Espejismos


Los veo en las calles, en las plazas, en los parques, en los muelles, en los callejones, en las puertas de los supermercados, alrededor de las estaciones, bajo los pasos elevados.
Hay gente que piensa que son espejismos, que no existen realmente. Otros miran a través de ellos, porque son casi invisibles. Muchos no los miran, porque los temen. O porque temen llegar a ser como ellos.
No les gusta que les hagan fotos, ni aparecer en televisión. No suelen mirar a los ojos, porque no quieren ver su reflejo en las miradas de los demás.
Caminan sin prisa, sin rumbo. Han perdido el trabajo, el coche, la casa, la pareja, los hijos, los padres, los amigos, la salud, la esperanza, el futuro.
Recuerdo al viejo boxeador que me habló de su combate con Cassius Clay frente a la Union Gospel Mission, a la joven vietnamita que recogía latas de refrescos en los cubos de basura de Ravenna Park, a la vagabunda que entró en el Sunlight Cafe con cuatro bolsas de supermercado y olía como si llevara meses sin lavarse, al hombre que parecía un profesor retirado que me pidió, por favor, que le comprara un bidón de leche en el Safeway, a la mujer alcohólica apuñalada por su compañero en un banco de Hing Hay Park, al chico alto con coleta que me pidió un dólar en King Street Station y me dio a cambio una flor de papel de periódico. Recuerdo también a una joven adicta a las drogas, por la noche, corriendo por Jackson Street y llamando a gritos a su mamá.
Hay gente que piensa que son espejismos. Pero son personas.

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