Promesas


Era viernes por la noche y estábamos en la zona del fondo del Crocodile Cafe, donde estaban los sofás de vinilo rojo y las lámparas de araña. Éramos Jake, un amigo suyo que no era gay y yo. El amigo de Jake bebía cerveza sin parar, y me miraba a través de su vaso casi vacío. Yo empezaba a estar harta de su comportamiento adolescente, por eso desviaba la mirada hacia los vidrios de colores de las cristaleras que daban al callejón. En los últimos minutos la barra se había llenado de gente que hacía ruido y se reía, y apenas podía oír “Soldier of Love”. La versión de Pearl Jam.
Jake pegó un puñetazo en la mesa, no muy fuerte, y se quejó porque no le prestábamos atención. Yo sabía que había estado hablando del examen que él y su amigo tenían el lunes en la universidad, pero hacía rato que había perdido el hilo. Le dije que lo sentía y que continuara hablando. Jake cruzó los brazos sobre su pecho y dijo que la amistad se demuestra cuando las cosas van mal, no solo cuando todo es divertido. Me enfadé. Le dije que llevábamos tres años compartiendo muchas cosas que iban mal, y que su actitud estaba fuera de lugar. Jake acabó su bebida y permaneció en silencio. Fue un momento embarazoso para mí, uno de los pocos que he tenido con Jake desde entonces.
Miré hacia el pasillo y vi que llegaban Janet y Roberta como si fueran dos huracanes. Sin pensarlo me levanté del sofá y fui hacia ellas. El Croc tenía tres espacios diferentes. En la parte delantera, una larga cafetería que parecía de los años sesenta, y después, un corto pasillo por el que se iba a la zona del fondo. Según entrabas en la cafetería, a la izquierda, estaban las puertas de la sala de conciertos, negras como la noche. La sala era pequeña, para unas trescientas personas, pero era grande para la historia musical de Seattle. En aquel escenario actuaron Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains, Mudhoney, The Posies, Cheap Trick, Beastie Boys, Porcupine Tree, Indigo Girls, Ben Harper y muchos más. Y, cómo no, R.E.M., mi banda favorita.
Janet dijo que iban al concierto, que el cantante era amigo de las dos, que no le importaría ser la madre de sus hijos y que si me unía a la fiesta. Roberta añadió: “Si no vienes te mato”. En aquel momento apareció Jake detrás de mí y me dijo al oído que se iba a casa. También se disculpó por lo que había ocurrido. Yo le di un abrazo y le dije que lo telefonearía al día siguiente, por la tarde. Su amigo no se marchó con él, sino que nos siguió hasta la sala, como un perrito faldero. Él no sabía que no me gustan las mascotas.
El concierto estuvo tremendo y nosotras bailamos, saltamos y aullamos como lobas. Teníamos veinte años. Cuando se encendieron las luces y la banda comenzó a salir del escenario fuimos hasta donde estaba el cantante y le pedimos que nos firmara autógrafos. Mis amigas lo llenaron de besos, luego nos despedimos. No vi al amigo de Jake por ninguna parte.
Salimos del Crocodile cantando como locas “Rescue Me”, de la gran gran Fontella Bass. En la calle hacía frío, pero la noche era especial. Janet, Roberta y yo nos abrazamos con fuerza durante varios segundos y prometimos ser siempre amigas, hasta el fin del mundo.
No está bien incumplir las promesas. Pero lo hacemos demasiadas veces.

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