Él y yo


Me agarré con fuerza a la barandilla del pasillo exterior del motel. No temblaba por lo que había hecho, sino por lo que iba a hacer.
Levanté la vista hacia las luces del crepúsculo y las imágenes de los últimos días se proyectaron sobre el cielo rojizo con la velocidad de un meteoro: él entrando en la agencia inmobiliaria en la que yo trabajaba con una sonrisa que te dejaba sin respiración, visitando conmigo la casa valorada en 800.000 dólares, cerrando el trato con los dueños a través de mi jefe y diciéndole que yo era una vendedora magnífica, invitándome a cenar para celebrar su compra, brindando en aquel restaurante tan bonito, despidiéndose de mí como un caballero inglés, llamándome dos días después para invitarme a pasar juntos el fin de semana, hablándome en el ferry de la empresa que había creado desde cero y que ahora tenía treinta empleados, diciéndome que sus inversiones en el extranjero crecían cada día, conduciendo su automóvil descapotable azul por la carretera de la costa, hablándome de su colección de armas y de que estaba preparado para cualquier cosa, afirmando que el país iría a la bancarrota si los políticos no hacían algo con los inmigrantes, quejándose a la camarera en el restaurante por equivocarse con la botella de vino, quejándose del motel de Port Angeles porque no era lo que esperaba, diciéndome al oído que las mujeres negras tenemos un olor raro, entrando y saliendo de mí como si solo existiera él.
Ahora él estaba tendido en el suelo del cuarto de baño, inconsciente, con la cabeza abierta después de haber resbalado al salir de la ducha.
Yo sentía rabia por haber dejado que me sedujera, por no haber querido ver cómo era realmente, por no haber huido antes. La misma rabia con la que había recogido mis cosas y me había ido abriendo la puerta de golpe.
Apreté la barandilla hasta que dejé de sentir las manos. Luego regresé a la habitación, llamé al encargado y pedí una ambulancia.
Yo no era como él.

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Todo cambia

En el ferry que va a Bainbridge Island me encuentro con Roberta. Pesa el doble que la última vez que la vi. Quizá algo menos. A su alrededor hay tres niños pequeños jugando sobre la cubierta. Nos abrazamos.
Desde hace seis años vive en Eagledale, al sur de nuestro puerto de destino. Me habla de sus hijos y del trabajo de su marido en una empresa de software de gestión. Ella no trabaja fuera de casa.
Quiere saber si me he casado, si tengo hijos. Le digo que no y ella cabecea y en su mirada veo algo parecido a la compasión. No reconozco a la amiga que tuve, aquella que estaba en el grupo feminista y participaba en acciones de protesta.
Me pregunta qué estoy haciendo ahora. Le digo que he vivido una temporada fuera, en Europa, y que trabajo con Jake en su oficina de abogado. Era el trabajo que tenía antes de irme. Ella no recuerda a Jake.
Suena la sirena del ferry y para Roberta es como una señal particular. Dice que en la cubierta no puede controlar a los niños y que van al interior a comprar barritas de chocolate en las máquinas. Me da un abrazo y se despide con una sonrisa. Mientras se aleja grita que estoy igual que siempre. No sé si es un elogio.
Voy hasta la popa para contemplar los rascacielos de Seattle. La ciudad parece la misma, pero ha cambiado. Todo cambia, todos cambiamos. No es necesariamente malo. Ni necesariamente bueno.


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Espejismos


Los veo en las calles, en las plazas, en los parques, en los muelles, en los callejones, en las puertas de los supermercados, alrededor de las estaciones, bajo los pasos elevados.
Hay gente que piensa que son espejismos, que no existen realmente. Otros miran a través de ellos, porque son casi invisibles. Muchos no los miran, porque los temen. O porque temen llegar a ser como ellos.
No les gusta que les hagan fotos, ni aparecer en televisión. No suelen mirar a los ojos, porque no quieren ver su reflejo en las miradas de los demás.
Caminan sin prisa, sin rumbo. Han perdido el trabajo, el coche, la casa, la pareja, los hijos, los padres, los amigos, la salud, la esperanza, el futuro.
Recuerdo al viejo boxeador que me habló de su combate con Cassius Clay frente a la Union Gospel Mission, a la joven vietnamita que recogía latas de refrescos en los cubos de basura de Ravenna Park, a la vagabunda que entró en el Sunlight Cafe con cuatro bolsas de supermercado y olía como si llevara meses sin lavarse, al hombre que parecía un profesor retirado que me pidió, por favor, que le comprara un bidón de leche en el Safeway, a la mujer alcohólica apuñalada por su compañero en un banco de Hing Hay Park, al chico alto con coleta que me pidió un dólar en King Street Station y me dio a cambio una flor de papel de periódico. Recuerdo también a una joven adicta a las drogas, por la noche, corriendo por Jackson Street y llamando a gritos a su mamá.
Hay gente que piensa que son espejismos. Pero son personas.

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Personajes

Alguien lanzó un cubito de hielo a la cabeza disecada del alce y la camarera siguió trabajando detrás del mostrador, como si nada hubiera ocurrido. Un hombre a nuestro lado dijo que era la costumbre local. Nos pareció extraño.
Jake y yo estábamos en una de las mesas redondas del bar, y yo miraba hacia la puerta de entrada. Esperaba ver entrar al doctor Fleischman, o a Maggie, o a Chris, o a Marilyn o, mejor, a Ed, el chico más guapo de Cicely. Pero era imposible que eso sucediera. Cicely, Alaska, solo existía en el mundo de la ficción, y nosotros estábamos en Roslyn, Washington. Era el pequeño pueblo donde se rodó la serie de televisión “Northern Exposure” (“Doctor en Alaska”, “La última frontera”).
Jake llevaba años diciendo que teníamos que hacer aquel viaje. Así que habíamos salido de Seattle después del almuerzo y, después de conducir durante una hora y media, estábamos sentados en el Brick, la taberna más antigua del estado de Washington. Todo estaba como en la serie de televisión. Para nosotros era como volver al tiempo en que fuimos adolescentes. Yo no tenía tantos recuerdos como Jake, porque fue su serie favorita, pero hay imágenes que nunca se olvidan. Como la del alce caminando por la calle principal.
Un chico nos pidió permiso para sentarse en nuestra mesa. Mientras bebía su jarra de cerveza nos contó que al día siguiente se iba al Klondike en su camioneta. Lo habían contratado para buscar oro. Yo le dije que era una distancia muy larga y que atravesar todo Canadá hasta llegar casi a la frontera con Alaska le iba a llevar muchos días. Le pregunté por qué no iba en avión. El chico negó con la cabeza y afirmó que el Klondike estaba muy cerca. Luego se levantó y nos deseó buena suerte. En ese momento, un cubito de hielo voló por el aire y chocó contra una de las orejas del alce. Sí parecía una costumbre local. Un hombre calvo se acercó al chico y hablaron sobre una avioneta. El hombre quería vendérsela para que fuera al Klondike. Se alejaron hacia el mostrador y no pudimos oír más. Pero sí podíamos oír a los cuatro hombres que jugaban al póquer en la mesa de al lado. Estaban apostando miles de dólares. Jake y yo nos miramos sorprendidos. Aquello era una fortuna.
La puerta del Brick se abrió y entró una mujer rubia vestida con una gabardina con grandes solapas, como aquella que utilizaba Bogart en sus viejas películas. La mujer se acercó al mostrador de forma misteriosa. Más bien sospechosa. Pidió una bebida y la tomó de un trago. Luego hizo una seña a la camarera y, en lugar de pagar, le entregó un sobre amarillo que sacó de la gabardina. En ese momento entró en el bar un niño corriendo. Lanzó unos folletos al aire y gritó: “¡El circo ha llegado a la ciudad!”. Luego siguió corriendo hasta desaparecer por una puerta que había al fondo. Cuando volvimos a mirar hacia el mostrador la rubia también había desaparecido. Jake me preguntó si yo había visto un circo mientras recorríamos el pueblo. Le respondí que no. Él dijo que no entendía nada y se levantó para pedir más bebidas.
Cuando regresó tenía una sonrisa en los labios. Se sentó muy cerca de mí y me dijo que la camarera le había contado que ella estaba trabajando allí temporalmente, hasta que Holling y Shelly volvieran de las vacaciones. Me preguntó si yo sabía lo que eso significaba. No lo sabía. Jake me explicó que Holling y Shelly eran la pareja que regentaba el Brick en la serie de televisión. También me dijo que muchos habitantes de Roslyn participaron en la serie como extras o en pequeños papeles. Su teoría era que ahora, años después, interpretaban sus propios episodios, inventados por ellos mismos. A mí todo aquello me parecía demasiado fantástico.
El hombre calvo se acercó a nuestra mesa y nos preguntó si podía sentarse. Jake dijo que sí. El hombre quería vendernos una avioneta Cessna, casi nueva. Jake le dijo que estaba interesado, que yo era una princesa etíope, que quería casarse conmigo y que por ese motivo quería regalarme la avioneta. El hombre negó con la cabeza y dijo que no era el regalo adecuado para una princesa, que lo mejor era un castillo escocés. Él tenía uno en venta, casi nuevo. Cuando lo dijo yo no sabía qué pensar. O estaba loco o Jake tenía razón. Continuamos hablando con él durante varios minutos, y la conversación fue totalmente absurda y maravillosa.
El Brick comenzó a llenarse de gente. Un cubito de hielo rebotó en el cuello del alce y cayó sobre la cabeza de la camarera. Enfadada, preguntó quién lo había lanzado. El chico buscador de oro se acercó a ella y le dio un largo beso en la boca. Después se giró y fue hacia la puerta. La camarera le gritó: “¡No olvides la ropa de abrigo! ¡En el Klondike hace mucho frío!”. El chico saludó desde la puerta abierta y entonces entró un hombre barbudo con un banjo. Comenzó a tocar, lentamente, mientras avanzaba hacia el interior del bar. Luego se detuvo y dejó de pulsar las cuerdas. El sonido de otro banjo sonó en la puerta del fondo y apareció un joven pelirrojo. Se acercó hasta el extremo del mostrador. Los dos músicos se miraron a los ojos y entonces comenzó un duelo de banjos. En cada turno tocaban más y más rápido, y todos en el bar los observábamos con admiración. Luego cambiaron el ritmo y empezaron a tocar juntos una melodía que invitaba a bailar. Entonces aparecieron de la nada una chica con un violín y un hombre alto con un trombón, y el Brick se convirtió en una alegre sala de baile.
Jake dijo que estaba anocheciendo y que debíamos regresar a Seattle. Yo no quería irme, pero en el pueblo no había un motel donde quedarnos a pasar la noche. Así que nos levantamos y caminamos entre la gente hacia la puerta. Antes de salir apareció el hombre calvo, sonriendo, y le estrechó la mano a Jake. Luego se despidió de mí haciendo una reverencia.
Fuera no vimos a nadie, tampoco a ningún alce caminando por la calle principal. Cuando llegamos al coche miré hacia la puerta del Brick. La música se oía perfectamente desde el exterior. En aquel momento pensé en volver, quedarme en Roslyn para siempre, convertirme en un personaje de ficción.


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Mi vecino


Mi vecino llora por las noches, aunque no todas. Él vive en la casa gris que está junto a la de mi abuela. La compró hace unos años, cuando yo no vivía aquí. Antes la casa era de los Hutcheson.
Mi vecino tiene unos cincuenta años. Es atlético, blanco, tiene las sienes plateadas y estoy segura de que cuando era joven las chicas iban detrás de él. Me lo he encontrado tres o cuatro veces este verano, en la calle y en el Safeway de Roosevelt Way, haciendo la compra. Él sabe que ahora soy su vecina y me saluda de forma cortés. Se nota que es un hombre educado, pero tiene un aire ausente, como si no le importara lo que sucede a su alrededor. Da la impresión de estar siempre concentrado, pensando en algo que ocurre dentro de su cabeza.
Este verano hace mucho calor. Al ponerse el sol abro las ventanas para que corra el aire y se refresque la casa. Desde la fachada lateral del primer piso puedo ver a poca distancia las ventanas de mi vecino. En la esquina tiene una especie de despacho, con una mesa de trabajo, un ordenador y varias estanterías con libros. Cuando abre sus ventanas puedo oír con claridad el sonido de su teclado. Escribe muy rápido. Pero no es algo continuo. A veces se detiene durante varios minutos, y luego vuelve a empezar.
La primera vez que lo oí era medianoche. Yo había subido a acostarme para leer un rato antes de dormir y entonces comencé a oír un sollozo. Solo podía venir de la casa de al lado. Mi vecino vive solo, y no recibe visitas, así que era él quien lloraba. Sentí curiosidad. Me levanté de la cama y caminé lentamente hasta la puerta de la habitación que da a la fachada lateral. Me quedé allí, de pie, escuchando. Oí que mi vecino escribía en su ordenador y pensé que estaba en un chat con alguien conocido y la conversación iba mal o le habían dado malas noticias. Él seguía llorando y lo imaginé sentado en su mesa con las lágrimas deslizándose por su cara. Pensé en avanzar unos pasos y acercarme sin hacer ruido hasta la ventana abierta. Pero me sentí incómoda, como si fuera una intrusa, así que cerré la puerta y regresé a mi habitación. No se puede espiar a la gente cuando llora.
Mi vecino se llama J. Mills, he visto el nombre en su buzón. No es un hombre madrugador, hasta mediodía no se oyen los típicos sonidos domésticos en su casa. No sé si trabaja en su despacho del primer piso o si está retirado. Quizá ha perdido el empleo. Lo cierto es que apenas sale. Tres o cuatro días por semana, al atardecer, se viste con ropas deportivas bastante usadas y sale a correr por las calles del barrio. Regresa media hora después. Los sábados por la tarde saca el Mazda del garaje y va a hacer la compra semanal. No sale a cenar fuera ni prepara cenas para los amigos. Siempre que lo he visto está solo, y la última vez, cuando lo vi desde el coche mientras yo me dirigía al centro y él volvía corriendo a casa por la 18, me pareció un hombre muy cansado. Pero no por el esfuerzo de la carrera.
Esta noche mi vecino, el señor Mills, está llorando de nuevo. Lo oigo desde la puerta de mi habitación y no puedo evitar imaginarlo sentado ante el teclado de su ordenador. He preguntado acerca de él a varios amigos del barrio y creo que sé la razón de su tristeza, aunque es solo una suposición. El señor Mills es un escritor muy conocido. Sus libros están en todas las librerías, firmados con un seudónimo. Hoy he comprado uno y he empezado a leerlo. Yo también me he sentido triste. Porque mi vecino escribe historias de amor.

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