Mi vecino


Mi vecino llora por las noches, aunque no todas. Él vive en la casa gris que está junto a la de mi abuela. La compró hace unos años, cuando yo no vivía aquí. Antes la casa era de los Hutcheson.
Mi vecino tiene unos cincuenta años. Es atlético, blanco, tiene las sienes plateadas y estoy segura de que cuando era joven las chicas iban detrás de él. Me lo he encontrado tres o cuatro veces este verano, en la calle y en el Safeway de Roosevelt Way, haciendo la compra. Él sabe que ahora soy su vecina y me saluda de forma cortés. Se nota que es un hombre educado, pero tiene un aire ausente, como si no le importara lo que sucede a su alrededor. Da la impresión de estar siempre concentrado, pensando en algo que ocurre dentro de su cabeza.
Este verano hace mucho calor. Al ponerse el sol abro las ventanas para que corra el aire y se refresque la casa. Desde la fachada lateral del primer piso puedo ver a poca distancia las ventanas de mi vecino. En la esquina tiene una especie de despacho, con una mesa de trabajo, un ordenador y varias estanterías con libros. Cuando abre sus ventanas puedo oír con claridad el sonido de su teclado. Escribe muy rápido. Pero no es algo continuo. A veces se detiene durante varios minutos, y luego vuelve a empezar.
La primera vez que lo oí era medianoche. Yo había subido a acostarme para leer un rato antes de dormir y entonces comencé a oír un sollozo. Solo podía venir de la casa de al lado. Mi vecino vive solo, y no recibe visitas, así que era él quien lloraba. Sentí curiosidad. Me levanté de la cama y caminé lentamente hasta la puerta de la habitación que da a la fachada lateral. Me quedé allí, de pie, escuchando. Oí que mi vecino escribía en su ordenador y pensé que estaba en un chat con alguien conocido y la conversación iba mal o le habían dado malas noticias. Él seguía llorando y lo imaginé sentado en su mesa con las lágrimas deslizándose por su cara. Pensé en avanzar unos pasos y acercarme sin hacer ruido hasta la ventana abierta. Pero me sentí incómoda, como si fuera una intrusa, así que cerré la puerta y regresé a mi habitación. No se puede espiar a la gente cuando llora.
Mi vecino se llama J. Mills, he visto el nombre en su buzón. No es un hombre madrugador, hasta mediodía no se oyen los típicos sonidos domésticos en su casa. No sé si trabaja en su despacho del primer piso o si está retirado. Quizá ha perdido el empleo. Lo cierto es que apenas sale. Tres o cuatro días por semana, al atardecer, se viste con ropas deportivas bastante usadas y sale a correr por las calles del barrio. Regresa media hora después. Los sábados por la tarde saca el Mazda del garaje y va a hacer la compra semanal. No sale a cenar fuera ni prepara cenas para los amigos. Siempre que lo he visto está solo, y la última vez, cuando lo vi desde el coche mientras yo me dirigía al centro y él volvía corriendo a casa por la 18, me pareció un hombre muy cansado. Pero no por el esfuerzo de la carrera.
Esta noche mi vecino, el señor Mills, está llorando de nuevo. Lo oigo desde la puerta de mi habitación y no puedo evitar imaginarlo sentado ante el teclado de su ordenador. He preguntado acerca de él a varios amigos del barrio y creo que sé la razón de su tristeza, aunque es solo una suposición. El señor Mills es un escritor muy conocido. Sus libros están en todas las librerías, firmados con un seudónimo. Hoy he comprado uno y he empezado a leerlo. Yo también me he sentido triste. Porque mi vecino escribe historias de amor.

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