La calabaza


El cruce de la 35 Noreste con la 85 es el centro geográfico y comercial de Wedgwood, que es un barrio que está junto al mío, Ravenna. En ese cruce, donde hay un supermercado QFC, antes hubo otro de la cadena Tradewell. Era un edificio cuadrado de una sola planta, con la fachada delantera de cristal y un pequeño porche. No era un edificio bonito, pero tenía el estilo de la década de 1950 y una T gigante como reclamo para los clientes. Sus puertas se abrieron por primera vez en 1959, y se cerraron para siempre en 1988. Yo nunca lo conocí. Cuando se cerró yo tenía ocho años y no vivía en Seattle, vivía en Oak Harbor.
Hace unos pocos días me visitó una amiga de mi abuela Charlotte. Una de las mejores. Estuvimos hablando durante horas sobre mi abuela, sobre el barrio y sobre el pasado. Ella me contó algo que le ocurrió en aquel supermercado Tradewell en 1964. Esta es su historia.

Geraldine entró en el supermercado caminando con pasos rápidos y seguros. Necesitaba aquel trabajo de cajera, y sabía que podía conseguirlo. Lo más importante era no perder los estribos en ningún momento. Y también debía ser cortés, persuasiva, y firme en sus palabras. Entonces pensó que tenía que hacer demasiadas cosas y sus piernas temblaron, pero continuó hasta el fondo, donde estaban las oficinas.
Un amigo que vivía en Wedgwood le había conseguido la entrevista para aquel sábado por la mañana. Su amigo era blanco, ella no. Y eso el jefe de personal no lo sabía.
Cuando llamó a la puerta del despacho tenía la boca seca y el corazón le latía con fuerza. Miró hacia atrás y vio algunas caras conocidas entre los clientes que estaban llenando sus carros. Una de aquellas caras la miró con gesto de preocupación, luego esbozó una sonrisa y bajó la cabeza. Ella se giró hacia la puerta y pensó: “¡Allá vamos!”.
El jefe de personal era joven y amable y la invitó a sentarse frente a su mesa. Geraldine le dijo su nombre y por qué estaba allí. Entonces él cambió su actitud y su rostro se tensó. Le dijo que no podía hacer nada por ella porque no necesitaba más empleados. No era cierto, Geraldine lo sabía, y le preguntó muy educadamente si el problema era el color de su piel. El hombre negó con la cabeza. Luego explicó que Wedgwood era un barrio mayoritariamente blanco, y que la compañía Tradewell tenía normas sobre cuáles eran los empleados más apropiados para sus diferentes tiendas de comestibles. Lo importante era ofrecer el mejor servicio al cliente, y ellos no tenían una política de discriminación con los trabajadores. No era cierto. Geraldine se enfureció y quiso decirle que Tradewell solo había contratado a cuatro personas negras en los últimos dos años, en barrios que no eran “mayoritariamente blancos”, y que el problema sí era el color de la piel. Pero no dijo nada. Simplemente sonrió y esperó unos segundos. En aquel momento llamaron a la puerta y entró un joven empleado, muy nervioso. Entonces, a través de la puerta abierta, Geraldine pudo oír algunos gritos que sonaban en el exterior del edificio. El joven explicó rápidamente a su jefe que había una protesta frente al supermercado y ambos salieron. Geraldine no se movió. Continuó sentada en la silla y cruzó las manos sobre su bolso.
Algunos minutos después el jefe de personal regresó al despacho. Parecía enojado. Le dijo a Geraldine que “su gente” estaba protestando en la calle y que ella debía irse. Repitió que no podía hacer nada, que ya tenía suficientes empleados. La puerta continuaba abierta y en aquel momento se oyeron unas voces junto a las cajas. Un hombre negro, el mismo que había mirado a Geraldine con preocupación, dijo en voz alta que no iba a comprar nada en una tienda donde no contrataban a afroamericanos. Luego dejó su carro lleno de artículos junto a la cajera y salió corriendo. La chica gritó. Entonces, otras siete personas que estaban en las filas de las cajas, jóvenes negros y blancos, también dejaron sus carros y se marcharon rápidamente. Geraldine pudo ver desde su silla cómo salían del supermercado y cómo nadie los perseguía, porque los empleados no sabían qué debían hacer. Ella se sintió más tranquila.
El jefe de personal continuaba junto a la puerta, inmóvil como una estatua, y parecía que no comprendía lo que había ocurrido en los últimos segundos. Entonces, con una voz muy suave, Geraldine le dijo el número de supermercados Tradewell que había en Seattle y le preguntó si la cantidad era correcta. El hombre se giró hacia ella, respondió afirmativamente y dio unos pasos hacia su mesa. Geraldine le preguntó si sabía cuántas personas negras vivían en la ciudad. Él negó con la cabeza y ella se lo dijo. “¿Qué ocurrirá si solo la mitad deja de comprar en Tradewell, como ha dicho el primer hombre que ha salido corriendo?”, preguntó Geraldine.
El jefe de personal se sentó en su silla como si hubiera recibido un golpe en el estómago y dijo que iba a llamar a la policía para que arrestara a la gente del piquete. Pero era obvio que dudaba. La protesta era pacífica y nadie había cometido ningún delito. Entonces ella, con el mismo tono suave de voz, le explicó que A&P, que era la cadena rival de Tradewell, estaba contratando a empleados negros en cada una de sus quince tiendas. El hombre la miró con los ojos muy abiertos. Tenía el auricular del teléfono en la mano y parecía bloqueado. Ella añadió: “Los tiempos están cambiando”. Fue el golpe final.
Él comenzó a marcar un número de teléfono y le dijo a Geraldine que esperara fuera del despacho. Ella salió y cerró la puerta. Durante varios minutos estuvo observando a varios empleados mientras reunían los carros abandonados en una esquina. Los ocho carros estaban llenos de artículos envasados, no había en ellos ningún alimento fresco que pudiera estropearse. Pero eran muchos envases pequeños, y les iba a llevar mucho tiempo colocarlos de nuevo en las estanterías. Geraldine confió en que ellos no tuvieran que hacerlo después del horario de trabajo.
La puerta del despacho se abrió y salió el jefe de personal. Le dijo que podía volver el lunes, por la mañana. Ofreció a Geraldine un contrato de prueba y comentó que ella tenía talento para ser una excelente vendedora. Entonces ella sonrió y aceptó el empleo.
Mientras se dirigía hacia la salida se sintió muy satisfecha. Y feliz. Pensó que tenía que hacer algo para celebrarlo. Sus ojos recorrieron el supermercado y se detuvieron en uno de los mostradores donde había vegetales. Allí estaba. La más hermosa calabaza que había visto nunca.
Después de pagar salió al exterior y el sol iluminó su rostro. Llevaba la calabaza apoyada contra su vientre y la rodeaba con sus brazos. Entonces vio las pancartas. Vio las caras serias de los activistas. Y vio cómo aquellas caras cambiaban cuando ella les mostró una gran sonrisa y su hermoso trofeo de color naranja. Todos comprendieron lo que significaba y comenzaron a aplaudir y a acercarse a ella para besarla. Al otro lado del cruce, en pequeños grupos para huir con más rapidez si llegaba la policía, estaban los que habían salido corriendo del supermercado. También ellos aplaudían y lanzaban silbidos a Geraldine. Entonces ella pidió silencio y dijo en voz alta: “¡Vamos todos a mi casa! ¡Voy a preparar un delicioso pastel de calabaza!”.

No sé si aquella victoria fue tan fácil como en la historia que me contó la amiga de mi abuela. A menudo, con el paso del tiempo la memoria falla. O transforma nuestros recuerdos. Pero sí sé que el boicot de 1964 contra Tradewell fue un éxito, y la cadena contrató a diez personas negras después de las protestas en los supermercados de Wedgwood y Laurelhurst.
Antes de irse de mi casa Geraldine me dijo que algunas veces se reúne con aquel grupo de activistas. Los miembros que aún viven todavía recuerdan su pastel de calabaza.

.

Fanáticos

Los agentes entran en la sala con el acusado y todas las miradas se dirigen hacia el “monstruo”.
Estoy en la Corte Superior del Condado de Snohomish, en Everett. He venido con Jake. Él no tiene relación con este caso, pero quiere ver de cerca a John DiMarco. Quiere escuchar sus palabras, saber cómo es.
Dentro de dos días comenzará el juicio contra su esposa. Hoy ella no está en la sala.
John y Linda DiMarco están acusados por varios delitos. Ellos llegaron hace dos años a la pequeña ciudad de Snohomish y se establecieron en una granja de las afueras. Las personas que los conocen dicen que son buenos vecinos y que van a la iglesia todos los domingos. También dicen que él fue profesor en una escuela cristiana de Tennessee.
Los DiMarco tienen tres hijos. Tres chicos de nueve, once y doce años. Ellos son las víctimas.
DiMarco responde al fiscal. Dice que ama a sus hijos y que siempre ha querido que sean buenos cristianos. Los ha educado para que sean hombres fuertes, capaces de “enfrentarse al mal en todas sus formas”. Él utiliza citas de la Biblia en sus respuestas.
Pero el fiscal explica los hechos: John y su esposa encerraban a los niños en armarios por la noche, no los alimentaban durante varios días, les daban descargas eléctricas.
Los niños nunca dijeron a nadie lo que ocurría en su hogar. Hasta que un día uno de los chicos se desmayó en la escuela y lo llevaron al hospital.
Escucho durante casi dos horas a John DiMarco y observo sus gestos. Parece una persona normal. Cuando termina la audiencia no pienso que es un monstruo. Tampoco un loco, ni un malvado. Es un fanático. Con ideas religiosas extremas. Como el hombre que hace diez días mató a tres personas en una clínica de planificación familiar de Colorado Springs. Como la pareja que hace cinco días asesinó a catorce personas en un centro para discapacitados de San Bernardino. Como otros en otros lugares. París, hace veinticuatro días.
Cuando salimos a la calle Jake no dice nada. Su rostro parece de piedra. Le digo que quiero ver el viejo edificio del juzgado. He leído que se construyó en 1911 y he visto fotos. No es como las construcciones históricas del noroeste, me recuerda a las misiones españolas que hay en California. Jake asiente con la cabeza y rodeamos el feo edificio gris en el que hemos estado.
Cuando bajamos unas escaleras Jake dice que DiMarco es un individuo de la misma especie que su padre. Luego continúa caminando en silencio.
El padre de Jake es un hombre respetado en la comunidad judía de Seattle. Pero siempre ha querido imponer su moral a los miembros de su familia. Hace mucho tiempo, cuando supo que Jake es gay, le dio palizas casi todos los días. Quería curar su “enfermedad”. Jake vivió aterrorizado durante muchos meses, aunque era un joven alto y fuerte de dieciséis años. Hasta que un día él convirtió su miedo en valor y se enfrentó a su padre. Recuerdo perfectamente la noche que me lo contó en el Sunlight Cafe, en 1997. Estaba eufórico y se sentía capaz de todo. Por eso se hizo abogado y por eso desde hace años protege a chicos como los hijos de John DiMarco.
Mientras contemplo la fachada delantera del antiguo palacio de Justicia pienso en que no podemos dejarnos vencer por el miedo. Porque entonces, cuando el terror domine nuestras vidas, habrán ganado los fanáticos.


.

Decisiones

El jueves después del trabajo decidí parar en Third Place Books. Es una librería que está muy cerca de casa, en un edificio alargado de una sola planta en la esquina con la 20 Noreste.
Cuando giré el volante para entrar en el pequeño aparcamiento que hay frente a la puerta pensé en las veces que había hecho el mismo recorrido. Sobre todo en las veces que había ido allí con la idea de buscar el libro perfecto para mi abuela antes de ir a visitarla.
Mi abuela Charlotte murió hace un año, el 15 de noviembre. Todavía me resulta extraño entrar en su casa y no encontrarla en la cocina, o en el salón, o bajando las escaleras para recibirme. Ahora su casa es mi casa desde hace un año, y no he conseguido llenar el vacío que ella dejó. Quizá nunca lo consiga.
Mi abuela fue una gran lectora y yo casi siempre tuve éxito con mi regalo de Third Place Books. Aunque no hay libros perfectos. Siempre le estaré agradecida por transmitirme su pasión por la literatura. Por eso y por muchas cosas más.


No tenía prisa, nadie estaba esperándome en otro lugar, así que entré en la librería y paseé con tranquilidad entre las mesas de novedades. Muchos libros grandes, con muchas páginas y feas portadas. Muchos libros de misterio, con títulos estremecedores que parecían el mismo título. No veía el libro perfecto. Me acerqué a la mesa que está junto a la sección de literatura infantil y entonces vi la pequeña torre de libros en una esquina. Reconocí el título porque en los últimos meses habían hablado sobre él en prensa y televisión. Leí la cubierta posterior y me pareció interesante. Sobre todo por la autora. Durante varias décadas no había publicado nada, y ahora, cuando nadie se acordaba de ella, había escrito una nueva novela. Cogí el volumen que estaba en lo alto de la torre y me dirigí hacia el mostrador principal.
Frente a mí había una fila de tres personas esperando para pagar. En la caja no estaba Emily, y el chico nuevo era bastante lento. La mujer que estaba delante de mí giró su cabeza y me miró. Era una mujer de unos sesenta años, con el pelo gris, y parecía enfadada. Miró el libro que yo sostenía en mis manos y sonrió. Entonces me mostró el suyo y vi que era el mismo que yo había elegido. La mujer asintió con la cabeza para expresar que aprobaba mi elección y me hizo sentir como una niña a la que felicitan por hacer lo correcto. No me gustó su gesto y no me gustó sentirme así. Desvié la mirada hacia el chico de la caja y entonces descubrí algo extraño: las otras dos personas que esperaban para pagar también habían elegido el mismo libro que yo. Aquella casualidad no me pareció normal. Era como si alguien estuviera dirigiendo nuestros actos en aquel momento. Yo sabía que no era así, pero quería alejarme de la mujer y decidí marcharme de la fila y volver a colocar el libro donde lo había encontrado.
Me dirigí a la sección de libros usados, oculta tras varios bloques de estanterías. Estuve casi diez minutos mirando los títulos hasta que vi uno que me pareció muy atractivo. Era “Bajo el volcán”, de Malcolm Lowry. Automáticamente pensé en Mount Rainier. Es la montaña más alta del estado de Washington. Y es un volcán. En algunas fotografías panorámicas de Seattle y sus alrededores parece que la ciudad está debajo de Mount Rainier. Bajo el volcán.
Pagué por el libro al chico de la caja y después fui hasta el fondo de la librería, donde hay un café restaurante que visito a menudo. Pedí un “cappuccino” y regresé a la entrada. En la terraza que hay en el exterior no había nadie. Me senté en una de las mesas con mi café y mi nuevo libro, pensando en disfrutar aquel momento del atardecer.
Saqué el libro de la bolsa de papel y lo miré con curiosidad. Tenía las tapas de cartón duro, y estaba muy bien conservado. Pensé que había pertenecido a una persona que amaba los libros. Lo abrí y entonces me encontré con lo más inesperado. En la primera página en blanco estaba el nombre de mi abuela Charlotte. Reconocí su escritura y las cruces que utilizaba para recordar su opinión sobre el libro. Había tres cruces. Para ella significaba “muy bueno”. Deslicé los dedos sobre su nombre y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Si no hubiera decidido marcharme de la fila no habría encontrado aquel libro. El libro perfecto. Entonces recordé algo que mi abuela me dijo muchas veces: “Toma siempre tus propias decisiones, no dejes que otros decidan por ti. Es tu libertad lo que está en juego”.
Me abracé al libro y durante unos instantes contemplé cómo se escapaban las últimas luces del día. No me sentía triste, todo lo contrario. Pensé que era muy afortunada. Porque mi abuela seguía recordándome las cosas importantes de la vida.

.

A letter to you, Janet

Querida Janet,
Sé que prometí escribirte y han pasado nueve meses desde la última vez. Lo siento muchísimo y espero que puedas perdonarme. Desde que murió mi abuela Charlotte mi vida ha dado demasiadas vueltas y aún no he recuperado el equilibrio. Pero lo estoy consiguiendo. Tú me conoces, y sabes que no soy tan fuerte como la gente cree. Tú siempre has sido la más fuerte de las dos.
Estoy en Seattle de nuevo. Mi relación con Oskar no fue bien y tuve que regresar. Sé que fue una locura dejarlo todo y viajar a España. Tú tenías razón, pero debía intentarlo. Nunca sabes dónde vas a encontrar la felicidad. Si eso es posible.
Envié el formulario para visitarte en Mission Creek pero no he recibido una respuesta. Jake hizo varias llamadas desde el despacho y alguien le dijo que habían restringido las visitas de amigos. Lo intentaré de nuevo. He visto algunas fotos del centro y parece una moderna granja en el medio del bosque. Pero una cárcel es siempre una cárcel.
Vi a Karim en una exposición en el NAAM. Solo estuve con él unos pocos minutos. Tu marido me dijo que estás bien, que no tienes problemas en Mission Creek y que probablemente te darán la libertad condicional antes de fin de año. Resiste un poco más y todo volverá a ser como antes.
¿Sabías que nuestro Catfish Corner ya no existe? Karim me lo dijo y yo tuve que ir a verlo con mis propios ojos. Ahora los Jackson han abierto uno nuevo en Rainier Valley. Cada día tengo la sensación de que todo cambia demasiado rápido. ¿Recuerdas la última vez que fuimos al Crocodile Cafe? Lo habían cambiado y ahora no es como cuando íbamos a los conciertos. Aquel día nos sentimos muy tristes. Y también tontas, por sentirnos así. Quizá lo que ocurre es que empezamos a ser dos viejas.
Me encontré con Roberta en el ferry a Bainbridge Island. Ella es la que más ha cambiado. Si hubieras estado allí no la habrías reconocido. Obesa, con tres hijos pequeños y pensando en comida. Pero parecía feliz y satisfecha. Y eso es lo que importa.
La semana pasada fui con Jake al edificio del juzgado. ¿Sabes a quién vi en una sala? A “tu fiscal”. Él me miró de la cabeza a los pies y luego sonrió. ¿Puedes creerlo? Él no sabía quién era yo, pero yo sabía perfectamente quién era él. Lo miré con desprecio y él se quedó allí de pie con cara de estúpido.
Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Ese jodido fiscal intentando convencer al jurado de que eras una terrorista. Moviendo en el aire los papeles de tu expediente. Leyendo con voz grave algunos detalles. Era verdad que la policía te había detenido varias veces en protestas políticas. Pero siempre pacíficas. Hasta el último noviembre y la marcha contra lo que ocurrió en Ferguson, cuando el jurado decidió no acusar al policía que mató a Michael Brown.
Eso es la justicia. Como en tu propio caso. Tú encerrada en Mission Creek y el policía que te agredió continúa en las calles, haciendo su trabajo. Él fue quien empezó todo, cuando te tocó el culo de aquella manera. Si quería levantarnos del suelo había otras formas de hacerlo.
El problema fue el paraguas. Aquel horrible paraguas con enormes garzas amarillas sobre el fondo de color rosa. El fiscal dijo que la gente de Seattle no utiliza paraguas, que muchas personas los odian, y que era muy sospechoso que tú llevaras uno en una marcha de protesta. Cuando te preguntó por qué lo llevabas tú le dijiste: “Llovió por la mañana. Y los paraguas no están prohibidos. Todavía”. Aquella respuesta convenció al jurado.
Pero los hechos eran los hechos. Aún recuerdo el sonido que hizo el paraguas cuando se rompió en la cabeza del policía. ¿Fue con el tercer golpe o con el cuarto? Tú fuiste muy rápida y él no consiguió sacar a tiempo el espray de pimienta. ¿Por qué aquel agente no llevaba el casco? ¿Quién se lo quitó? Imagino que no fuiste tú. ¿O sí?
Lo mejor del juicio fue cuando tú dijiste que el policía no se comportó como un servidor de la ley sino como un panadero. Nadie entendió nada. Entonces el juez preguntó por qué y tú, muy seria, respondiste: “Porque no me tocó el culo. Lo amasó como si fuera un panadero profesional”. Risas, aplausos, y el juez pidiendo silencio a todo el mundo, incluidos los miembros del jurado. Lo peor fue que tuviste que anular tu denuncia contra el agente para conseguir una reducción de condena.
Al principio de esta carta he escrito que eres la más fuerte. Y es la verdad, no lo olvides. Así que no dejes que nada te destruya.
Con cariño,
Nuseba

P.S. Ayer fui a Bella Umbrella y compré un paraguas para ti. Es muy bonito, y espero que nunca tengas que romperlo en la cabeza de otro policía.


.

Neverland

El apartamento de Wendy está en Capitol Hill. Yo se lo alquilé, cuando trabajaba en la agencia inmobiliaria.


Siempre que paso por su calle me detengo unos minutos delante del edificio. Es una calle con poco tráfico y mucho espacio para aparcar, pero no paro el motor ni salgo del coche. Solo miro las ventanas del apartamento. Compruebo si hay luces encendidas, si hay movimiento detrás de las cortinas, si hay alguna señal de vida. A veces imagino que Wendy está subiendo en el ascensor, o pienso que se ha detenido antes de llegar a casa para hablar con algún vecino. Entonces espero un poco más. Cuando estoy segura de que el apartamento está vacío acelero lentamente y me voy.
Wendy y yo nos hicimos amigas casi desde el principio. Yo entonces tenía veintinueve años y ella veintisiete. Acababa de llegar de Portland para trabajar en un departamento de la universidad y necesitaba rápidamente un lugar donde vivir. Yo se lo busqué. Unos días después de trasladarse al apartamento me llamó por teléfono para invitarme a comer. Quería agradecer mi trabajo y contarme lo feliz que se sentía en su nuevo hogar. Wendy era una desconocida para mí, pero yo sabía que no tenía amigos ni familia en Seattle y acepté su invitación. Además me gustaba su personalidad: dulce, inteligente, con mucha curiosidad por aprender cosas nuevas. También parecía vulnerable, con su cara pálida, el pelo rubio muy corto y un cuerpo delgado y frágil.
Durante los siguientes meses nos vimos muchas veces. Íbamos a los modernos cafés que hay cerca de su edificio o a las tiendas elegantes de Capitol Hill. Yo me sentía fuera de lugar pero era divertido. También íbamos a los cines del distrito universitario y en otras ocasiones ella conducía hasta Ravenna, mi barrio, y cenábamos en el Sunlight Cafe. Solas o con Jake y otros amigos.
Descubrí que Wendy era muy reservada respecto a algunas cosas. Casi nunca hablaba de los novios o las parejas que había tenido, y le costaba mucho hablar de su familia. Solo me dijo que no tenía hermanos y que sus padres eran médicos. Dirigían en Portland una pequeña clínica de su propiedad. Tenían dinero. Bastante dinero. Y un día Wendy me confesó que una parte del alquiler del apartamento la pagaban ellos. Decían que su hija tenía que vivir en un barrio “apropiado”.
Nunca he conocido a una persona como Wendy. Con esa necesidad tan evidente de cariño. Y con tantas barreras para aceptarlo de los demás. Quizá por eso ocurrió todo.
Wendy desapareció hace tres años, en 2012. Sus padres me telefonearon la noche que llegaron a Seattle, alertados por la policía. Wendy llevaba tres días seguidos sin ir al trabajo, no contestaba a las llamadas y alguien había encontrado su coche aquella misma tarde, en un aparcamiento de la universidad. Yo les dije que en los últimos meses casi no la había visto. Ella decía que estaba trabajando en un proyecto de investigación y que apenas tenía tiempo libre.
El día siguiente, a las ocho de la mañana, dos policías llamaron a la puerta de mi casa. Eran un sargento hispano y una agente con un apellido polaco difícil de recordar. Pertenecían al departamento de personas desaparecidas. Me interrogaron en el salón durante casi media hora. Yo les pregunté si habían pensado que podía ser un secuestro, pero ellos dijeron que nadie había contactado con los padres para pedir un rescate. Tampoco habían localizado a Wendy en los hospitales de la ciudad. Para ellos solo había dos opciones: desaparición voluntaria o “desaparición forzada”. Antes de irse, el sargento Vasquez me dio una tarjeta con sus números de teléfono.
Por la tarde, después del trabajo, me reuní con los padres de Wendy. Querían utilizar los medios de comunicación para buscar a su hija. Yo les dije que podían contar con mi ayuda y que mis amigos y yo podíamos colocar carteles con la foto de Wendy en la universidad y en Capitol Hill. Les pareció una buena idea.
El sargento Vasquez llamó a mi puerta por la mañana, muy temprano. Llegó solo. Me preguntó si conocía a Peter, un amigo de Wendy. Yo le respondí que no, y que no sabía quién podía ser. Entonces me dijo que habían investigado la cuenta de Wendy en Facebook. Durante los últimos tres meses se había comunicado casi todos los días con alguien llamado Peter. El sargento había leído algunas conversaciones y dijo que parecían charlas de enamorados. Debían seguir investigando.
Cuando el sargento se fue me vino la idea a la cabeza. Peter y Wendy. Como los personajes del libro que leíamos en la escuela. El libro de J. M. Barrie, “Peter Pan y Wendy”. Diferente a la versión que hizo Walt Disney. Porque el Peter Pan original es un personaje caprichoso, egoísta, y a veces cruel. Sentí temor por mi amiga. Estaba segura de que su amigo de Facebook no se llamaba Peter. Había elegido el nombre para conseguir su complicidad. ¿Cómo era aquella persona? ¿Wendy estaba con él? Pensé en otros casos de desapariciones. Casos que aparecían en los medios de comunicación. Casos que acababan mal o no acababan nunca. Me dejé llevar por la imaginación. Pero no pensé en que mi amiga se había encontrado con su nuevo novio y estaba feliz, pensé en un Peter Pan egoísta y cruel que se había llevado a Wendy a Neverland, con los otros Niños Perdidos. Un Neverland que no se parecía en absoluto al lugar del libro.
Varios días después llamé al sargento Vasquez. Me dijo que habían localizado a Peter. Era un hombre de cincuenta años que vivía en una pequeña ciudad de Montana, y no se llamaba Peter. La policía local lo había interrogado, había comprobado las respuestas y todo era correcto. No parecía ser el responsable de la desaparición, pero seguía siendo el único sospechoso.
Los padres de Wendy regresaron a Portland. Cada pocos días el sargento los llamaba por teléfono para informar sobre la búsqueda de su hija. Luego dejó de llamar.
Han pasado tres años. Cuando veo los árboles de la calle de Wendy todavía recuerdo la tarde que Jake y yo colocamos los carteles con su foto. Pensábamos que alguien telefonearía inmediatamente diciendo que la había visto. Eso nunca ocurrió. Antes de irme dirijo una última mirada al apartamento. Detrás de los ventanales solo veo oscuridad. Sé que todas sus cosas siguen dentro, como ella las dejó. Y también sé que sus padres continúan pagando el alquiler. Ellos esperan que algún día Wendy regrese de Neverland.


.

Africatown

Salgo de mi coche y camino hasta la esquina. Estoy en el cruce de Martin Luther King Jr. Way con Cherry Street. En la acera de enfrente, un trozo de mi pasado.
Hace unos minutos yo estaba en la apertura de una exposición de fotografía. En el Northwest African American Museum, al sur de Central District. Cuando me he despedido de mis amigos se ha acercado Karim Williams. Tan guapo como siempre. Me ha dicho que han abierto el nuevo Catfish Corner en Rainier Valley. Yo no sabía que el auténtico estaba cerrado. Desde agosto del año pasado. Ha sido como un golpe en el estómago.
Lo veo cerrado en la acera de enfrente y siento que desaparece una parte de mi vida. Una más. Siempre había estado ahí. El glorioso Catfish Corner de la familia Jackson, maestros del pescado frito y la comida sureña. Porque los abuelos, Rosie y Woody, llegaron desde Texas y Louisiana. Catfish Corner, un negocio de negros donde toda la gente era bienvenida. En el corazón geográfico de Central District. Para muchas personas, el corazón vivo de Africatown.
Hay tantas historias que sucedieron en el Catfish Corner. Como aquella vez que llegamos diez o doce a comer bagre con salsa tártara picante después de la marcha contra George W. Bush. O cuando vinimos a celebrar que habíamos parado el derribo de la escuela infantil de la avenida 18. O aquel cumpleaños de Janet, cuando cantó “I Say a Little Prayer” y todos los clientes cantaron con ella, como en aquella película. O cuando Karim me besó en el aparcamiento y yo lloré porque seguía queriendo a Bobby y él estaba muerto.
No debo mirar atrás. No es bueno para mí. Prefiero recordar cuando Karim nos habló por primera vez de Africatown. Un sueño, un proyecto para el futuro de Central District.
Central District es el barrio históricamente negro de Seattle. Nunca he vivido aquí, pero es mi segundo hogar en la ciudad. En las décadas de 1960 y 1970 era el barrio de las luchas por los derechos civiles, de los activistas del Black Panther Party. También era el barrio de Jimi Hendrix, la leyenda del rock. En la década de 1980 llegaron los traficantes de drogas y las bandas y comenzó un período de decadencia. Luego el barrio se recuperó. En los últimos años el CD, Central District, ha cambiado. La recesión económica y el aumento de los impuestos a las viviendas y los locales han hecho que blancos y asiáticos de otros barrios se hayan movido al CD. Y aquí, los negros con ingresos bajos y pensiones reducidas ya no pueden pagar los alquileres y se están marchando al sur. Al barrio de Rainier Valley, como hicieron los Jackson del Catfish Corner.
Si todo sigue como ahora, dentro de diez años la población negra del CD será inferior al diez por ciento. Por eso es necesario un movimiento como el que representa Africatown.
El objetivo es crear un barrio cultural como Chinatown en el corazón del CD. Un barrio con tiendas, negocios, galerías de arte, centros culturales y servicios de apoyo a la comunidad. Un barrio con identidad propia pero abierto a todo el mundo. También a los turistas.
Cruzo a la acera de enfrente y me acerco a la puerta cerrada del Catfish Corner. Esa puerta tan familiar que antes fue marrón y al final naranja. Intento abrirla por última vez. No es posible. Veo los cristales de las ventanas tapados desde dentro con papel de embalaje. Acerco mi cara a uno de los cristales para mirar por una abertura. Todo está oscuro.
Doy unos pasos hacia atrás y miro la pared de ladrillo que está junto a la fachada del Catfish Corner. Ahí está el gran mural que un artista pintó hace tiempo. Yo espero que nunca lo derriben con el resto del edificio. Porque es el mural de Martin Luther King. Él tenía un sueño, y estoy segura de que si hoy estuviera vivo defendería el sueño de Africatown.
Debemos creer en los sueños. Es el modo de cambiar las cosas.


.

Hollywoodland

“Esto es un laberinto”, dijo Jake. Y detuvo el coche en el arcén de tierra, a la sombra de un álamo de California.
Media hora subiendo y bajando aquellas estrechas carreteras con curvas para nada. Desde el comienzo de Beachwood Drive, abajo, en el valle, la ruta hasta Mount Lee parecía fácil. Solo había que subir. Pero después, dentro de Hollywoodland, todo cambiaba. Era otro mundo. Y lo fácil era perderse.
Jake me pidió el mapa de Los Angeles que habíamos comprado por la mañana, después de dejar el equipaje en el hotel. Miró a nuestro alrededor buscando una pista que indicara cuál era nuestra posición, luego desplegó el mapa. Yo bajé un poco la ventanilla y saqué la mano. Eran las tres de la tarde del 30 de julio, y fuera hacía un calor que ablandaba el asfalto. Pero dentro del coche que habíamos alquilado era peor, porque el aire acondicionado había dejado de funcionar cuando empezamos a subir la primera curva de Hollywoodland. Así que abrí la puerta y salí del auto.
Yo entonces era vendedora de casas, y nunca había visto nada parecido a lo que había en aquella zona residencial. Junto a las construcciones modernas había otras que recordaban un pasado de esplendor. Parecían decorados de películas: grandes mansiones que imitaban el estilo Tudor, cabañas normandas, haciendas españolas, castillos centroeuropeos. Pertenecían a otro tiempo, cuando los estudios de cine eran fábricas de sueños y las estrellas construían sus casas en el firmamento de Hollywoodland.
Jake salió del coche. Llevaba el mapa en la mano y dijo que iba a preguntar en la casa más próxima cómo podíamos salir de allí. Me pareció una idea inútil. Durante todo el recorrido no habíamos visto a nadie, tampoco vehículos, y las casas parecían vacías. Quizá fuera por el terremoto. El día anterior había temblado la tierra en Chino Hills, a treinta millas de Los Angeles, y toda la zona se había sacudido con fuerza. Al llegar a la ciudad habíamos visto a la gente inquieta y poco habladora, como si temieran algo terrible. Yo había supuesto que pensaban en el “Big One”, el gran terremoto que muchos creen que habrá algún día en la falla de San Andrés.
Seguí a Jake hasta la verja que separaba la propiedad de la carretera. Entre dos pilares de piedra había una puerta, y en uno de los pilares, un timbre de latón. No había nada moderno en el exterior de aquella casa, tampoco vi cámaras de vigilancia. Jake pulsó el timbre y esperamos. Nada. Medio minuto después oímos un chasquido y la puerta se abrió un poco. Yo la empujé lentamente y entramos.
Era una villa de estilo español, con fachadas blancas, ventanas enrejadas, tejas en la cubierta y una pequeña torre circular con un balcón de hierro. En la parte delantera había un jardín con algunos árboles frutales y macizos con flores blancas. Subimos los tres escalones que había hasta la puerta y llamamos.
Una mujer de unos setenta años, con el pelo blanco bien peinado y un vestido ligero de color vainilla apareció en el hueco de la puerta. Jake le dijo que nos habíamos perdido pero ella no le dejó continuar su explicación. Hizo un gesto con la mano hacia el interior y nos invitó a entrar. Mientras cerraba la puerta dijo que no quería que el calor se metiera en la casa.
Seguimos a la anciana por el amplio vestíbulo en penumbra. La temperatura allí era muy agradable y olía a flores frescas. Las baldosas del suelo eran grandes y rojizas, de estilo rústico, las paredes estaban pintadas de blanco y los techos eran muy altos, con las vigas de madera a la vista. Ella afirmó que no éramos angelinos y preguntó de dónde éramos. “De Seattle”, respondimos Jake y yo al mismo tiempo. Ella comentó que la había visitado en dos o tres ocasiones y que le parecía una auténtica ciudad, no como Hollywood.
Entramos en una habitación confortable que ella llamó “la biblioteca”. Había allí miles de libros en un mueble con puertas de cristal que ocupaba completamente una de las paredes. La mujer preguntó si queríamos té helado. Los dos respondimos afirmativamente y ella, antes de irse, nos rogó que nos sentáramos en los sofás.
Jake y yo nos mirábamos sin hablar, entusiasmados. Solo éramos unos turistas que buscaban el lugar más cercano a la cumbre de Mount Lee para hacer unas fotos, y ahora estábamos en una de las antiguas mansiones de Hollywoodland. La situación parecía irreal.
La anciana regresó con una bandeja en la que había una jarra con té y tres vasos anchos de cristal. Jake se levantó para ayudarla pero ella fue más rápida y colocó la bandeja sobre una mesa baja de madera oscura. Todos los muebles que yo había visto en la casa eran de aquella madera, y eran antiguos, buenos y pesados. Brillaban como si acabaran de limpiarlos.
Ella inició la conversación recordando a Jake que había dicho que nos habíamos perdido. Entonces él le explicó que buscábamos un lugar que estuviera cerca del letrero de Hollywood que había en lo alto de la colina. Queríamos hacer fotos.
La anciana dijo que debíamos subir por detrás de su casa y continuar por Deronda Drive hasta llegar al final de la calle. Allí había una buena vista del famoso letrero.
Jake agradeció la información, tomó un sorbo de té y le preguntó si ella había tenido alguna relación con el mundo del cine.
“Con diecisiete años actué en dos películas”, respondió. Y luego continuó: “Si no estoy equivocada sus títulos eran “Hogar, dulce hogar” y “Judith de Bethulia”. Hizo una pausa y añadió: “Poco después conocí a Lou. Entonces él trabajaba en el departamento de publicidad de Paramount Pictures. Fuimos novios durante un tiempo y luego nos casamos. Lou hizo que olvidara mi carrera de actriz. Él siempre decía que la industria del cine es un nido de víboras”.
Yo tenía la sensación de que en la casa solo estaba ella, y le pregunté si vivía allí con su marido. Ella negó con la cabeza y dijo que había muerto. Entonces le pregunté si vivía sola. Ella dijo que sí, pero que tenía amigos que la visitaban a menudo. Dije que yo no sería capaz de vivir sola en una casa tan grande y lejos de la ciudad. Ella aseguró que nunca iba a la ciudad.
Jake preguntó a la anciana si no había tenido miedo durante el terremoto. Ella lo miró como si no supiera de qué estaba hablando y dijo que llevaba muchos años viviendo allí y que estaba acostumbrada a los temblores de tierra. Jake comentó que el terremoto había sido bastante fuerte y le preguntó si había visto la noticia en televisión. Ella respondió que ya no veía la televisión ni leía los periódicos. Y luego dijo: “El mundo que yo conocí desapareció hace tiempo. El mundo de ahora no me interesa. Se ha vuelto loco demasiadas veces. Y cada vez es peor”.
Ella vio que no sabíamos qué decir y añadió: “Aquí mi vida es tranquila. Tengo mis libros, mis flores y mis recuerdos. No necesito más”.
Hice una seña a Jake y terminamos de beber nuestros tés. Le dije a la anciana que había sido muy amable con nosotros y que debíamos irnos. Seguro que tenía cosas que hacer y no queríamos robarle más tiempo. Ella dijo que tenía mucho tiempo libre y que algunas veces era aburrido. Nuestra visita había sido una sorpresa muy agradable.
Nos acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Yo le dije que tenía una casa preciosa y ella sonrió. “Pueden volver cuando quieran”, dijo.
Al salir nos golpeó el calor, parecía que la temperatura era más alta. Dentro del coche bajamos las ventanillas rápidamente y Jake puso el motor en marcha. El aire acondicionado seguía sin funcionar.
Jake giró el coche y subimos en la otra dirección. No había ningún vehículo en la carretera. Varias curvas más adelante llegamos a un cruce. No había ningún rótulo. Decidimos continuar subiendo y poco después casi nos equivocamos al tomar el desvío a Deronda Drive.
Unas cuantas curvas más y el letrero de Hollywood apareció ante nuestros ojos, en lo alto de Mount Lee. No estaba muy cerca. Pero la vista era bonita, como había dicho la anciana.
Salimos del coche y caminamos unos pasos para ver mejor el paisaje. Jake murmuró: “Judith de Bethulia”. Yo no sabía de qué estaba hablando y se lo pregunté. “Es algo que leí hace tiempo”, contestó. Pensé que era algo relacionado con su educación judía y busqué en el bolso la cámara fotográfica. Él sacó del bolsillo su viejo Motorola y dijo que iba a hacer una llamada. Se alejó un poco y yo me quedé allí haciendo fotos.
 

“He hablado con Theo”, dijo Jake cuando regresó. Theo Silverman era un amigo suyo, un amante del cine. “La vieja se ha burlado de nosotros”, afirmó. Yo le pedí que no la llamara “vieja” y  pregunté por qué decía aquello. “La mujer nos ha dicho que trabajó en dos películas cuando tenía diecisiete años: “Hogar, dulce hogar” y “Judith de Bethulia”. Esas películas son de Griffith”, explicó Jake. Y continuó: “Las dirigió en 1914. Eso quiere decir que la mujer tiene ahora... ¡ciento once años!”.
Le dije a Jake que la anciana se había equivocado. La memoria falla con la edad. O quizá estaba aburrida y había querido jugar un poco con nosotros. No había nada malo en ello. Jake parecía malhumorado y dijo que no le gustaban esos juegos.
Cuando regresamos al coche le pregunté adónde quería ir. La idea de subir a Mount Lee había sido mía, ahora debía elegir él. “Hace mucho calor. Podemos ir a beber algo a Sunset Boulevard”, respondió. Era un plan perfecto.
Varias curvas más abajo Jake frenó de pronto y el coche avanzó lentamente. Miró a su izquierda y dijo que aquella era la casa en la que habíamos estado antes. Yo miré a través del cristal. Parecía la casa de la anciana, pero no lo era. Le dije que era imposible que fuera la misma casa. Aquella no tenía flores en el jardín y parecía abandonada. Jake me miró durante un segundo y pisó el acelerador. El coche saltó hacia adelante. Le miré a los ojos y vi que estaba aterrorizado. Nunca antes lo había visto así. Le pregunté qué le sucedía y no respondió. Imaginé lo que estaba pasando en su cabeza, y decidí no hablar para que se tranquilizara.
Continuamos en silencio hasta que salimos de los límites de Hollywoodland. En aquel momento Jake dijo en voz baja que el aire acondicionado había empezado a funcionar. Era cierto. Y era extraño.

.

American Dream


Pavani llega sonriendo a la puerta del restaurante indio. Es la primera vez que cena fuera de casa sin su marido desde que llegó a Estados Unidos, hace un mes. Nos abrazamos tímidamente y entramos en el local.
Pavani es una mujer guapa, con el pelo muy negro y largo. Habla inglés perfectamente con una voz cálida que me hace sentir bien. Nos acercamos a un mostrador de madera donde están los platos del bufet y ella me ayuda a elegir. No conozco mucho la comida india.
Ella fue a la oficina de Jake la semana pasada para pedir asesoramiento sobre leyes laborales. La especialidad de Jake son los maltratos a menores y frecuentemente trabajamos con los servicios sociales, pero Pavani llegó recomendada por un amigo de un amigo y Jake le dijo que la ayudaría. A Jake le gustan las mujeres guapas, aunque sea gay.
Mientras llenamos nuestros platos Pavani me agradece que haya venido hasta Bellevue. Yo le digo que solo he tenido que cruzar el puente. En realidad hay dos puentes entre Seattle y Bellevue. Las dos ciudades podrían ser una, pero están separadas por el lago Washington. A veces las personas también están separadas por otras clases de lagos. Yo pienso que siempre hay que buscar el puente.
Le pregunto a Pavani si se siente mejor. Ella afirma con la cabeza. Ayer Jake le dio una mala noticia, y ella salió llorando del despacho. Aún no tiene amigas en Bellevue y yo le propuse vernos hoy para charlar. Ella recuperó un poco su sonrisa y dijo que era una idea fantástica.
Después de sentarnos en una mesa que está junto a los ventanales miro a mi alrededor: paredes blancas, casi vacías, moqueta gris en el suelo y sillas con la pintura desgastada. Hay varias mesas ocupadas por personas solas o por parejas que comen en silencio. Es un restaurante triste.
Pavani me cuenta que se sintió muy feliz cuando le comunicaron a su marido que había sido seleccionado para el trabajo. La idea de abandonar Delhi y empezar una nueva vida en Estados Unidos le pareció una aventura estimulante, aunque ella tuviera que dejar su trabajo de profesora de matemáticas. Ahora no sabe si fue una buena idea.
Reconoce que no debe quejarse. La mayoría de las personas que vienen a Estados Unidos buscando un futuro mejor se encuentran con muchas dificultades. Ella no. Su marido es ingeniero informático y tiene un buen contrato en su empresa. Me dice que ahora tienen más dinero, un apartamento grande y bonito, y viven aquí, en Crossroads, que es un barrio seguro. Pero luego añade que en Delhi ella era más libre, más independiente. Allí tenía trabajo, familia, amigos, aquí está sola casi todo el tiempo. Eso le preocupa a su marido y ahora tiene con ella una actitud muy protectora.
Veo su ansiedad y le digo que aún es pronto, que acaba de llegar al país. En poco tiempo conocerá a gente y todo cambiará. Pavani me dice rápidamente que esta mañana ha conocido a una mujer en su edificio. También es india, de Bangalore. Ella le ha contado que llegó hace un año y casi no tiene amigas. Sabe que hay muchas mujeres en Bellevue como ella y Pavani, pero vive en un círculo cerrado. Sobre todo porque no habla bien inglés. Pavani me explica que esas mujeres tienen alrededor de treinta años, títulos universitarios, y tuvieron que dejar sus trabajos en India, China, Japón o Corea porque sus maridos consiguieron contratos en empresas tecnológicas como CenturyLink, Amazon y Microsoft. Y como ella, ninguna puede trabajar aquí. Sus visas no lo permiten.
Pavani se cubre la cara con las manos y pienso que va a llorar. Ayer Jake le dijo que debe pedir el permiso de trabajo lo más rápido posible, pero la valoración de su expediente y la aprobación llevarán mucho tiempo. Años, quizá más de diez.
Para tranquilizarla le digo que las leyes pueden cambiar, que están cambiando constantemente. Ella baja sus manos y continúa comiendo. Dice con tristeza que la comida se parece a la que ha comido siempre, pero que está hecha sin cariño. La miro y no sé qué decir.
Pasa un minuto que parece una hora y pienso en lo que Pavani puede hacer. Le pregunto si tiene aficiones, si le gusta hacer fotos. Ella responde que no tiene una afición concreta. Le explico que para mejorar su expediente tiene que conseguir el permiso de conducir, y que así podrá tener su propio coche. Pavani asiente con la cabeza. Le digo que puede participar como voluntaria en alguna organización local. De inmigrantes o no. También puede dar clases de inglés a otras mujeres de su país. O clases de matemáticas a sus hijos. Lo que no puede hacer es encerrarse en casa. Pavani se estira en su silla, levanta la cabeza y dice que no va a hacerlo. Parece que está convencida.
Cuando estamos terminando los postres se acerca un hombre hasta nuestra mesa. Pavani se sorprende al verlo. Ella hace las presentaciones. Es su marido.
Él me tiende la mano y yo se la estrecho, luego se sienta junto a su esposa. Me pregunta si he nacido en Estados Unidos. Sí. Quiere saber si estoy casada. No. Cuando veo su mirada de desaprobación entiendo por qué me ha resultado molesta la pregunta.
Pavani nos sugiere que tomemos un té chai antes de irnos. Su marido dice que no le apetece y mira su reloj. Lo gira alrededor de su muñeca. Vuelvo a ver la ansiedad en los ojos de Pavani y decido llamar a un camarero para pedir la cuenta.
Mientras busco en mi bolso la billetera el joven camarero regresa con la factura y la deja sobre la mesa. El marido de Pavani le entrega su American Express y entonces le explico que su esposa y yo habíamos acordado pagar la mitad cada una. Él no dice nada. Miro el importe de la cena, sumo la propina y le doy la mitad en billetes. Él sigue en silencio, y después de unos segundos que me resultan muy incómodos extiende el brazo y coge el dinero. No entiendo su comportamiento. Quizá no está acostumbrado a que las mujeres paguen en los restaurantes. Quizá es otra cosa.
Cuando salimos a la calle está anocheciendo. Me despido de los dos y le digo a Pavani que me llame cuando quiera. Podemos ir a una exposición, o al cine. Ella me da un fuerte abrazo y asegura que me llamará. No parece muy convencida.
Mientras la veo alejándose con su marido hacia el aparcamiento del centro comercial Crossroads Bellevue pienso en el resumen que ha hecho de su nueva vida: más dinero, mejor casa, más seguridad, menos libertad. Yo supongo que no es así como ella imaginaba el sueño americano.

.