Orgullo

Rosie Owens esperaba en la esquina de Second Avenue con Virginia Street. Era noviembre y hacía frío. Vestía su mejor abrigo, uno de lana gris ajustado a la cintura, y llevaba un sombrero forrado de raso negro que había comprado días antes en los grandes almacenes Rhodes, varias manzanas más abajo. Miró su reloj de pulsera y comprobó que su novio, o casi novio, llevaba cinco minutos de retraso. Era su tercera cita con él y sabía que el joven quería impresionarla aquella noche, pero hacerla esperar no era lo correcto. En la acera de enfrente los automóviles se detenían durante unos segundos delante del teatro Moore para que bajaran los pasajeros y luego continuaban su camino. La puerta principal del teatro comenzaba a llenarse de gente, vestida con prendas de mejor calidad que las suyas, y, desde su posición, Rosie podía ver cómo brillaban las joyas en los cuellos de las mujeres. El Moore se había construido ocho años atrás, en 1907, y desde entonces era el teatro más lujoso de Seattle y uno de los tres más grandes del país.
El joven llegó corriendo y lo primero que hizo fue disculparse, luego sacó la billetera de su abrigo y la abrió lentamente delante de ella. Rosie vio dos entradas del Moore y sus ojos brillaron más que todas las joyas que había en la acera de enfrente. Su novio la tomó del brazo y juntos cruzaron la calle. En el otro lado él dijo que su puerta estaba en la parte de atrás y bajaron por Virginia Street. Cuando Rosie vio a las personas que subían por una escalera exterior hasta una puerta abierta en lo alto de la pared de ladrillo comprendió. No podía ser de otro modo. Los estados del noroeste eran diferentes, Seattle era diferente. Por eso ella había dejado Kansas City para buscar aquí una vida mejor. Pero la realidad era que seguía estando en el mismo país. Mientras subía y subía por las escaleras se sintió humillada. Como tantas veces. Cuando llegó a la puerta pensó en quejarse al hombre que comprobaba las entradas, pero se tragó su orgullo y calló.
Al entrar en la galería, en lo más alto del teatro, vio la gran bóveda del techo, el escenario y los palcos a ambos lados, como balcones flotando en el aire. Le pareció el edificio más maravilloso que había visto nunca y pensó que era una mujer privilegiada. En otros lugares ella jamás hubiera llegado hasta allí. Rosie tenía un rostro pálido que podía confundir a muchos, pero su piel era tan negra como la del público que estaba sentado en la galería.

Después de Rosie Owens hubo muchas “Rosies” que continuaron aceptando las reglas en silencio. Hasta que un día de 1955, en Montgomery, Alabama, Rosa Parks no se levantó de su asiento en el autobús para dárselo a un hombre blanco. Ella no se tragó su orgullo y todo empezó a cambiar.


Gracias a Rosa Parks y a las personas que siguieron su ejemplo yo puedo entrar en el Moore por la puerta principal.

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Promesas


Era viernes por la noche y estábamos en la zona del fondo del Crocodile Cafe, donde estaban los sofás de vinilo rojo y las lámparas de araña. Éramos Jake, un amigo suyo que no era gay y yo. El amigo de Jake bebía cerveza sin parar, y me miraba a través de su vaso casi vacío. Yo empezaba a estar harta de su comportamiento adolescente, por eso desviaba la mirada hacia los vidrios de colores de las cristaleras que daban al callejón. En los últimos minutos la barra se había llenado de gente que hacía ruido y se reía, y apenas podía oír “Soldier of Love”. La versión de Pearl Jam.
Jake pegó un puñetazo en la mesa, no muy fuerte, y se quejó porque no le prestábamos atención. Yo sabía que había estado hablando del examen que él y su amigo tenían el lunes en la universidad, pero hacía rato que había perdido el hilo. Le dije que lo sentía y que continuara hablando. Jake cruzó los brazos sobre su pecho y dijo que la amistad se demuestra cuando las cosas van mal, no solo cuando todo es divertido. Me enfadé. Le dije que llevábamos tres años compartiendo muchas cosas que iban mal, y que su actitud estaba fuera de lugar. Jake acabó su bebida y permaneció en silencio. Fue un momento embarazoso para mí, uno de los pocos que he tenido con Jake desde entonces.
Miré hacia el pasillo y vi que llegaban Janet y Roberta como si fueran dos huracanes. Sin pensarlo me levanté del sofá y fui hacia ellas. El Croc tenía tres espacios diferentes. En la parte delantera, una larga cafetería que parecía de los años sesenta, y después, un corto pasillo por el que se iba a la zona del fondo. Según entrabas en la cafetería, a la izquierda, estaban las puertas de la sala de conciertos, negras como la noche. La sala era pequeña, para unas trescientas personas, pero era grande para la historia musical de Seattle. En aquel escenario actuaron Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains, Mudhoney, The Posies, Cheap Trick, Beastie Boys, Porcupine Tree, Indigo Girls, Ben Harper y muchos más. Y, cómo no, R.E.M., mi banda favorita.
Janet dijo que iban al concierto, que el cantante era amigo de las dos, que no le importaría ser la madre de sus hijos y que si me unía a la fiesta. Roberta añadió: “Si no vienes te mato”. En aquel momento apareció Jake detrás de mí y me dijo al oído que se iba a casa. También se disculpó por lo que había ocurrido. Yo le di un abrazo y le dije que lo telefonearía al día siguiente, por la tarde. Su amigo no se marchó con él, sino que nos siguió hasta la sala, como un perrito faldero. Él no sabía que no me gustan las mascotas.
El concierto estuvo tremendo y nosotras bailamos, saltamos y aullamos como lobas. Teníamos veinte años. Cuando se encendieron las luces y la banda comenzó a salir del escenario fuimos hasta donde estaba el cantante y le pedimos que nos firmara autógrafos. Mis amigas lo llenaron de besos, luego nos despedimos. No vi al amigo de Jake por ninguna parte.
Salimos del Crocodile cantando como locas “Rescue Me”, de la gran gran Fontella Bass. En la calle hacía frío, pero la noche era especial. Janet, Roberta y yo nos abrazamos con fuerza durante varios segundos y prometimos ser siempre amigas, hasta el fin del mundo.
No está bien incumplir las promesas. Pero lo hacemos demasiadas veces.

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Mayday

Regresé a Seattle hace tres meses y ya me parece que nunca me fui. De nuevo estoy en la casa de mi abuela Charlotte, donde viví varios años. Ahora la casa es mía. En las últimas semanas me he ocupado de las cosas de mi abuela, de los objetos que la acompañaron durante toda la vida. No es fácil decidir qué se hace con las cosas de los muertos.
Encontré una caja con fotografías y objetos personales de mi abuelo. Yo nunca lo conocí, murió en la guerra de Vietnam. En la caja había un papel escrito a mano. Es una historia. Mi abuelo la tituló “Mayday”, como la llamada de socorro de las fuerzas aéreas.
Espero que mi traducción sea tan buena como el original.


En un cruce de malas calles un soldado negro borracho gritó “mayday”. Un automóvil se detuvo junto a él y un jovencito blanco que reía se apeó y le golpeó en la cara. Histérica, una puta aplaudía mientras la sangre brotaba del labio abierto. El soldado negro comenzó a llorar sin lágrimas. Con el rostro cubierto por sus manos avanzó con pasos ciegos hacia la pared más cercana y se pegó a ella, de espaldas al mundo. Durante unos minutos lloró en silencio por sus hermanos muertos y se maldijo por conservar aún la vida.

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