la cabeza de la camarera. Enfadada, preguntó quién lo había lanzado. El chico buscador de oro se acercó a ella y le dio un largo beso en la boca. Después se giró y fue hacia la puerta. La camarera le gritó: “¡No olvides la ropa de abrigo! ¡En el Klondike hace mucho frío!”. El chico saludó desde la puerta abierta y entonces entró un hombre barbudo con un banjo. Comenzó a tocar, lentamente, mientras avanzaba hacia el interior del bar. Luego se detuvo y dejó de pulsar las cuerdas. El sonido de otro banjo sonó en la puerta del fondo y apareció un joven pelirrojo. Se acercó hasta el extremo del mostrador. Los dos músicos se miraron a los ojos y entonces comenzó un duelo de banjos. En cada turno tocaban más y más rápido, y todos en el bar los observábamos con admiración. Luego cambiaron el ritmo y empezaron a tocar juntos una melodía que invitaba a bailar. Entonces aparecieron de la nada una chica con un violín y un hombre alto con un trombón, y el Brick se convirtió en una alegre sala de baile.
Jake dijo que estaba anocheciendo y que debíamos regresar a Seattle. Yo no quería irme, pero en el pueblo no había un motel donde quedarnos a pasar la noche. Así que nos levantamos y caminamos entre la gente hacia la puerta. Antes de salir apareció el hombre calvo, sonriendo, y le estrechó la mano a Jake. Luego se despidió de mí haciendo una reverencia.
Fuera no vimos a nadie, tampoco a ningún alce caminando por la calle principal. Cuando llegamos al coche miré hacia la puerta del Brick. La música se oía perfectamente desde el exterior. En aquel momento pensé en volver, quedarme en Roslyn para siempre, convertirme en un personaje de ficción.


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