Él y yo


Me agarré con fuerza a la barandilla del pasillo exterior del motel. No temblaba por lo que había hecho, sino por lo que iba a hacer.
Levanté la vista hacia las luces del crepúsculo y las imágenes de los últimos días se proyectaron sobre el cielo rojizo con la velocidad de un meteoro: él entrando en la agencia inmobiliaria en la que yo trabajaba con una sonrisa que te dejaba sin respiración, visitando conmigo la casa valorada en 800.000 dólares, cerrando el trato con los dueños a través de mi jefe y diciéndole que yo era una vendedora magnífica, invitándome a cenar para celebrar su compra, brindando en aquel restaurante tan bonito, despidiéndose de mí como un caballero inglés, llamándome dos días después para invitarme a pasar juntos el fin de semana, hablándome en el ferry de la empresa que había creado desde cero y que ahora tenía treinta empleados, diciéndome que sus inversiones en el extranjero crecían cada día, conduciendo su automóvil descapotable azul por la carretera de la costa, hablándome de su colección de armas y de que estaba preparado para cualquier cosa, afirmando que el país iría a la bancarrota si los políticos no hacían algo con los inmigrantes, quejándose a la camarera en el restaurante por equivocarse con la botella de vino, quejándose del motel de Port Angeles porque no era lo que esperaba, diciéndome al oído que las mujeres negras tenemos un olor raro, entrando y saliendo de mí como si solo existiera él.
Ahora él estaba tendido en el suelo del cuarto de baño, inconsciente, con la cabeza abierta después de haber resbalado al salir de la ducha.
Yo sentía rabia por haber dejado que me sedujera, por no haber querido ver cómo era realmente, por no haber huido antes. La misma rabia con la que había recogido mis cosas y me había ido abriendo la puerta de golpe.
Apreté la barandilla hasta que dejé de sentir las manos. Luego regresé a la habitación, llamé al encargado y pedí una ambulancia.
Yo no era como él.

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